La noche que aprendí cuál era mi lugar bajo ella
—Esta noche no me sirves con las manos —dijo, subiéndose la falda mientras yo seguía de rodillas, esperando la única orden que de verdad importaba.
—Esta noche no me sirves con las manos —dijo, subiéndose la falda mientras yo seguía de rodillas, esperando la única orden que de verdad importaba.
Sus pies sobre el borde de mi sillón fueron solo el principio. Esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacerla.
Le dijo a su abuelo que ya se marchaba, pero ni siquiera salió del edificio: Sonia la esperaba al final del pasillo con cinco viejos sin lavar y una promesa que la hacía temblar.
Llevaba años robándole las chanclas para esconderme con ellas. La tarde en que me descubrió subida a una escalera, supo exactamente cómo usar mi secreto.
Las quejas de los vecinos no la asustaban; la encendían. En aquel ascensor olía a cerveza y a hombre sucio, y ella ya estaba de rodillas antes de llegar al último piso.
Bastó que ella me encontrara de rodillas junto a su cama para que la amistad se rompiera y empezara otra cosa: obedecer cada uno de sus caprichos sin rechistar.
La primera vez que me ordenó pintarme las uñas de los pies, mis manos temblaban. No por miedo: por las ganas de obedecerle.
Cuando me agarró del brazo a la salida, entendí que no buscaba una disculpa. Buscaba un esclavo, y yo ya estaba de rodillas antes de que lo pidiera.
Bajé al baño con una urgencia simple y la encontré a ella, enjabonada y sonriendo, sabiendo de antemano la orden que estaba a punto de darle.
Desperté atado al banco de cuero, desnudo y amordazado, y entendí que la sesión no era para curarme: era para que ellas se divirtieran conmigo.
Llevaba semanas admirando sus pies desde la última fila. El día que se quitó las sandalias y me clavó la mirada, supe que ya no había vuelta atrás.
Llegó del entrenamiento con el uniforme todavía puesto, me miró desde arriba y entendí que esa tarde algo entre nosotros iba a cambiar para siempre.
Llevaba años fingiendo que no miraba sus pies. Esa noche, descalza sobre la cama, me ordenó arrodillarme y supe que ya no habría vuelta atrás.
Los fines de semana no voy al cine por la película. Voy a sentarme atrás, a esperar que unos pies desconocidos se apoyen en mí y decidan cuánto puedo aguantar.
Entré al posgrado sin conocer a nadie. Bastó que ella cruzara las piernas y se quitara una sandalia para que yo dejara de prestar atención a todo lo demás.
En cuanto la reunión se relaja y nadie mira, me escabullo al baño. Sé exactamente qué voy a encontrar en el cesto, y sé perfectamente lo que voy a hacer con ello.
Hacía dos semanas que nadie me usaba como yo necesitaba, así que me puse el vestido más fácil de quitar y bajé al único sitio donde sabía que jamás me dirían que no.
Esa tarde cruzó la cortina de la trastienda sabiendo que iba a cumplir cada orden, por degradante que fuera, sin que nadie la obligara a hacerlo.
Sabía que aquellos dos hombres la despreciarían en cuanto cruzara la puerta, y eso era justo lo que la hacía volver una y otra vez a por más.
La echaron de la mansión por pedir demasiado. Caminando perdida en la noche, el hedor de un camión de basura le hizo sonreír: por fin alguien hablaría su idioma.