La tarde que entré sola a la tienda erótica
Nunca había entrado a una tienda así. Esa tarde crucé la puerta sin imaginar cuánto placer iba a aprender a darme yo misma, sin pedirle permiso a nadie.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Nunca había entrado a una tienda así. Esa tarde crucé la puerta sin imaginar cuánto placer iba a aprender a darme yo misma, sin pedirle permiso a nadie.
No sé quién eres ni dónde estás, pero mientras escribo esto te imagino leyéndome, y esa idea es justo lo que me está mojando el tanga.
Bastaba con balancearme en la silla para que la tela me apretara justo ahí. Y todavía me esperaba, sin leer, el capítulo que llevaba toda la semana imaginando.
Cerré la puerta, dejé caer la mochila y la ropa, y me imaginé unos ojos siguiéndome por toda la sala. Esa idea fue suficiente para encenderme entera.
Cerré la puerta del baño, abrí el agua caliente y, por primera vez, dejé que mis manos hicieran lo que llevaba años imaginando a oscuras.
Creí que esa cinta solo guardaba mi tarde a solas frente al objetivo. Cuando le di al play junto a él, descubrí que había grabado algo más después de mí.
Entraba a la ducha con una idea fija en la cabeza, cerraba la cortina azul y, detrás de ella, imaginaba un público que la esperaba.
Creí que no vendría. Pero el timbre sonó, miré por la ventana y ahí estaba, con esa cara de inocencia que llevaba años quitándome el sueño.
Eran las once y veintidós cuando el primer gemido atravesó la pared. No venía de mi cama, pero terminó dentro de ella.
Apagó el teléfono, respiró hondo y le hizo la pregunta que llevaba media hora atascada en la garganta. Después de eso, ya no hubo forma de volver atrás.
Aquella mancha tibia en mi vestido lo cambió todo: por primera vez entendí lo que era desear y ser deseada, y ya no quise volver atrás.
La primera dómina me había dejado con hambre. Cuando vi su publicación —«busco una baby»—, no lo dudé: respondí esa misma madrugada.
Él me miraba desde el sillón mientras yo me arrodillaba frente al desconocido que había escogido en la barra del bar. Era mi primera noche siendo puta.
Olvidé lo que se siente que te deseen. Esta noche, sola en casa, decidí recordarlo con la única persona que siempre está conmigo: yo misma.
Solo quedaban diez minutos y ella suplicó entrar. Marcó, se lesionó otra vez... y cuando volví al vestuario seguía allí, envuelta en una toalla y con una sonrisa que lo cambiaba todo.
Sabía que estaba mal. Pero el vapor llenaba el baño, mis padres dormían al otro lado del pasillo y yo ya no podía parar de imaginar lo prohibido.
La miraba doblar sábanas con esas calzas claritas y rezaba para que no notara el bulto en mi short. Hasta que un día giró la cabeza y me preguntó por qué la miraba así.
Duermo desnuda y tú lo sabes. Por eso mi fantasía siempre empieza igual: una mañana cualquiera, sin un solo mensaje, apareces y me tomas dormida.
Le pedí que imaginara mi mano sobre su pierna. No esperaba sentir la suya temblando bajo la mía, ni que el trance terminara siendo también el mío.
Llevaba años alimentando en secreto una fantasía que jamás diría en voz alta. Esa noche, una criatura de ojos rojos apareció a los pies de su cama dispuesta a cumplirla.