Escuché al jefe castigar a la secretaria en su despacho
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.
Pulsé el timbre con las manos temblando. Veinte años mayor, sádico declarado, sin compasión. Y yo, virgen, suplicándole que empezara nada más cerrar la puerta.
Llevaba horas a oscuras, con los brazos por encima de la cabeza atados al perchero, esperando que sus tacones se acercaran y abriera la puerta del armario.
Olía a piel limpia y perfume caro. Mi lengua se movió antes que mi cabeza, y cuando ella giró la cara y me miró, supe que no había vuelta atrás.
Eran casi las once de la noche y el edificio entero parecía vacío. Cuando giré la silla, lo único que faltaba era que alguien abriera esa puerta. Y la abrieron.
Acepté quedarme a dormir en casa de mi padrastro pensando que sería una visita más, pero esa noche me llevó hasta su cuarto y me obligó a mirar.
Subí las escaleras detrás de ella con la mirada clavada en su falda, sin imaginar que esa noche no sería yo quien tomara las decisiones.
Llevaba semanas buscando algo distinto en la app cuando apareció su perfil: cincuenta y tantos, frase corta, mirada directa. Su casa estaba a ocho minutos caminando.
Me pidió por mensaje que me pusiera solo una gabardina y bajara al taxi. No sabía que el vibrador en mi bolsillo lo iba a manejar ella desde el asiento de atrás.
Cuando vibra el teléfono a las cuatro de la madrugada sé que es él, que ningún otro lo quiso esta noche y que va a pagar lo que sea con tal de que aparezca.
Aquella tarde la planta estaba vacía. Cuando ella entró al ascensor y me miró así, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera.
Aceptaba propinas, miradas y conversaciones banales, pero nunca había recibido una propuesta como la suya: cinco mil euros por una sola noche en la habitación 412.
Cuando abrí la puerta y los vi a los tres en el rellano con los overoles azules, supe que algo se iba a romper esa tarde, y no era solo la lavadora.
Cuando abrí la puerta y la vi ahí, descalza y con el rímel corrido, supe que no había venido a hablar. Venía a recuperar lo que había dejado abandonado.
Cuando bajó de la moto con ese vestido empapado de lluvia, supe que el lunes ya no iba a parecerse a ningún otro lunes de mi vida.
Tres semanas sin saber de él y no aguanté más. Le escribí «holi» y su respuesta me recordó lo único que era para él: su puta obediente.
Su esmalte burdeos contra el mío esmeralda sobre mi vientre. Era la primera mujer que me había hecho suya y yo apenas empezaba a aprender la ternura.
El plan era cumplir mi fantasía. Cuando vi al desconocido subir a mi cama y a mi novia rendirse a él como nunca conmigo, entendí que el cornudo iba a ser yo.
Después de la peor noche en años, ese desconocido sólo me ofreció fuego para el cigarro. No imaginé que al día siguiente me invitaría a la cama que comparte con su marido.
Cuando Irene entró al salón aún con el maletín en la mano, la chica llevaba dos horas arrodillada en el centro de la alfombra, esperándola sin mover un músculo.