Cumplimos la fantasía de mi novia con cinco hombres
Lo habíamos hablado mil veces entre susurros y nunca creí que pasaría. Pero esa noche ella se arrodilló en medio del cuarto y yo solo pude sentarme a mirar.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Lo habíamos hablado mil veces entre susurros y nunca creí que pasaría. Pero esa noche ella se arrodilló en medio del cuarto y yo solo pude sentarme a mirar.
Me anuncié como sumiso sin saber que aquel extraño me llevaría a obedecer órdenes que nunca había imaginado en voz alta, frente a la cámara y con mis padres al otro lado de la pared.
La película subió de tono y mis manos siguieron solas. Estaba segura de que la casa estaba vacía… hasta que una sombra apareció en la pantalla del televisor.
Bastó una notificación en el teléfono para que dejara de ser la chica seria de la oficina. Esa tarde descubrí cuánto deseo cabía en una conversación.
Su mensaje llegó a media tarde y me encendió de golpe. Sabía que esa noche, sola frente al espejo y con el teléfono en la mano, no iba a poder detenerme.
Pensé que vender unas fotos sería inofensivo. Pero esa noche, con el teléfono en una mano, descubrí cuánto deseaba a alguien que solo era mi amigo.
Tenía cuarenta minutos de clase por delante, la cámara encendida y el dildo entero dentro de mí. Solo debía mantener la cara quieta. Eso era todo.
Llevaba una semana durmiendo pegado a su espalda para calmar a la bebé. Una semana fingiendo no notar lo que pasaba entre los dos en la oscuridad.
Bajó al salón con una sonrisa que ya no era la de siempre y la mano escondida en la espalda. «Adivina qué traigo», me dijo. Esa noche entendí en quién se estaba convirtiendo.
Releía sus mensajes solo para torturarme. Pero esa noche, con el vibrador en la mano, dejé de imaginarlo a él y empecé a imaginarla a ella.
Son las once, vuelvo a estar sola y tu último mensaje sigue brillando en la pantalla. Apago la luz, y entonces mi mente —y mis manos— deciden por mí.
Pasó un mes sin saber nada de él. Cuando por fin escribió, supe que esa noche le iba a dar algo que nunca me había atrevido a dar.
El semáforo seguía en rojo, su última foto seguía en mi pantalla y mis manos ya habían dejado de pedirme permiso. Solo tenía que llegar a casa. O no.
Apago la luz, abro el relato y dejo que mi mano baje. En mi cabeza siempre hay alguien en la esquina del cuarto, mirándome, esperando el momento de entrar.
Las correas se cerraban más cuanto más tiraba. Estaba atada, ciega y empapada en mi propia cama cuando la puerta del dormitorio se abrió y oí dos voces.
—Puedes mirar, pero no me toques —le dije, abriendo las piernas en la penumbra. Él obedeció, y yo me perdí en el recuerdo de todo lo que ya no volvería.
Llevábamos dos años compartiendo piso y nunca me había mirado así. Esa tarde de verano descubrí lo que de verdad escondía en el móvil cuando entré sin avisar.
Él dormía empalmado cuando empecé a acariciarlo. Solo le pedí una cosa: que me contara, palabra por palabra, lo que pasaría aquella tarde junto a la piscina.
No había nadie en casa, solo yo, el espejo y dos juguetes esperando en la mesita de noche. Esa noche decidí no detenerme hasta quedar sin aliento.
Mientras su familia subía a la cima, ella se quedó atrás con el tobillo hinchado. Entonces una camper aparcó justo al lado y todo cambió.