Mi amigo me enseñó a dominar a los hombres en la piscina
Karim me arrancó el bañador y me dijo que ya era hora de dejar de hacerme el estrecho. No sabía que esa tarde junto al agua iba a aprender a usar mi cuerpo como un arma.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Karim me arrancó el bañador y me dijo que ya era hora de dejar de hacerme el estrecho. No sabía que esa tarde junto al agua iba a aprender a usar mi cuerpo como un arma.
Le ofreció una copa con una sonrisa traviesa y un guiño, y en ese instante el profesor supo que la distancia entre ellos dos estaba a punto de desaparecer.
Se quitó la camiseta empapada delante de mí, sin saber que lo había escuchado todo desde la ducha. Lo que le ofrecí esa tarde le cambió la idea del placer.
Llevaba diez años sin pensar en mi propio cuerpo. Bastó que aquel masajista clavara sus dedos en mi espalda para que algo que creía imposible empezara a despertar.
Treinta y tres años, un cuerpo de atleta y un secreto que llevaba media vida ahogando. Hasta que aquel chico cruzó la puerta de su tienda y lo miró sin miedo.
Bajó la voz hasta un susurro ronco al otro lado del tabique, y supe que jamás volvería a sentarme frente a él en una reunión sin recordarlo.
Llevaban toda la vida siendo inseparables, pero esa tarde, solos en el sofá, ninguno de los dos quiso fingir que aquel beso había sido un accidente.
Llevaba semanas deseando que volviera a buscarme. Esa noche entendí que, si quería sentir de nuevo aquello, tendría que ir yo a buscarlo a otra parte.
Le aposté que si le ganaba en la cancha esa tarde me lo cobraría con él. Se rió. No sabía que yo llevaba años esperando ese momento.
No podía dejar de mirar el cuerpo de Bruno bajo el agua, y cuando se dio vuelta con los ojos cerrados supe que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
Sabía que en cuanto cruzara su puerta no habría vuelta atrás: hoy iba a dejar que me lo hiciera de verdad, y llevaba toda la semana imaginándomelo.
Iba borracho en el metro cuando abrí la app por aburrimiento. No imaginaba que ese mensaje de un desconocido terminaría conmigo de rodillas en un trastero a oscuras.
Tenía 24 años, una novia dulce y una duda que llevaba años callando. La mano de él en mi hombro, esa noche en el bar, terminó por responderla.
Medio millón de euros por pasar cinco días en el Caribe con un desconocido. Bruno no era gay, pero las deudas no entienden de etiquetas y el avión privado ya lo esperaba.
Recibí la nota sin firma frente a todos. Esa misma noche, detrás de una máscara, las manos de un hombre me enseñaron lo que tanto había callado.
Acepté el juego: la puerta sin cerrar, las luces apagadas y un hombre al que nunca le vería la cara. Lo que no imaginé fue encontrármelo el lunes en la oficina.
Tenía una semana para decidir si lo dejaba todo atrás. Esa noche, cuatro hombres se propusieron que olvidara la decisión, aunque fuera solo por unas horas.
Entré con un vaso de agua y lo encontré cambiándose de pantalón. A partir de ese segundo supe que todo lo que creía saber de mí mismo era mentira.
Su mano subió desde mi rodilla hasta el muslo sin prisa, como si supiera de antemano que yo no iba a apartarla. Y no la aparté.
La maleta de Unai ya estaba hecha, pero antes de cruzar el océano quedaba una última noche: cuatro cuerpos, dos correas y una despedida que ninguno olvidaría jamás.