Le fui infiel con el electricista de mi suegra
Mi novio le decía «Bigotín» al electricista que arreglaba el cableado. Esa tarde, cuando todos salieron, fui yo la que le pidió perdón en el living.
Mi novio le decía «Bigotín» al electricista que arreglaba el cableado. Esa tarde, cuando todos salieron, fui yo la que le pidió perdón en el living.
Cuando levanté la mirada del sofá, Bruno y Damián estaban frente a mí con las pollas fuera. No alcancé a llegar a la puerta.
Mateo me hizo un gesto con la cabeza y subió las escaleras. Yo lo seguí sin pensarlo, sabiendo que su novia era mi mejor amiga y que ya nada podía detenernos.
Cuando ella se acercó con un cigarro en la mano y los tatuajes brillando bajo el sol, supe que iba a contestar a sus mensajes aunque mi marido durmiera a mi lado esa noche.
Cuando los vi salir juntos del ascensor supe que aquella tarde iba a ser muy distinta a todas las que había tenido con él.
Vi a mi mujer entrar al cuarto del socorrista con la cabeza baja y la toalla pegada al cuerpo. La puerta quedó entreabierta. No supe si irme, gritar o quedarme a mirar.
Cuando Sofía entró al salón y encontró al prestamista atado y a su marido con la escopeta en la mano, supo que su mentira había llegado al final.
Su marido la engañó y ella se prometió desquitarse. No imaginé que el almacén del gimnasio sería el escenario, ni que yo sería el elegido.
Discutieron por una pizza de mierda. Él se metió en la ducha. Cuando el repartidor tocó el timbre, ella ya había decidido cobrarle la pelea de la peor manera.
Mientras la lluvia golpeaba los cristales, el amigo de mi esposa bebía mi vodka y me hacía las preguntas exactas para que yo soltara todo lo que callaba.
Sonó el timbre por cuarta vez esa tarde y al abrir lo vi a él, sin uniforme, sin coartada, mirándome como si llevara semanas planeando justo ese momento.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito y supe, por el reflejo del espejo, que él estaba mirándome. Ese día acepté los quinientos soles y todo lo que vino después.
Bajé al pasillo del baño cuando ya nadie miraba. Escuché su voz primero, después la suya. No abrí la puerta. Me quedé quieto, oyendo cómo se rompía mi vida.
Subí a la furgoneta de un grupo de guiris sin pensarlo dos veces. Mi novio tardaría diez minutos en volver del supermercado. A mí solo me hacía falta uno.
Cuando entró al archivo con los ojos rojos, no imaginé que iba a besarme. Tampoco imaginé que semanas más tarde sería yo la que llamaría a su puerta.
Cuando me dijo en el coche que llevaba diez años solo con un hombre, supe que esa visita al cliente no iba a terminar como ninguno de los dos había planeado.
Bajé descalza al baño y la puerta entreabierta me dejó verlo en la ducha. Lo que pasó esa madrugada en el colchón del salón fue mi primera vez con otro hombre.
Tenía cuarenta años, manos ásperas y un bigote que nunca me había gustado. Hasta que me lo encontré tendido en la cama del cuarto vacío.
Sonó el teléfono, dije que iba a correr y manejé hasta su casa. Cuando volví a mi cuadra, las sirenas ya me estaban esperando.
Me dijo que iba a una fiesta con amigas. Yo entré disfrazado y terminé encerrado en un armario, viendo cómo se entregaba al cumpleañero a un metro de mí.