El secreto de dos chicos en el baño del avión
No había dormido en dos días, pero unos pasos en el pasillo a oscuras lo despertaron: alguien entraba al baño donde ya esperaba otro chico, y nadie más lo sabía.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
No había dormido en dos días, pero unos pasos en el pasillo a oscuras lo despertaron: alguien entraba al baño donde ya esperaba otro chico, y nadie más lo sabía.
Cazaba ciervos en el monte cuando unas garras me alzaron hacia las nubes. Al despertar, un hombre de barba hirsuta y sexo erecto me esperaba sobre un lecho de mármol.
El anuncio decía «sesión erótica gratuita para chicos jóvenes». Lo que no decía, y yo entendí perfectamente, era cómo pensaba cobrármela aquella noche.
Matías abrió descalzo, con esa media sonrisa que no escondía nada. Detrás de Andrés, Esteban ya respiraba en su nuca. Los tres sabían para qué habían venido.
Subí a entregar unos papeles y bajé con un desconocido que olía a colonia cara. Entonces el ascensor se detuvo, las luces murieron y todo cambió entre nosotros.
Bajó del estrado temblando de rabia. No quería estar solo: cruzó el pasillo del apartamento y empujó la puerta de la suite donde sus dos hombres ya lo esperaban despiertos.
Empezó como un juego en la última fila del teatro y terminó siendo una adicción: buscar el rincón más imposible de la ciudad para perder el control.
Me pidió que cerrara los ojos frente al escaparate. Cuando los abrí, supe que Hugo quería verme convertido en algo que siempre deseé ser sin atreverme a decirlo.
Entró creyendo las duchas vacías, pero el vapor escondía a alguien más. Su compañero de equipo no lo había oído llegar, y él ya no podía apartar los ojos de lo que veía.
Llevaba meses mandándole toques sin respuesta. Aquella mañana contestó con dos palabras que me pusieron de rodillas antes incluso de abrirle la puerta.
El azul de su peto le traía suerte, decían. Pero esa noche, bajo el chorro de agua y las miradas de sus compañeros, supo que la suerte tenía otro nombre.
Cuando cruzaron el portal con la falda rosa y las orejas de conejito, sintieron todas las miradas clavarse en ellos. Y el juguete seguía latiendo dentro de los dos.
Cuando me abrió la puerta en calzoncillos y me dijo «de rodillas, en silencio», supe que esa noche valdría la cruzada en Uber hasta la otra punta de la ciudad.
Tenía veinte años, la casa para mí solo y un chat abierto. Nunca imaginé que aquel desconocido aparecería en mi puerta veinte minutos después, ni lo que dejaría grabado en mí para siempre.
Habían montado la pantalla, servido la sidra y aguantado los murmullos. Solos al fin en la plaza desierta, solo quedaba una cosa por hacer: subir a la buhardilla.
Llevaba días viéndolo solo a través de una pantalla. Cuando por fin la puerta se cerró detrás de nosotros, supe que esa noche íbamos a recuperar cada hora robada por la distancia.
Cuando mi madre encontró las manchas en mi ropa creyó lo peor. No sabía que Marco no me lastimaba: me ayudaba a dejar de tener miedo de ser quien soy.
Pensé que lo más difícil del regreso sería la pancarta de la entrada del pueblo. Me equivoqué: lo difícil fue la mesa, cuando empezamos a decir la verdad.
Llevaba el traje impecable y, debajo, el encaje que solo él podía ver. Cuando el pestillo del despacho hacía clic, Noa dejaba de ser el asistente perfecto.
Perdió las llaves frente a la puerta del único vecino del que todos le habían advertido, y esa tarde de verano decidió averiguar por qué tanto misterio.