Lo que pasaba bajo mi mesa durante la videollamada
Le pedí que se sentara bajo mi mesa cuarenta minutos antes de la reunión. No debía tocarme todavía: solo esperar, respirar contra mis piernas y aguantar las ganas tanto como yo.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Le pedí que se sentara bajo mi mesa cuarenta minutos antes de la reunión. No debía tocarme todavía: solo esperar, respirar contra mis piernas y aguantar las ganas tanto como yo.
Prométeme que no te vas a rajar, dijo con esa sonrisa ladeada. Y acepté, sin saber que el juego de esa noche iba a borrar la línea entre amistad y deseo.
«Sáquelo de la caja, desnúdese y siga las instrucciones al pie de la letra.» Eso decía la nota. Yo era ingeniera, no conejillo de indias. Esa noche dejé de serlo.
Bajó la mano por su abdomen en la penumbra y dejó que la escena se armara sola: él en el centro del sillón, su mujer de un lado, la amiga del otro, un beso imposible.
Cerró la puerta con pestillo, bajó la persiana y volvió a sentarse sin dejar de mirarme. Yo seguía de pie frente a su escritorio, decidida a no salir sin lo que vine a buscar.
Cuando lo encontré otra vez sentado de espaldas a la puerta, supe que ya no me interesaba reñirlo: quería averiguar por qué seguía volviendo a buscarme.
Él no tiene idea de lo que provoca en mí. Se me va la mañana imaginando sus manos en mi cuello, su voz ordenándome cosas que jamás me atrevería a pedir en voz alta.
Apaga el motor, baja del coche y la ve llegar empapada de sudor. Entonces la realidad se apaga y empieza la película sucia que solo él puede ver.
A las diez en punto entro en la sala de juntas y, mientras el jefe habla de cifras, mi cabeza se va a un sitio donde ella y yo no respetamos ninguna regla.
Se sienta dos sillas a mi izquierda y, mientras la familia charla, mi cabeza ya la tiene a horcajadas sobre mis piernas. Nadie lo sabe. Ella tampoco. Todavía.
Solo quería una camisa decente. Pero entonces ella levantó la vista detrás del mostrador, y la cabeza de Andrés empezó a inventar lo que nunca iba a pasar.
No sabía cómo vestirme para mi primera vez en un sitio así. Lo que no imaginaba era que la noche terminaría conmigo de rodillas, en la oscuridad, deseando más.
Abrí los ojos antes que el despertador, ya mojada, ya buscándote en una cama donde solo estaba yo. Y supe que el día entero iba a doler así.
«Quiero que vengas sin ropa interior, ¿te atreves?». Lo escribí casi en broma. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa butaca a oscuras.
Llevaba años guardando ese deseo bajo llave. Aquella madrugada, borracho y sin defensas, dejé que se me escapara delante de la única persona que podía cumplirlo.
Sabía que en aquella cala nadie llevaba ropa. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría ella mientras yo, tumbado al sol, fingía no enterarme de nada.
Damián aún no llegaba y yo ya no podía esperar: me quité el camisón en mitad del salón y dejé que mis manos hicieran lo que su cuerpo todavía no podía.
Pensé que me contaba aquellas historias para ponerme celoso. Tardé en entender que lo que encendía en mí era algo mucho más oscuro y difícil de admitir.
Andrés cruzó la puerta creyendo que venía a hablar de negocios. Lucía sabía que la conversación derivaría hacia un terreno mucho más peligroso.
Llevábamos casi veinte años juntos y conocía cada rincón de su cuerpo. Cuando la enfermedad se la llevó, creí que ese deseo moriría con ella. Me equivoqué.