Mi esposa convirtió la celebración en una orgía
Cuando Mariana bajó cambiada y sus amigas la siguieron, supe que esa reunión de oficina no iba a terminar como ninguna otra velada entre conocidos.
Cuando Mariana bajó cambiada y sus amigas la siguieron, supe que esa reunión de oficina no iba a terminar como ninguna otra velada entre conocidos.
Damián se deslizó en la cama equivocada esa madrugada, y supo que ninguna de las dos parejas volvería a mirarse igual después de esa noche.
Bajé la guardia un segundo y Renata ya había cerrado la puerta con llave. Conocía mi secreto, y pensaba usarlo para conseguir exactamente lo que quería de mí.
Bajé a la cocina prácticamente desnuda, con tres desconocidos arrodillados en mi salón y mi pareja al otro lado de la pared. Lo que no sabía era que él lo estaba grabando todo.
Pensé que solo serían unas fotos más. No imaginé que las manos de los tres terminarían recorriéndome a la vez, ni que yo me dejaría llevar sin pensar en mi marido.
Llegó del brazo de mi amigo, con esa boca de labios carnosos, y supe enseguida que esa noche, en mi cumpleaños, iba a ser mía aunque fuera la novia de otro.
Dijo entre risas que le gustaba dormir de cucharita, pegó su cuerpo al mío y, en la oscuridad de esa habitación prestada, entendí que no era ningún juego.
Su padre me hablaba al oído por el teléfono mientras ella, en silencio, me bajaba la tanga. Sabíamos que un solo gemido podía delatarnos, y eso lo hacía mejor.
El plan era perfecto: con el disfraz de mi amigo, mi esposa jamás sabría que el desconocido que la sacaba a bailar entre las máscaras era yo.
Idénticas hasta en el último gesto, esa noche cada una sedujo al novio de su hermana. Ellos jamás lo notaron, y el morbo de la farsa las cambió para siempre.
«Ven a las once a la zona norte del estacionamiento. Nada de palabras.» Una nota anónima, una máscara de monja y una mujer que tal vez no fuera la suya esperando contra el coche.
Llegué a esa cena pensando en una copa de vino y una escapada al campo después. Terminé arrodillada frente a un desconocido mientras mi amante miraba.
Acepté la cena sabiendo cómo terminaría. Lo que él no sabía era que cada caricia en la penumbra formaba parte de un plan que tracé antes de desnudarme.
Esperaba gritos, quizás el final de todo. En cambio, él le tendió una copa de vino y le pidió que se lo contara todo, sin omitir un solo detalle.
Llevaba meses durmiendo al lado de una mujer que rezaba en vez de tocarlo. Entonces entró al consultorio de la veterinaria, y ella cerró la puerta con llave.
Llevaba meses sin que su marido la tocara. Esa noche, en la discoteca, vi un pequeño lazo rojo colgado de su blusa y entendí exactamente lo que significaba.
Esa noche me arrodillé mientras otro hombre poseía a mi esposa sobre la mesa. Él se creía el dueño; ninguno de los dos sospechaba lo que en verdad pasaba entre nosotros.
Lo esperaba con las maletas hechas para dejarlo. Pero cuando empezó a contarme lo que pasó con ella, descubrí que mi cuerpo reaccionaba distinto a mi orgullo.
Terminé de vestirme en el borde de esa cama y entendí que ya no había vuelta atrás: la esposa abnegada había muerto y quería más, mucho más.
Tenía el presupuesto justo y mi novio me ofreció la casa de su tía. Lo que no sabía era que su primo iba a convertir esa semana en algo que jamás le conté.