Lo que sentí al reencontrar a mi amigo del instituto
Volví a verlo en el pasillo de los vinos y el estómago me dio un vuelco. Treinta años sin saber de él y, de pronto, una invitación al bar lo cambiaba todo.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Volví a verlo en el pasillo de los vinos y el estómago me dio un vuelco. Treinta años sin saber de él y, de pronto, una invitación al bar lo cambiaba todo.
Llegué como acompañante de un colega, sin invitación propia. Tres horas después estaba encerrado en el ático con dos estrellas del porno y ninguna intención de salir.
Cuando me dijo que no había prisa, supe que esa noche iba a cambiar todo. Mauricio me miraba como un león mira a una gacela que ya dejó de correr.
Llegué con dos botellas de champán para romper el hielo, pero fue Marina quien tomó el control desde el primer beso y dejó claro que esa noche mandaba ella.
Llevaba semanas sin poder quitarme de la cabeza a aquel hombre. Un día tomé el bus, llamé a Bruno y volví a la finca sin avisarle a nadie.
Lo conocían como el viejo bonachón de la esquina, el que saludaba a todos y nunca levantaba la voz. Bastó una tarde a puerta cerrada para descubrir al hombre que de verdad era.
Ella salió a media mañana y el apartamento quedó en silencio. Solo quedamos él y yo, y lo que la noche anterior había despertado ya no se podía ignorar.
Era julio y los dos sudábamos. Llevaba poco tiempo en esto y aún tenía mucho que aprender, pero esa noche la mujer me observaba desde la silla como si yo fuera el plato principal.
Ramiro me avisó por mensaje que decidiría en el momento si quería el final feliz. Ninguno de los dos imaginaba hasta dónde íbamos a llegar esa tarde de jueves.
Esa tarde Damián tenía otros planes. En cuanto crucé el umbral me dio dos bofetadas y me ordenó cruzar el piso desnudo moviendo el culo.
Cada marca que las cuerdas dejan en mi piel me acerca un poco más al abismo. Pero es lo único que silencia su voz... la del hombre al que dejé morir.
Tomás salió de la ducha desnudo y dijo que para qué iba a vestirse si pensábamos desnudarlo igual. Esa noche en la cabaña, ninguno de los cuatro pensó en dormir.
Cris abrió la cortina del probador a medio cambiarse y yo, en lugar de retirarme, me arrodillé. Lo que pasó después marcó todo lo que vino después con Hugo.
Estábamos los dos parados frente a las cervezas, con el carrito a un lado, y bastó que dijera mi nombre con esa voz suya para que tantos años se borraran de un golpe.
Vi mi propia cara en la pantalla de su teléfono, perdida entre los pelos de su torso, y entendí que aquella tarde en el sauna no había sido tan anónima como yo creía.
Lo vi quitarse la camiseta sudada mientras subíamos los muebles al tercer piso. No imaginé que esa misma madrugada su mano buscaría la mía bajo las sábanas.
Me levanté del colchón con el culo dolorido mientras él seguía dormido. Llevaba un año esquivándolo, y esa madrugada terminé cediendo en su cama.
Cuando salió al porche sin bañador, supe que la broma que llevábamos meses esquivando se había acabado. Aquella tarde dejamos de fingir que solo éramos amigos.
Mi padre me dejó solo con su amigo en la consulta. Pensé que era un masaje más. Lo que aquellas manos hicieron conmigo no lo había sentido con ninguna chica.
Estaba caliente, solo en casa y sin ganas de masturbarme. Cuando me llegó la propuesta de una cruzada entre activos, le dije que sí casi sin pensarlo.