La trampa que le tendimos a un hombre con doble vida
La llamaba repugnante mientras vivía algo que nadie sospechaba. Esa noche lo seguí, y lo que encontré cambió por completo el plan que teníamos para él.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
La llamaba repugnante mientras vivía algo que nadie sospechaba. Esa noche lo seguí, y lo que encontré cambió por completo el plan que teníamos para él.
Cuando me la crucé en el rellano supe que algo se había apagado en ella hacía años. No imaginé que sería yo quien volviera a encenderlo esa misma mañana.
La idea era simple y enferma a la vez: elegir a un extraño, dejar que mirara, y disfrutar de cada segundo sabiendo que del otro lado había unos ojos pendientes de mí.
Lo vi por el retrovisor: deportivo, con un bulto marcado bajo la licra, esperando una señal mía. Subí las ventanillas y todavía dudo por qué.
Cuando su novio se fue a dormir temprano por el fútbol, ella se quedó conmigo. Solo quería seguir la fiesta, hasta que sacamos la baraja.
Rubén llenó la cafetera mientras, al otro lado de la ventana, nuestras mujeres dejaban de disimular. Ninguno de los dos apartó la mirada, y entonces su mano encontró la mía.
En el coche, con su mano en el volante y la mía entre sus piernas, entendí que esa noche las reglas las ponía yo. Y él iba a obedecer cada una.
No eran ni las siete y el calor ya apretaba. Solo él sabía cómo reconocerme: yo era la única con mallas azules corriendo por el sendero.
Nadie a mi alrededor lo sospecha, pero todo el día obedezco órdenes que solo existen en mi cabeza… y cada vez deseo más que se vuelvan reales.
Salí del trabajo sin ropa interior y con la blusa entreabierta. Solo quería sentir el aire entre las piernas. No imaginaba a quién encontraría en el vagón.
Tragó la cápsula sin saber que esas veinticuatro horas le enseñarían más sobre su propio cuerpo que toda su vida anterior.
Entré por aburrimiento, como tantas otras noches. Pero esa pelirroja de rizos no era una cam más: leía sus propios relatos mientras decenas de desconocidos la calentaban en directo.
Llevaba meses sin tocarme. Con la música en los auriculares y mi compañera dormida a un metro, mi mano bajó sola por debajo de las sábanas, sin permiso y sin vuelta atrás.
Aquella tarde, sentada frente a mí, Mariela dejó de hablar de sus problemas y empezó a desabrocharse la blusa con una calma que me heló la respiración.
Tardó en contestar y, cuando lo hizo, su voz venía entrecortada. De fondo, alguien gemía. Yo seguí hablando como si no me diera cuenta de nada.
Mi padre me enseñó que los monstruos se quedan en el armario si no abres la puerta. Lo que nunca le confesé es cuánto deseo que el mío se atreva a salir.
Bajo el hábito austero llevaba un secreto de encaje negro. Y cada vez que él llegaba con las provisiones, ese secreto la quemaba un poco más.
Cerré los ojos bajo el agua caliente sin imaginar que esa tarde, completamente sola en mi baño, iba a descubrir algo sobre mí que ya no podría dejar de buscar.
Cierras los ojos en la oscuridad tibia del cuarto y, sin que nadie te toque, sientes que algo empieza a recorrerte la piel. ¿Hasta dónde dejarás que llegue?
Cerré la puerta, bajé las persianas y por primera vez decidí no apurarme. Esa tarde el silencio de mi casa se convirtió en mi cómplice.