La noche que mi primo se quedó a ver videos conmigo
Apagó el teléfono, respiró hondo y le hizo la pregunta que llevaba media hora atascada en la garganta. Después de eso, ya no hubo forma de volver atrás.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Apagó el teléfono, respiró hondo y le hizo la pregunta que llevaba media hora atascada en la garganta. Después de eso, ya no hubo forma de volver atrás.
Aquella mancha tibia en mi vestido lo cambió todo: por primera vez entendí lo que era desear y ser deseada, y ya no quise volver atrás.
La primera dómina me había dejado con hambre. Cuando vi su publicación —«busco una baby»—, no lo dudé: respondí esa misma madrugada.
Él me miraba desde el sillón mientras yo me arrodillaba frente al desconocido que había escogido en la barra del bar. Era mi primera noche siendo puta.
Olvidé lo que se siente que te deseen. Esta noche, sola en casa, decidí recordarlo con la única persona que siempre está conmigo: yo misma.
Solo quedaban diez minutos y ella suplicó entrar. Marcó, se lesionó otra vez... y cuando volví al vestuario seguía allí, envuelta en una toalla y con una sonrisa que lo cambiaba todo.
Sabía que estaba mal. Pero el vapor llenaba el baño, mis padres dormían al otro lado del pasillo y yo ya no podía parar de imaginar lo prohibido.
La miraba doblar sábanas con esas calzas claritas y rezaba para que no notara el bulto en mi short. Hasta que un día giró la cabeza y me preguntó por qué la miraba así.
Duermo desnuda y tú lo sabes. Por eso mi fantasía siempre empieza igual: una mañana cualquiera, sin un solo mensaje, apareces y me tomas dormida.
Le pedí que imaginara mi mano sobre su pierna. No esperaba sentir la suya temblando bajo la mía, ni que el trance terminara siendo también el mío.
Llevaba años alimentando en secreto una fantasía que jamás diría en voz alta. Esa noche, una criatura de ojos rojos apareció a los pies de su cama dispuesta a cumplirla.
Coloqué la cámara entre mi ropa para confirmar mis sospechas. Nunca imaginé que esa grabación terminaría reescribiendo todo lo que deseábamos en la cama.
Cuando Carla encontró aquella bolsa junto a la papelera, supe que la tarde no iba a terminar como cualquier otra en el local de León.
Reservé un turno para soltar la tensión de la semana. No imaginé que las manos de aquella chica iban a despertar algo que nunca me había animado a buscar.
Me dejó sola con el plomero para que arreglara la cocina. Lo que no sabía era que mi suegro lo había planeado todo desde el principio.
Veinte años casados y cada uno escondía su propio secreto: él en baños ajenos, yo sin saber aún lo que esa mujer del yoga estaba a punto de despertar en mí.
Faltaban diez horas para la cita y ya sentía el cosquilleo en el vientre. No sabía que esa tarde, sobre una camilla, dejaría de ser la mujer apagada que había sido durante cinco años.
Llevábamos veinte años juntos y esa noche, descalza en la cocina, supe que algo había cambiado en mí para siempre: lo deseaba como nunca y, por primera vez, iba a tomar yo el control.
Cuarenta minutos antes me temblaban las manos. Ahora sostengo el arnés y, por primera vez en dieciocho años, soy yo quien decide lo que pasa en esta habitación.
Le enseñé el vídeo y se derrumbó en el suelo del salón. Pero cuando volvió a levantarse, ya no era la mujer a la que su marido había humillado durante veinte años.