Lo que pasó en la cala mientras ella dormía
Abrí los ojos en la arena, mareado por el vino, y vi a dos hombres inclinados sobre mi mujer dormida. Lo que hice después aún no sé cómo explicarlo.
Abrí los ojos en la arena, mareado por el vino, y vi a dos hombres inclinados sobre mi mujer dormida. Lo que hice después aún no sé cómo explicarlo.
Cuando llegué al restaurante con mi vestido negro y mi conjunto de encaje debajo, ya sabía que no iba a salir de ahí siendo la esposa fiel que pretendía ser.
El bikini empapado me rozaba el clítoris a cada paso. Mi novio hablaba de pizza mientras yo cruzaba miradas con cada desconocido que pasaba.
Llevaba un vestido que jamás se habría puesto con mi hijo delante, y a la segunda copa me dijo que para el sexo prefería a los hombres maduros.
Desde mi silla de ruedas vi a mi esposa salir del auto del brazo de mi jefe. Y supe, sin saber cómo, que esa noche yo iba a sobrar en mi propio matrimonio.
Mientras yo me llevaba a su marido a la caseta del fondo, ella ya espiaba al peón desde la ventana. Cada minuto de ese fin de semana estaba planeado.
Cuando subí a saludarlo no sabía que aún olía a él, que su cama deshecha bastaría para que olvidara a mi pareja y al sentido común.
Andrés escogió a tres candidatos para nuestro primer trío y yo elegí al más alto. Lo que no me dijo fue que había filtrado solo a hombres con pollas enormes.
Cuando ella aceleró el paso por la senda y lo alcanzó con una sonrisa demasiado amplia para esa hora, Mateo supo que el amanecer no iba a ser lo único que vería en la cima.
Bastaba que Diego girase la cabeza un instante para verlos. Aun así, Lucía bajó la cremallera del chico con esa sonrisa que siempre lo arrastraba al borde.
Trabajaba en la biblioteca de un colegio cuando ella apareció esa tarde de miércoles. Bastaron diez minutos para entender que no había venido a leer libros.
Llevaba meses controlándola con una sola frase. Bastaba decir «gatita caprichosa» y la dueña de la empresa se convertía en mi juguete. Hasta que esa tarde alguien me observó a mí.
Cuando se inclinó sobre mi escritorio para mostrarme el archivo, su falda subió dos dedos. Yo ya no podía disimular nada. Ella tampoco quería que lo hiciera.
Daniela había desaparecido sin dejarme un número. Yo seguía contando los días cuando la vi en la cafetería, sonriéndole a él como nunca me sonrió a mí.
La cámara del directo grabó cada palabra cuando confesó cómo terminó desnuda en la barra del hotel con un completo desconocido al que jamás debió mirar.
Cuando bajó al garaje con la excusa de un destornillador, Carolina ya sabía que no iba a subir igual. Hugo apagó el cigarro y la miró como nadie la miraba desde hacía años.
Aparqué a tres calles, trepé hasta el alféizar y entré en la habitación donde dormía con su marido. Solo le puse un dedo en los labios.
Llegó pasada la una, con esa mirada perdida que tienen los hombres recién soltados. Yo lo recibí descalza, sin nada debajo del buzo, fingiendo solidaridad.
Cuando sonó el telefonillo, ella tenía mi cremallera abierta y yo no sabía dónde esconderme. Una hora antes, todo parecía un café inocente entre vecinos.
Cuando golpearon la puerta para avisar que se acababan los diez minutos, yo ya estaba boca abajo en la cama del artista, temblando, con su cuerpo apoyado contra el mío.