Lo que el embarazo despertó en mi amiga Sofía
Cuando Sofía nos citó a ver el cuarto del bebé, ninguna imaginaba que terminaríamos escuchando sus confesiones más íntimas y sin filtro.
Cuando Sofía nos citó a ver el cuarto del bebé, ninguna imaginaba que terminaríamos escuchando sus confesiones más íntimas y sin filtro.
Era el hijo del jefe: correcto, tímido, bien educado. Nunca imaginé lo que hacía los viernes por la noche cuando desaparecía.
Marcos firmó el contrato sin leerlo. Cuando lo encerraron bajo el váter del Club Ónix, ya era demasiado tarde para arrepentirse.
Cuando apagaron las luces sacó un calcetín y lo presionó contra mi cara. No era ninguna broma: sabía exactamente quién era yo.
Valeria llevaba minifalda sin ropa interior. Los hombres dormidos en la calle la miraban sin disimulo. Yo observaba desde el baúl de la camioneta, completamente excitado.
Caminó toda la tarde entre pies ajenos que no podía tocar. En casa, Laura lo esperaba con los suyos sucios de asfalto y una sonrisa que era una orden.
Valeria llevaba semanas preparando el baile. Yo sabía que iba a pasar, pero verla ahí, con ese liguero, rodeada de cuatro hombres hambrientos, fue otra cosa.
Lorena tenía fama de que le gustaban las mujeres. Yo nunca le había dado importancia hasta aquella mañana de primavera en que quedamos encerradas las dos.
Rodrigo palideció de golpe y retiró el teléfono. Supe exactamente qué había pasado antes de que abriera la boca para explicarse.
Llevar tres sillas plegables a un callejón de madrugada fue idea de ella. Lo que pasó después me dejó mirando desde afuera, con la boca seca y el corazón acelerado.
Él me preguntó por una dirección y yo lo acompañé sin pensarlo. Nunca imaginé que minutos después estaría contra la pared de un edificio en obras con los pantalones en los tobillos.
La primera vez que entré no sabía lo que pasaba en la oscuridad. Una mano extraña rozó mi pierna y lo cambió todo para siempre.
Cuando levanté el pulgar en la carretera, lo único que quería era llegar a casa. Cuando noté sus ojos en el retrovisor, cambié de idea por completo.
Fui con tanga y medias de liguero debajo del pantalón, sin saber si pasaría algo. Esa noche pasó todo.
Él apareció entre las dunas, se detuvo a mirar y no se fue. Nosotros seguimos, y él también. Así empezó el juego más excitante que hemos tenido.
Pensé que enfrentarme a una mujer sin entrenamiento sería pan comido. El primer abrazo de oso me sacó esa idea de la cabeza para siempre.
Cuando su madre bajó las escaleras con ese vestido ajustado, Marcos supo que ese viaje al cine no iba a terminar como esperaba.
Marcos lo tenía todo preparado. A mí solo me dijo que me pusiera el vestido gris y llegara puntual a la sala de exposiciones.
La tienda estaba vacía y el chico era joven. Yo llevaba días imaginando ese momento exacto y no pensaba desaprovecharlo.
Esa semana entera dormimos mal. Sabíamos lo que nos esperaba el sábado, y esa certeza convertía cada noche en un anticipo de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.