El fetiche de mi jefe en el coworking
Me mandó a negociar con un proveedor que no existía. Cuando abrió la puerta de la sala, entendí cuál era su fetiche: hacerlo rodeados de extraños.
Me mandó a negociar con un proveedor que no existía. Cuando abrió la puerta de la sala, entendí cuál era su fetiche: hacerlo rodeados de extraños.
La primera vez que la vi, su marido estaba en la habitación de al lado. La segunda, sus labios estaban en mí. No pude pensar en otra mujer durante semanas.
Nunca había salido vestida a la calle. Ese viernes decidí que era el momento: minifalda, tacones y el vagón más lleno del año. Lo que pasó superó todo lo imaginado.
Ella tenía novio. Era hetero, decía. Y aun así, esa tarde en la piscina del hotel, su pie buscó el mío bajo el agua y yo no lo aparté.
Era miércoles y aproveché la hora del almuerzo para escaparme. Lo que iba a ser una mirada curiosa terminó con su mano en mi nuca y un sabor nuevo en la boca.
Cuando crucé el parque a las dos de la mañana, lo vi sentado en la banca verde. No esperaba que su mirada me hiciera bajarme los pantalones esa noche.
El verano apretaba, la piscina se iba quedando vacía. Sus miradas se cruzaron una vez más de la cuenta, y las dos supieron que esa noche no se iban a casa solas.
Subí al avión con el rabo duro, igual que cada día desde que tengo memoria. Lo que no imaginaba era que aquella sacerdotisa me cambiaría la vida en una sola noche.
Bajé al baño con los tacones en la mano y sin entender todavía lo que sería un día entero saliendo como Luna del brazo de Bruno por aquel pueblo.
Me miré al espejo con su lencería puesta, los tacones y los labios pintados, y supe que no podía quedarme en casa. Eran las dos de la mañana.
Cuando mi madre se abrió de piernas en la hamaca, supe que esa tarde en la playa nudista no íbamos a volver solos a la villa.
Llevaba media hora mirándole de reojo cuando me habló. Detrás de las rocas, ninguno de los dos tenía intención de volver a vestirse en lo que quedaba de tarde.
Llegué con las botellas en la mano y la encontré tumbada en la cama, con las piernas abiertas y los ojos cerrados, esperando que terminara lo que habíamos empezado en el metro.
Descubrí que algunos hombres se paraban frente a las rendijas de los privados, respirando agitados. Esa noche decidí darles algo que mirar.
La recibí en el aeropuerto y supe enseguida que algo le había sucedido. Esa misma noche tracé un plan que nadie con un mínimo de decencia se permitiría.
Su mano helada se coló por debajo de mi camiseta mientras esperábamos a sus padres. Y entonces me di cuenta de que esa noche no íbamos a dormir.
Subí al segundo piso del bus pensando dormir las siete horas seguidas. A los treinta minutos, un rostro apareció entre los asientos y me preguntó adónde iba.
Cuando su bikini se corrió en la orilla y los hombres de la playa empezaron a mirar, ella no lo ajustó. Se limitó a caminar más despacio.
Sandra se quitó la tanga en el baño del bar y me la puso en la mano. Húmeda, caliente. Supe entonces que no habría vuelta atrás.
Llevaba meses aparcando en el fondo, lejos de las cámaras, diciéndose que era solo por comodidad. Su cuerpo sabía la verdad antes que ella.