El desconocido que me enseñó a disfrutar con un hombre
Tenía veinte años, la casa para mí solo y un chat abierto. Nunca imaginé que aquel desconocido aparecería en mi puerta veinte minutos después, ni lo que dejaría grabado en mí para siempre.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Tenía veinte años, la casa para mí solo y un chat abierto. Nunca imaginé que aquel desconocido aparecería en mi puerta veinte minutos después, ni lo que dejaría grabado en mí para siempre.
Habían montado la pantalla, servido la sidra y aguantado los murmullos. Solos al fin en la plaza desierta, solo quedaba una cosa por hacer: subir a la buhardilla.
Llevaba días viéndolo solo a través de una pantalla. Cuando por fin la puerta se cerró detrás de nosotros, supe que esa noche íbamos a recuperar cada hora robada por la distancia.
Cuando mi madre encontró las manchas en mi ropa creyó lo peor. No sabía que Marco no me lastimaba: me ayudaba a dejar de tener miedo de ser quien soy.
Pensé que lo más difícil del regreso sería la pancarta de la entrada del pueblo. Me equivoqué: lo difícil fue la mesa, cuando empezamos a decir la verdad.
Llevaba el traje impecable y, debajo, el encaje que solo él podía ver. Cuando el pestillo del despacho hacía clic, Noa dejaba de ser el asistente perfecto.
Perdió las llaves frente a la puerta del único vecino del que todos le habían advertido, y esa tarde de verano decidió averiguar por qué tanto misterio.
Se quedó en mi sofá un par de semanas, cortés y distante, hasta que una tarde dejó caer la frase que despertó todo lo que enterramos en aquellos veranos.
Eneko se rompió esa noche, así que Unai hizo lo único que sabía calmarlo: lo llevó a la cama donde Mikel y Asier ya esperaban despiertos.
Lo apresaron robando comida en plena noche; cuando le obligaron a alzar el rostro bajo la melena enmarañada, el patricio reconoció unos ojos que creía perdidos para siempre.
Llevaba dos semanas sin descargar y la imaginación me jugó una mala pasada en pleno turno. Lo que no esperaba era que alguien se diera cuenta antes que yo.
Llevaba meses fingiendo que no se me iban los ojos cuando salía del baño en calzoncillos. Esa Navidad, solo en el piso, abrí la bolsa de su ropa sucia.
Diez minutos de pausa, un videojuego de fútbol y una apuesta absurda bastaron para que todo lo que Bruno creía saber de su amigo se viniera abajo en una tarde.
Llegábamos tarde a la academia cada mañana, pero jamás nos saltábamos ese ritual entre las sábanas. Hoy, por primera vez en semanas, era él quien me abría las piernas.
Cuando el oficiante preguntó si alguien tenía algo que decir, el novio levantó la mano. No para aceptar, sino para confesar lo que llevaba meses callando.
Me había jurado que solo íbamos a mirar. Pero cuando aquel desconocido posó la mano en el hombro de Eduardo, supe que yo tampoco iba a poder quedarme quieto.
Pensé que eran imaginaciones mías, hasta que encontré un número escrito en el envoltorio de la toallita que me había entregado al bajar del avión.
Tengo treinta y cuatro años y nunca dudé de lo que era. Hasta que esa semilla empezó a crecer dentro de mí, silenciosa y persistente, y ya no pude ignorarla.
El vagón iba vacío a esa hora de la madrugada. Cuando aquel hombre se sentó casi frente a mí y empezó a mirarme sin disimulo, supe que el viaje no sería como los demás.
Sentí su cuerpo grande apretándose contra mi espalda en cada frenada, y cuando susurró «bajamos en la próxima» supe que no iba a poder decirle que no.