Lo que pasó en el cumpleaños de su tía
Aceptó quedarse a dormir por ser el cumpleaños de su tía favorita. No imaginaba que esa noche dos mujeres habían planeado cada caricia con precisión.
Relatos tabu de historias prohibidas
Aceptó quedarse a dormir por ser el cumpleaños de su tía favorita. No imaginaba que esa noche dos mujeres habían planeado cada caricia con precisión.
Tenía veintidós años y nunca había visto a otra mujer desnuda, hasta esa tarde en la ducha, cuando ella se quitó la ropa interior como si yo no estuviera mirando.
Cuando salió al garaje vestida así, supe que perdería la apuesta. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría aquel verano con ella y con su madre.
Cuando Lucía y yo llegamos a esa casa, lo que vimos en el salón nos dejó sin aire. Supe que la noche apenas empezaba y que ninguno quería marcharse.
Se quedó en mi sofá un par de semanas, cortés y distante, hasta que una tarde dejó caer la frase que despertó todo lo que enterramos en aquellos veranos.
Entré a su cuarto solo para hablar y terminé descubriendo algo que despertó cada hormona de mi cuerpo. Cuando él me atrapó, ya no hubo forma de fingir que no lo deseaba.
Faltaban días para el parto y yo solo pensaba en una cosa. Cuando la contracción me dobló de dolor, le pedí a Rocío que metiera la mano bajo la sábana.
Tenía el corazón acelerado y la sábana empapada a los siete grados de la madrugada. El problema no era el frío: era con quién había soñado.
La tenía contra la pared cuando sonó su móvil. Le ordené que respondiera en videollamada: su amiga iba a ver hasta dónde llegaba su obediencia.
A los ochenta y siete años creía haberlo oído todo. Entonces ella se arrodilló al otro lado de la rejilla y empezó a contarme lo que hacía cuando su marido viajaba.
Siempre supe que mi madre era distinta a las demás, pero hasta esa madrugada no entendí cuánto, ni hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo.
Creí que dormía la noche que traje a esos dos hombres. Me equivoqué: nos vio. Y semanas después entró al baño, se sentó frente a mí y exigió saberlo todo.
Mi hermano me contaba todo: sus amantes, sus fetiches, lo que hacía con Romina. Lo que nunca imaginó es que una madrugada yo terminaría en mi cama con ella, sin él.
Creí que controlaba todo en casa, hasta que la mujer con la que me casé me dejó claro quién mandaba de verdad entre nosotros tres.
Cumplía la mayoría de edad y el santuario entero contuvo el aliento cuando avanzó desnuda hacia el altar donde sus dos madres la esperaban, listas para iniciarla.
Él repetía que estaba mal, que no debía tocarme. Pero su mano ya buscaba mi cintura y los dos sabíamos que nada iba a detenernos esos cinco días.
Lo nuestro era el secreto que cargábamos a todas partes, pero esa noche, lejos de la ciudad, decidimos compartirlo con alguien más.
Era la mujer de su padre, pero esa madrugada, sentada en la arena y pegada a su pecho, dejé de saber dónde terminaba el cariño y empezaba otra cosa.
La última noche antes de volverse mortal, se acurrucó entre sus dos madres divinas sabiendo que al amanecer tendría que sepultar todo lo que era bajo capas de tela común.
Desde abajo, mientras ella empujaba la guía en lo alto de la escalera, la camiseta se le separaba del cuerpo y Adrián descubrió que aquel verano no iba a ser como los demás.