Dime que pare y paro, le susurró su hijastro
«Solo es una paja», le prometió él. Pero el padre volvía esa misma noche y ellos seguían enredados entre las sábanas, sin poder ni querer parar.
«Solo es una paja», le prometió él. Pero el padre volvía esa misma noche y ellos seguían enredados entre las sábanas, sin poder ni querer parar.
A las doce y media sonaba el timbre dos veces. Ella ya lo esperaba sin ropa interior bajo el vestido, contando los minutos que le quedaban antes de volver a ser la esposa perfecta.
Cuando Damián cerró la puerta y se fue de viaje, Mariela ya sabía que la semana entera a solas con Rodrigo iba a cambiarlo todo entre ellos.
Cerró el estanco antes de hora, se subió a mi moto y me abrazó por la cintura. Los dos estábamos casados, y los dos sabíamos que aquel paseo no iba a terminar en el mirador.
Su esposa lo había dejado ante todos esa misma tarde. Ahora, pasada la medianoche, un piloto al que jamás había visto sonreía en su sala y servía vodka como si conociera la casa.
Cada mañana me servía el café con una sonrisa que duraba un segundo de más. Yo sabía que tenía novio. Ella sabía que yo lo sabía. Y aun así, ninguno apartó la mirada.
Su marido hablaba con toda la sala menos con ella. Bastó una frase al oído para que decidiera marcharse de aquella fiesta conmigo y no con él.
Llevaba media copa encima y un anillo de compromiso en el dedo. Cuando ese chico empezó a piropearme, supe que aquella noche iba a hacer algo de lo que nunca hablaría.
Íbamos apretados como sardinas. Su mano bajó por mi cadera y yo, en lugar de apartarla, separé un poco las piernas y dejé que siguiera.
Llevábamos años trabajando codo con codo sin que pasara nada. Bastó una tarde a solas entre estanterías metálicas para que entendiera todo lo que había ignorado.
Él llegó antes de lo previsto, con cervezas frías y ganas de sorprenderla. Ella le contestó desde el baño con la voz quebrada, incapaz de explicarle por qué tardaba tanto.
Guardé la prueba donde la encontré, me lavé las manos y bajé a la cocina como si no supiera nada. Esa noche empezó el juego más sucio de nuestro matrimonio.
La primera tarde, un animador del hotel le ofreció un trago mirándole el escote. Bianca cruzó las piernas, se mordió el labio, y supe que ese viaje no iba a ser lo que yo había planeado.
Diego entró detrás de mí al baño del bar y echó el pestillo. Yo sabía perfectamente lo que iba a pasar y, a esas alturas, ya no me quedaban fuerzas para detenerlo.
Ese chico de veintipocos años no apartaba los ojos de mi escote, y yo, con cuarenta y tantos cumplidos, fingí no darme cuenta. Hasta que coincidimos frente al baño.
Camila levantó los ojos del libro por encima de unas gafas que me dejaron sin aire. No imaginé entonces que aquella mesa libre cambiaría mi historia.
Llevaba el uniforme del colegio cuando me agaché por primera vez en la tienda del barrio. Al levantarme, supe que él ya no podría volver a mirarme igual.
Lo que pasó esa noche entre Lorena y yo nunca debió saberse. Pero el grito que vino del otro lado de la pared me confirmó que ya era demasiado tarde.
Don Genaro me lo planteó como un juego: un agujero en la pared, un chico que me gustaba y la oscuridad. Acepté sin saber quién estaba en realidad del otro lado.
Lo confirmó él mismo en el patio, sin levantar la voz. Esa misma noche, ella me lo contó todo en la cama. Pero lo que pasó después no estaba en mis planes.