La noche que mi novio me entregó tras una máscara
Las esposas eran suaves, pero se clavaban en mis muñecas. La máscara era lo único que me dejaban puesto. Yo solo era el objeto con el que jugar y olvidar.
Las esposas eran suaves, pero se clavaban en mis muñecas. La máscara era lo único que me dejaban puesto. Yo solo era el objeto con el que jugar y olvidar.
Apagué el móvil con sesenta llamadas perdidas de mi novio, encendí las velas y esperé en lo alto de la escalera a que sonara el timbre de abajo.
Volví antes de tiempo, abrí la puerta de casa y entendí que el silencio entre nosotros tenía un nombre, una voz grave y una sonrisa que no era para mí.
Le di una pastilla para dormir, me puse la falda más corta que tenía y bajé al bar del hotel a buscar lo que él ya no sabía darme.
Mi marido salía a las seis de la mañana. Él llegaba a las siete. Esa hora de diferencia fue todo lo que necesité para empezar a engañarlo sin culpa.
Volví al campo después de años en la ciudad y, buscando a mi padre entre el maíz, encontré a mi madre de rodillas frente a uno de sus peones.
Todos en la sala de espera nos miraron cuando entramos de la mano. Ninguno imaginaba el secreto que yo guardaba debajo de aquella tranquilidad mía.
Todos en la oficina hablaban del cuerpo de la mujer de Marcos. Yo solo quería comprobarlo con mis ojos, aunque para eso tuviera que inventarme un despido.
El corazón me golpeaba el pecho mientras subía al borde del retrete con el móvil en alto: a un palmo de mí, ella ya no fingía resistirse al desconocido.
Llevaba meses sin trabajo cuando entré a su almacén. No sabía que ese hombre serio de manos grandes, el padre de mi mejor amiga, iba a desarmarme con una sola mirada.
Durante casi un año tuve dos vidas: la esposa perfecta de la cena familiar y la mujer que esperaba el lunes para encontrarse con él en aquel hotel de las afueras.
Nunca planeé que terminara así, pero cuando él abrió la puerta y nos vio, supe que esa noche iba a elegir con el cuerpo y no con la cabeza.
La idea fue suya: buscar a un desconocido que me hiciera lo que él no se atrevía. Lo que no calculó es que yo no volvería a mirarlo igual.
Cada noche inventaba una excusa nueva por teléfono mientras él la esperaba en el cuarto de arriba. Sabía que tarde o temprano todo iba a estallar.
Llevaba veinte años durmiendo entre las estrellas. La primera mujer que me sonrió en tierra firme me arrastró a un baño sin que yo pudiera decir que no.
Empacó ropa recatada y un cuerpo cansado de esperar. Lo que encontró en casa de su amiga la cambió para siempre, aunque jamás se atrevió a contarlo.
Llevaba años imaginándolo desde el otro lado de la pared. Esa noche, sola en la casa de mi tía, fue él quien tocó el timbre.
Bajé descalza por el pasillo mientras él dormía, decidida a darle a mi marido los cuernos que tanto deseaba, pero a mi manera: sin que nunca llegara a saber que ya los tenía.
Lo invité a un café sabiendo que no era un café lo que quería. A los cincuenta, Raquel descubrió que la culpa nunca había podido con sus ganas.
Cada vez que salía de aquel piso se juraba que era la última vez. Y al día siguiente volvía con la falda más corta, lista para complacerlo otra vez.