El examen del urólogo terminó de otra manera
Cuando me pidió bajarme el pantalón y tenderme boca abajo, escuché en su voz que aquel examen no iba a ser una consulta de rutina.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Cuando me pidió bajarme el pantalón y tenderme boca abajo, escuché en su voz que aquel examen no iba a ser una consulta de rutina.
Apretujado en el asiento de atrás, su pierna sudorosa contra la mía, sentí cómo su mano se deslizaba bajo la camiseta mientras mis padres conversaban adelante.
Le hice señas para que esperara unos minutos. Él no esperó. Cuando entró, yo seguía hablando del cardiólogo con mi hermana, y mi voz salió igual de tranquila.
Apenas me abrió la puerta me besó, sin preámbulos, sin que importara que yo tuviera novio esperándome en casa dos horas más tarde.
Mi padre subió a la siesta empapado en sudor, con un bulto evidente en la bragueta. Yo solo le dije una frase, sin pensar lo que vendría después.
Pagué la entrada, dejé la ropa en el casillero y me quedé en bóxer. No sabía que en menos de dos horas iba a olvidar mi nombre cuatro veces seguidas.
Habían cancelado la reunión, me dieron la tarde libre y decidí que me iba a poner el camisón rosa. Lo que no calculé fue quién iba a estar mirándome desde la vereda.
Bajó en toalla recién duchado, con una sonrisa que no le conocía. Yo aún no sabía que esa noche iba a ser mi primera vez con un hombre.
Llevaba dos semanas en la ciudad sin hablarle a nadie fuera del trabajo. Hasta que Andrés se acercó esa tarde y me preguntó si quería salir esa noche con el resto.
La cerradura me pesaba entre las piernas, el vestuario estaba vacío y él había llegado media hora antes. Lo que pasó después no estaba en el plan.
Sudaba conmigo entre los sacos de harina mientras repetía las palabras más sucias en su acento árabe. A las cuatro de la mañana, ninguno de los dos podía seguir fingiendo.
Cuando el dolor cesó y me miré al espejo, no quedaba nada de quien fui. Solo un hombre desnudo, listo para entregárselo todo al único que siempre había amado.
Lo juzgué nada más verlo en la marquesina con su polo rosa y su jersey al hombro. Veinte horas después, ese mismo niño rico me abría la puerta de su casa.
Necesitaba más de lo que él podía darme, y cuando salí del depósito con el sabor todavía en la boca, el mensaje del taxista cambió la noche entera.
Cuando lo vi en la mirilla de la puerta, con la chaqueta mojada por la lluvia y esa media sonrisa, supe que todo lo que habíamos imaginado por pantalla iba a quedarse corto.
Llevaba meses encerrado y sin sexo cuando bajé la app y puse «busco cuarto». El mensaje del desconocido parecía oferta de hospedaje. Su mano en mi nalga me sacó del engaño.
Entre piedras derruidas y el frío de febrero, Nico me miró distinto. Como si esa noche no fuéramos a volver a ser los mismos amigos de siempre.
Llevábamos meses hablando en los turnos vacíos del call center. Esa tarde abrió el porno en su pantalla y me preguntó, mirándome, si así me gustaban.
Mordí la almohada cuando pronunció aquel nombre. Y entonces todo lo que había escondido durante años empezó a deshacerse entre las sábanas, golpe a golpe.
Cuando sonó el timbre por segunda vez aquella tarde, supe que el chico del sofá no era el repartidor del anuncio. Y entonces se miraron.