El masajista del noveno piso me ató en el balcón
Me dijo que iba a mostrarme tres momentos de placer y que me iba a ir liviano. No mencionó las esposas, ni el balcón, ni el vibrador que cambiaría todo.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Me dijo que iba a mostrarme tres momentos de placer y que me iba a ir liviano. No mencionó las esposas, ni el balcón, ni el vibrador que cambiaría todo.
Cuando el aula se vació, él se quedó frente a mi mesa con una excusa torpe sobre un ejercicio que ya sabía resolver. Y yo dejé de fingir.
Aquel viernes éramos los últimos en la pileta. Cuando salí del agua, su mirada bajó hasta mi bañador y supe que esa noche el alumno iba a ser otro.
Cuando ella cerró la puerta dijo que yo no era suficiente hombre. No imaginé que esa misma noche dejaría de serlo para siempre, y que sería lo mejor que me pasó.
El cajón se atascaba por culpa de un cuaderno manuscrito. Dentro estaban escritas las páginas más íntimas de un desconocido y su amante de ocho años.
Pedí una piña colada en el chiringuito y el camarero me la trajo con una sonrisa. Para el segundo día, supe que su servicio iba mucho más allá de la barra.
El primer cliente me pidió algo que no estaba en mi contrato. Cuando volví al cuarto, Salvador respiraba como si llevara horas despierto.
Lo que empezó como una tarde tonta en su sofá terminó conmigo arrodillado entre sus piernas, descubriendo que algunas confianzas no se pueden devolver.
Subí al auto con el corazón en la boca y le dije, casi sin pensar, que entendía por fin lo que sentía una mujer cuando va camino a entregarse.
Nunca pensé que una escena del juego encendería algo entre los dos, ni que esa misma tarde tendría su sabor en la boca y su nombre repitiéndose dentro de mi cabeza.
El taxi llegó a las dos y media. Subí los cuatro pisos con dos bolsas en las manos y la certeza de que ya no había vuelta atrás.
Cuando los tres golpes sonaron en la puerta del baño, supuse que sería Carla. Pero quien entró fue él, sin esperar respuesta, descalzo y con el pecho desnudo.
El parque estaba vacío a las nueve. Cuando aparecieron las tres siluetas oscuras al final del sendero, supe que no iba a llegar a casa la misma persona.
Octavio caminaba desnudo por el borde de la pileta como si fuera un trofeo, sin sospechar que su esposa y su amiga ya tenían un plan para esa tarde.
A los cincuenta y uno, después de muchas mujeres, escribí a un desconocido en una página gay sin saber que ese mensaje me obligaría a aceptar lo que siempre había negado.
Cuando sentí su erección apretada contra mi cola, supe que no iba a moverme. Y supe también que en la próxima estación, los dos íbamos a bajarnos.
Eran las once de la mañana, el local estaba vacío y mi compañero dormía. Cuando lo vi entrar por la puerta, supe que ese domingo no iba a parecerse a ningún otro.
Solo quería llegar a casa. Pero sus ojos color miel y esa media sonrisa de chico que sabe lo que quiere me hicieron cambiar el rumbo en mitad de la estación.
En las duchas del instituto miraba siempre a escondidas. Esa tarde, volviendo del entrenamiento, Mateo me hizo la pregunta que llevaba años esperando.
Mi cabeza me decía que no volviera nunca. Mi cuerpo recordaba aquellos labios y no me dejaba dormir. Al tercer día marqué su número.