La fantasía que Valeria convirtió en mi condena
Cada noche que Marcos pasaba mirando sin poder tocar era un escalón más en el descenso. Valeria no lo seducía: lo poseía. Y él no encontraba la salida, ni la buscaba.
Cada noche que Marcos pasaba mirando sin poder tocar era un escalón más en el descenso. Valeria no lo seducía: lo poseía. Y él no encontraba la salida, ni la buscaba.
Cuando salí de la ducha rasurado y mareado por el ron, lo vi sentado en la cama con un collar rosa y una peluca. Entendí que aquella isla no era refugio: era una trampa.
Encendí la cámara, le pasé el control a mi mujer y supe enseguida que aquella noche no iba a ser yo quien la tocara, sino el que la miraría de rodillas.
Mi esposa quería ver cómo me cogían a mí, no al revés. Lo que descubrí esa noche en la suite del hotel todavía me obliga a hacerme preguntas que no me animo a responder.
Acabé sin permiso mientras la veía con él. Cuando amaneció el sábado, supe que tendría tres días enteros para pagarlo.
Abrir la puerta esa noche fue la decisión más difícil de mi vida. Detrás había un hombre alto, sonriente, dispuesto a tomar lo que yo ya no podía darle a mi mujer.
Treinta y un puntos. La voz de ELARA ya lo esperaba: «Despierta, cielo. Hoy tampoco serás el hombre que llevas años creyendo ser».
Andrés completó el tercer vídeo aunque le generó rechazo. Eso era exactamente lo que Vera necesitaba ver en sus sujetos: obediencia cuando el cuerpo se niega.
Pensé que enfrentarme a una mujer sin entrenamiento sería pan comido. El primer abrazo de oso me sacó esa idea de la cabeza para siempre.
Fregaba los platos con los guantes de goma puestos cuando la mujer de su amante le susurró al oído lo mucho que le había gustado su marido.
Entró al cuarto de estudio con una mirada que no admitía preguntas. Me ordenó que me desnudara. Tenía reunión en veinte minutos y yo iba a ser su entretenimiento.
Cuando se quitó los vaqueros delante de mí sin pedirme permiso, supe que esa tarde de agosto iba a ser muy diferente a lo que imaginaba.
Cuando cruzé la puerta de la mazmorra, ella me tendió la mano para que se la besara. Luego señaló el suelo. Supe en ese instante que la noche sería larga.
Marcos firmó el contrato sin leerlo. Cuando lo encerraron bajo el váter del Club Ónix, ya era demasiado tarde para arrepentirse.
Me había prometido que no volvería. Tenía las palabras preparadas, la voz firme. Pero cuando abrió la puerta y me miró así, todo lo que había ensayado se desmoronó.
Mientras mi marido dormía, yo tenía la mente encendida. En el hockey, en las fiestas familiares, en la cocina a solas: mis fantasías no me daban tregua.
En el día a día no me pisa nadie. Pero cuando las luces se apagan y él me mira de esa manera, desaparezco. Solo existo para cumplir lo que me ordena.
Cuando revisé las grabaciones de las cámaras que ella no sabía que existían, vi a mi esposa con él. En nuestra cama. Y en lugar de enfurecerme, sentí algo oscuro que no esperaba.
La criatura no te caza. Solo te observa correr y espera que te quedes sin fuerzas. Sabe desde el principio cómo termina esto.
Le pregunté inocentemente si había sido su mejor amante. Su risa fue la primera señal de que no debía haber abierto la boca aquella madrugada.