La noche que me quedé con todo el grupo en aquel bar
Pedí una soda porque no me dejaron beber, y esa misma noche un grupo entero de extraños decidió que yo era el centro de su fiesta privada.
Pedí una soda porque no me dejaron beber, y esa misma noche un grupo entero de extraños decidió que yo era el centro de su fiesta privada.
Cuando la puerta del baño se abrió de golpe, entendí que Adrián no me había llevado allí para estar a solas. Y lo más perturbador fue cuánto lo deseaba.
«Una mujer como tú vale miles por una noche», dijo Ingrid mientras me ataba la correa al cuello y me arrastraba hacia el interior del local.
La diferencia de edad debía ser un problema, no una invitación. Pero cuando ella dejó caer los zapatos y me miró desde el sofá, supe que iba a obedecer cada orden.
Beatriz ya no se resistía cuando le pasaba la cadena por el cuello. Le había cambiado el nombre, la rutina y la idea que tenía de sí misma.
Llevaba años adiestrando sumisas por internet, pero jamás imaginé que detrás del antifaz de mi nueva esclava estaría la cara de la mujer que vivía justo enfrente.
Creí que actuar por mi cuenta la haría sentirse orgullosa. Me equivoqué. En cuanto Renata cruzó la puerta y vio lo que había hecho, supe que esa tarde aprendería a obedecer.
Aquella noche aprendí que entregarla del todo significaba renunciar a mi propia virilidad mientras él la tomaba sobre mi cara.
Lucía siempre se preguntó qué sentiría con un hombre como el marido de su hermana. Esa noche lo descubrió, mientras Tomás esperaba de rodillas con una jaula entre las piernas.
La encontré esperándome en la cama, pero esa noche no la quería solo para mí. La saqué al pasillo, desnuda, justo frente a la puerta donde dormía mi amigo.
Llevaba tres botes de áloe vera encima y ni un centímetro de piel sin quemar cuando el novio de mi compañera entró con sus llaves y me encontró desnuda en el sofá.
Nando me dejó las bragas enrolladas en un tobillo y, mientras Bruno me sujetaba contra el sofá, entendí que esa noche yo era la mercancía que ambos querían estrenar.
Esa noche acordamos algo distinto. Yo cocinaría, abriría la puerta y la vería disfrutar con otro. Lo que no imaginé fue cuánto me iba a gustar obedecer.
Esa noche me arrodillé mientras otro hombre poseía a mi esposa sobre la mesa. Él se creía el dueño; ninguno de los dos sospechaba lo que en verdad pasaba entre nosotros.
«La cooperación es la única moneda que tienes», decía el mensaje. Mariana apagó el teléfono sabiendo que volvería a obedecer, igual que la última vez.
Cuando entró en aquel club oculto tras una librería de teología, Marlene supo que la libertad de su marido se pagaría con cada prenda que dejara caer ante el juez.
Cuando el guardia gritó su número, las risas se apagaron de golpe y cien miradas se clavaron en ella: la única belleza intacta en un patio de cemento, sudor y alambre de púas.
Acepté la apuesta entre risas y vino. Veinte minutos después, él sacaba del cajón un delantal de raso y unos guantes, y yo dejaba de ser la dueña de casa.
Abrió la puerta esperando la botella de siempre. En su lugar, él le tendió un delantal de encaje y una sonrisa que no admitía un no por respuesta.
Se puso el delantal de la mucama solo para callarlo, sin imaginar que ese gesto despertaría algo que llevaba años fingiendo que no sentía.