El novio de mi mejor amiga me esperaba solo en el bar
Cuando entré al bar y lo vi en la mesa del fondo sin Camila entre nosotros, supe que esa cerveza era una excusa y que iba a terminar con su boca en la mía.
Cuando entré al bar y lo vi en la mesa del fondo sin Camila entre nosotros, supe que esa cerveza era una excusa y que iba a terminar con su boca en la mía.
Sin foto de perfil, discreto, sin dramas. Cuando el desconocido de la app le mandó una foto por privado, Bastián reconoció al novio de su mejor amigo.
Creí que íbamos a cenar y hablar, pero mi vecina me llevó a un sitio donde todos parecían conocerla y yo terminé cruzando un límite.
Cuando Sara subió a acostarse, Rubén se giró en el sofá y le dijo lo que ninguno de los dos se había atrevido a decir en dos años. Adrián no quiso frenarlo.
La agarré por atrás en la cocina, la senté en la mesada y todavía no sabía que una desconocida había entrado esa mañana a mi oficina a decir su nombre.
Todos en el instituto fantaseaban con la profesora de matemáticas. Yo fui el único que descubrió, escondido en un armario, lo que de verdad pasaba con ella.
Llegué a la fiesta dispuesta a portarme mal. No imaginé que el hermano mayor de mi amante me estaba esperando, ni que él sabía exactamente lo que yo escondía.
Cuando subía a tender la ropa no siempre tendía la ropa. Empezó con una mano en la cintura en la azotea, y terminó con las llaves en tu buzón y esta carta sobre la mesa.
Nunca fue el chico que más me gustó. Lo que me gustaba era ponerlo nervioso, verlo perder el control delante de mí mientras pensaba en ella.
Llevábamos semanas sin tocarnos y, cuando por fin la tuve contra la puerta de mi despacho, descubrí que el problema no era el deseo, sino tener que hacerlo sin un solo gemido.
Cuando Eduardo abrió la puerta esperaba encontrarla sola y dócil, como siempre. No esperaba verme arrodillado entre las piernas de su mujer, ni la sonrisa con que ella lo recibió.
Su novio siempre me había gustado, pero era de mi amiga. Esa madrugada, cuando ella cayó rendida por el alcohol, él volvió a la sala sin nada de ropa y todo cambió.
Llevaba un mes de sequía y me había arreglado como una diosa para él. Lo que no imaginé es que el hombre que cruzó esa puerta jamás iba a tocarme.
Solo quería tomar algo y conocerlo. Cuando llegué a la habitación 308, entendí demasiado tarde que él tenía otros planes para esa tarde.
Lo besé en el coche como si lo hubiera deseado toda mi vida, y solo entonces entendí que el chico al que vi crecer ya no era un niño.
Aburrida en casa, acepté tomar algo con él. No conté con que esa cerveza terminaría conmigo de rodillas y, después, en su habitación de hotel.
Era para Andrés, mi novio. Pero el doble check azul apareció en tres segundos y entendí, con el estómago helado, que se lo había enviado al hombre equivocado.
Derramé el aceite a propósito, marqué su número y esperé. A mis años había aprendido que las oportunidades no se esperan: se fabrican.
Se sentó sobre mi regazo, entre los mandos y yo, con esa sonrisa que conocía demasiado bien. «Podríamos retomar viejas costumbres», susurró.
Levanté la mirada hacia la profesora que todos temían y se me heló la sangre: era ella, la mujer con la que me había masturbado por cámara durante dos años.