La enfermera me convirtió en su esclava
Ella cerró la puerta con llave, llenó la bolsa del enema y me miró fijamente. «No me obligues a ponerme dura contigo», dijo. Y supe que esa noche todo iba a cambiar.
Ella cerró la puerta con llave, llenó la bolsa del enema y me miró fijamente. «No me obligues a ponerme dura contigo», dijo. Y supe que esa noche todo iba a cambiar.
Llevábamos siglos odiándonos y queriendo matarnos. Lo que no esperaba era acabar con su polla hasta el fondo mientras el coche se caía a pedazos debajo de nosotros.
Cada mañana mi abuela me despertaba con un castigo que yo había aprendido a suplicar. Esa tarde, su vieja amiga llegó dispuesta a no quedarse solo mirando.
Salí de casa con mi disfraz de diablita y el plug puesto, sin imaginar que esa tarde dejaría que dos extraños decidieran por completo lo que iba a pasar con mi cuerpo.
Debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado. Cuando el patrón me preguntó qué estaría dispuesta a hacer por el trabajo, supe que mi respuesta lo cambiaría todo.
Sabía que vendría arrastrándose. Lo que él no sabía era cuánto pensaba hacerlo esperar antes de dejar que rozara siquiera la punta de mi pie.
Me gusta el instante exacto en que un hombre entiende que solo tocará mis pies si obedece. Esa tarde, Mateo lo entendió de rodillas y con la respiración entrecortada.
Llevaba un año limpiando su casa sin que me mirara a los ojos. La tarde que me quité los zapatos junto a la piscina, descubrí que llevaba meses mirándome los pies.
Lo tengo controlado: finjo mirar al suelo. Pero aquella mañana, un par de pies descomunales se cruzó frente a mí y su dueña me clavó una mirada que no admitía negativa.
Arrodillado en el parque, con los ojos vendados y los pies descalzos sobre la hierba, entendí que ya no decidía nada: él tenía la llave y yo había dejado de buscarla.
Me pidió que no me lavara antes de ir. Pensé que sería un capricho más, pero esa noche descubrí hasta dónde podía llegar mi propia vergüenza.
«Quiero ver algo nuevo», dijo desde el sillón. Y yo ya sabía exactamente con qué iba a sorprenderlo, aunque significara arrastrar a Vera conmigo.
El aire de la habitación se había vuelto irrespirable cuando Él nos miró y dijo que esa noche teníamos que demostrarle hasta dónde éramos capaces de llegar por su placer.
Llevábamos toda la noche en lo mismo, pero verla de espaldas, a punto de meterse al agua, me recordó que la mañana también tenía sus reglas.
Le dije que había baños en el local. Vi cómo entendía lo que de verdad le ofrecía, y cómo su cuerpo lo deseaba antes de que su orgullo terminara de rendirse.
El mensaje de aquella mañana no dejaba lugar a dudas: esa tarde yo no iba a ser un hombre, iba a ser su juguete. Y ella pensaba cobrarse cada promesa al pie de la letra.
No podía dejar de mirarle las botas. Cuando me pilló, en vez de apartarse, me preguntó si era de los que se mueren por besar suelas.
En el juego del «yo nunca» conté mis fetiches sin pensarlo. Semanas después, él montó la escena perfecta para convertirme en la más patética de los dos.
Nunca me había sentido tan a merced de nadie: desnuda, obediente y esperando a que ella decidiera qué hacer conmigo y cuándo podía aliviarme.
Le pedí que se calzara mis tacones para sacarle una cabeza de altura, y en su cara entendí que esa noche él no mandaba nada.