Dos terapeutas, un hotel y un deseo prohibido
Ella diseccionaba mentes ajenas para vivir; él también. Bastó compartir una mesa para que los dos dejaran de fingir que solo buscaban conversación.
Ella diseccionaba mentes ajenas para vivir; él también. Bastó compartir una mesa para que los dos dejaran de fingir que solo buscaban conversación.
Subió las escaleras sabiendo que, al cruzar esa puerta, la mujer ingenua que había sido hasta entonces dejaría de existir para siempre.
Subí sola a la montaña con una alerta roja huyendo de mi marido. No buscaba refugio: buscaba el impacto, algo que rompiera por fin el cristal en el que vivía encerrada.
Siempre estuve seguro de su fidelidad. Por eso, cuando bajó la mirada y empezó a hablar de aquella noche, sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
Esa mañana se miró las manos y no las reconoció: eran las mismas que habían firmado un compromiso y las mismas que habían traicionado todo por él.
Durante años fingí no entender por qué se demoraba al pasar frente a aquel local. La tarde que la seguí adentro comprendí que mi madre ya había dejado de ser solo de mi padre.
Se decía que solo lo estaba ayudando a sentirse mejor. Pero cada tarde, con su novio fuera de casa, la distancia entre los dos se hacía más corta.
«Vino a ver a su novio, el doctor», le dijo la recepcionista. Damián no tenía novia. Pero cuando ella describió el sonrojo de la visitante, supo exactamente quién lo esperaba dentro.
Lo había enterrado bajo años de oposiciones y rutina, pero bastó que pronunciara mi nombre desde el otro lado de la barra para que mi cuerpo recordara lo que mi cabeza quería olvidar.
Cuando bajó al súper a por cervezas, su tío me arrinconó contra la pared recién pintada y supe que el piso no lo iba a estrenar mi novio.
Adrián se durmió a los diez minutos de despegar. El hombre de la ventanilla esperó a oír su respiración tranquila para inclinarse hacia Marina y susurrarle al oído.
Empecé contándole sueños inventados sobre otros hombres. Lo que él no sabía era que cada palabra que lo hacía gemir había ocurrido de verdad esa misma semana.
No me duché antes de volver a casa. Quería que mi novio sintiera en mi piel el sudor del gimnasio y el rastro de otro, y que no tuviera el valor de preguntar de quién.
«Bienvenida a mi playa», dijo su voz a mi espalda. Yo estaba completamente desnuda sobre la toalla, y él era la última persona que esperaba ver allí.
Marisol no podía dormir. Salió de la cabaña dejando a Gonzalo entre sueños y caminó hacia la hoguera, donde el guía silencioso la esperaba. Esa noche cruzaría una línea sin retorno.
Él quería que volviera a contarle mis aventuras inventadas. No sabía que cada palabra que iba a susurrarle esa noche era una mentira con un filo escondido.
Cada insulto que gritaba esa desconocida enmascarada iba dirigido a una sola persona: el hombre que dormía a mi lado y me creía suya.
Él notaba algo raro en mi aliento, pero nunca se atrevió a nombrarlo. Mi mejor obra no estaba en ninguna pantalla: estaba dentro de su cabeza, en bucle.
Él no miraba los frescos: la miraba a ella, como si fuera el material que tenía que romper. Y ella, por primera vez, quería que algo en su vida se viniera abajo.
Cuando abrió la puerta de mi estudio supe que no venía por la herencia. Venía por lo que dejamos a medias hace diez años, y yo llevaba todo ese tiempo esperándola.