Llevé a mi mujer a un masaje y no aparté la vista
El masajista te hizo una seña para que te sentaras. No a tocar: solo a ser testigo de cómo ella se entregaba, centímetro a centímetro, sobre la camilla.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
El masajista te hizo una seña para que te sentaras. No a tocar: solo a ser testigo de cómo ella se entregaba, centímetro a centímetro, sobre la camilla.
Decidí ir sin ropa interior bajo la falda, solo para ver tu reacción cuando rozaras mi pierna en el banco del piano. No imaginé hasta dónde llegaríamos.
Dijo que le dolía la espalda para no ir a las actividades. Yo me ofrecí a cuidarlo. Los dos sabíamos que el dolor era la excusa más vieja del mundo.
Llevábamos quince años de rutina hasta que un juguete olvidado en un cajón encendió algo que ninguno de los dos sabía controlar. Y solo era el principio.
Llevábamos años jugando a desear a otros entre susurros. Esa noche, en la mesa de un restaurante, mi marido me deslizó una idea que ya no tenía vuelta atrás.
Su madre tenía esa costumbre de acomodarse el tanga mientras caminaba, aunque supiera que yo la miraba. Esa tarde, su habitación vacía fue una tentación que no supe resistir.
Cuando le quité el antifaz, él seguía ahí, en la ventana, mirándola sin disimulo. Y ella, en lugar de cubrirse, se mordió el labio y le sostuvo la mirada.
No quería que fuera de nadie más. Y aun así, cada noche cerraba los ojos y la imaginaba entregándose a hombres que ni siquiera me miraban.
Vino a posar de reina del inframundo. Disparé el flash una y otra vez, profesional, hasta que ella abrió las piernas y entendí que la sesión era otra cosa.
Hace mucho que no escribía, pero esta noche el alcohol me soltó la lengua y las manos. Quiero contarles lo que hago cuando nadie me juzga.
Le dije que la borraría, que no me hacía ninguna gracia. Mentí. Esa imagen se quedó dándome vueltas en la cabeza hasta que mis dedos buscaron lo que mi boca callaba.
El vendedor se sonrojó al cobrarme. Yo ya sabía que esa noche, por fin, no iba a terminar con la mano y las ganas a medias.
Son las dos de la madrugada y no puedo dormir. Abro el chat, escribo tu nombre y empiezo a contarte exactamente lo que quiero que me hagas cuando cruces esa puerta.
Casi nunca uso bragas, y esa tarde supe por qué: lo que me esperaba en el baño no admitía demoras ni testigos. Solo yo, mis manos y todo el tiempo del mundo.
No quería el clásico color carne; me había decidido por uno transparente, y esa tarde, sola frente al espejo, descubrí hasta dónde podía llevarme.
Hay un instante, justo cuando se cierra la puerta y oigo el coche alejarse, en que dejo de ser su marido y me convierto en otra cosa muy distinta.
Tu último mensaje seguía encendido en la pantalla cuando entré a la ducha. No aguanté ni el primer minuto de agua caliente sin pensar en tus manos.
Sabía que no debía tocarlo, que era algo íntimo y suyo. Pero el vapor, el silencio de la casa vacía y mi propia curiosidad me empujaron a probarlo.
Cerré la puerta con llave, apagué la luz grande y dejé solo la lámpara. Frente al espejo, me dije que esa noche no estaría sola: alguien me miraría desde el otro lado del cristal.
El juguete seguía en la mesita, mirándome como un testigo. Y mi cuerpo recordaba cada cosa que ella me había enseñado horas antes.