Tres mujeres lo dominaron en el callejón aquella noche
Entró al bar buscando compañía barata. Salió de rodillas en un callejón, descubriendo que el placer y la humillación podían ser la misma cosa.
Entró al bar buscando compañía barata. Salió de rodillas en un callejón, descubriendo que el placer y la humillación podían ser la misma cosa.
Creyó que esa noche mandaría él. En cuanto cruzó la puerta, las cuerdas ya estaban listas y sus sonrisas no tenían nada de inocentes.
Llevaba toda la noche esperándola, atado a la cama de aquella casa, sabiendo que el domingo ella regresaría a terminar lo que habíamos empezado.
Tengo la boca seca, la cabeza a punto de estallar y no reconozco esta cama. A mi lado duermen cuerpos desnudos que anoche conocí demasiado bien.
Bajo la capa formal y los lentes oscuros, la arquitecta escondía un cuerpo joven que pronto conocerían, uno a uno, los obreros que cavaban su puente.
Mi marido dormía la siesta mientras yo caminaba por la arena buscando a los tres hombres que llevaba dos días imaginando. No pensaba volver sin ellos.
Cuando Noa le ofreció ponerle crema al capitán, ninguno imaginó que ese gesto encendería todo lo que vino después en la cala escondida.
El mensaje llegó justo antes de dormir: una propuesta para el día siguiente al mediodía. No sabía cuántos seríamos ni qué me esperaba, pero ya había dicho que sí.
La camarera me había mirado toda la cena. Lo que no imaginaba era que ella y sus compañeros nos esperaban a oscuras entre los árboles de la playa.
Pedimos los masajes juntos para no separarnos. Lo que no sabíamos era que aquellas cuatro manos extra venían dispuestas a quedarse hasta el amanecer.
Carmen lo había planeado todo: las duchas del sótano, las parejas nerviosas y una sola regla, que nadie se quedara mirando desde fuera.
Bajé las escaleras vestida para servirles tragos, pero todos en esa sala sabían que el verdadero premio de la partida no estaba sobre la mesa, sino entre sus manos.
Subí el vestido escalón a escalón mientras ellos me seguían por la escalera. Para cuando llegamos a mi habitación, ya no había nada que disimular.
Sabía que dos desconocidos me observaban desde la terraza de arriba. Lo que no imaginé fue que esa misma tarde los tendría a ellos y a su hermana en nuestra cama.
Le dije a mi novio que quería estar con más hombres esa noche. Él sonrió, abrió la puerta y dejó que entraran uno tras otro mientras yo perdía la cuenta.
Entramos buscando un gangbang y solo había dos hombres sentados con la toalla puesta. No imaginaban la suerte que acababan de tener.
Cuando volví a la cocina por los hielos, mi mejor amiga estaba de rodillas frente a uno de los chicos. Y los demás venían justo detrás de mí.
Aceptamos las reglas sin saber del todo a qué nos entregábamos: una isla, varios amos y la promesa de que un no siempre sería un no. El resto lo decidía el deseo.
No conocía sus nombres, solo sabíamos que trabajábamos para la misma empresa. Dos horas después estaba desnuda entre los seis, decidida a no arrepentirme de nada.
Ella calentó a medio grupo de extranjeros desde la piscina, y cuando uno se plantó frente a mi tumbona descubrí que aquel verano no íbamos a privarnos de nada.