Me colé por la ventana de la casa de sus padres
Aparqué a tres calles, trepé hasta el alféizar y entré en la habitación donde dormía con su marido. Solo le puse un dedo en los labios.
Aparqué a tres calles, trepé hasta el alféizar y entré en la habitación donde dormía con su marido. Solo le puse un dedo en los labios.
Llegó pasada la una, con esa mirada perdida que tienen los hombres recién soltados. Yo lo recibí descalza, sin nada debajo del buzo, fingiendo solidaridad.
Cuando sonó el telefonillo, ella tenía mi cremallera abierta y yo no sabía dónde esconderme. Una hora antes, todo parecía un café inocente entre vecinos.
Cuando golpearon la puerta para avisar que se acababan los diez minutos, yo ya estaba boca abajo en la cama del artista, temblando, con su cuerpo apoyado contra el mío.
La voz de Diego en el audio sonaba derrotada. Cuando escuché el nombre de ella, supe que llevaba meses engañándome desde su oficina.
Siempre noté cómo me miraba en aquella reunión, aunque su novia estaba al lado. Cuando ella desapareció de nuestras vidas, supe que tarde o temprano él iba a caer.
Cuando la cuarta acompañante entró al salón con vestido rojo, la bandeja de tragos se me resbaló de las manos. Era mi esposa.
El número no estaba en mi agenda, pero las dos primeras frases me obligaron a leer hasta el final. Lo que vino después cambió todo lo que recordaba del sábado.
Acepté la invitación al café convencida de que solo hablaríamos. Lo que no esperaba era que Mariana me ofreciera a su marido como prueba de que sí sabía dar placer.
Reconocí los gemidos detrás de aquella puerta. Reconocí cada cadencia. Pero la mujer del escritorio tenía algo que mi esposa juraba no tener jamás.
Cuando bajé al jardín a fumar, él ya estaba ahí esperando. Sabía que tarde o temprano íbamos a quedarnos solos. Y yo también lo sabía.
Lucía me miró por encima del fuego y supe que esa noche no íbamos a dormir solas. Faltaban dos botellas de vino y nadie hablaba ya de irse a la cama.
Entre cajas y con la puerta apenas cerrada, ella se mordió el labio para no gritar mientras la sostenía pegada a mi pecho. Nadie debía oírnos.
Acepté quedarme a dormir en casa de mi padrastro pensando que sería una visita más, pero esa noche me llevó hasta su cuarto y me obligó a mirar.
Me sirvió la cena, el postre y el coñac. A las once volvió del cuarto con una lencería gris. A esa altura, su promesa de llegar virgen al altar ya tenía un detalle pendiente.
Llevaba catorce años con mi marido y jamás le había mentido. Hasta que el cliente del que más le hablaba en la cama llamó al timbre de mi casa.
Cuando Diego cerró la puerta de la furgoneta y desapareció hacia las luces del supermercado, supe que tenía media hora para hacer todo lo que llevaba meses imaginando.
Cuando abrí la puerta y los vi a los tres en el rellano con los overoles azules, supe que algo se iba a romper esa tarde, y no era solo la lavadora.
Abrí la puerta y el aire de mi casa cambió de temperatura. Daniela me había advertido por teléfono: «Es de esos hombres a los que cuesta decirles que no».
A las doce de la noche, vestida con su minifalda más corta y la camisa blanca sin sostén, Carolina cruzó el jardín hacia el contenedor de los albañiles.