Lo que pasó con mi padrastro cuando mamá viajó
Él repetía que estaba mal, que no debía tocarme. Pero su mano ya buscaba mi cintura y los dos sabíamos que nada iba a detenernos esos cinco días.
Relatos tabu de historias prohibidas
Él repetía que estaba mal, que no debía tocarme. Pero su mano ya buscaba mi cintura y los dos sabíamos que nada iba a detenernos esos cinco días.
Lo nuestro era el secreto que cargábamos a todas partes, pero esa noche, lejos de la ciudad, decidimos compartirlo con alguien más.
Era la mujer de su padre, pero esa madrugada, sentada en la arena y pegada a su pecho, dejé de saber dónde terminaba el cariño y empezaba otra cosa.
La última noche antes de volverse mortal, se acurrucó entre sus dos madres divinas sabiendo que al amanecer tendría que sepultar todo lo que era bajo capas de tela común.
Desde abajo, mientras ella empujaba la guía en lo alto de la escalera, la camiseta se le separaba del cuerpo y Adrián descubrió que aquel verano no iba a ser como los demás.
Pensé que el fin de semana familiar sería como cualquier otro. Hasta que ella cruzó el portón y entendí que el pasado nunca había estado del todo enterrado.
El entrenador me miró desde el otro lado de la mesa y sonrió. Mi padre me apretó la nuca y susurró: «Hijo, vamos a hacer lo que haga falta para que entres al equipo».
Cuando salió del baño con la bata atada al descuido y los pezones marcando la tela, supe que ya no podría mirarla como a la prima de los veranos en la playa.
Llegaron a medianoche con vestidos cortos, medias de red y un perfume que me golpeó como un puñetazo. En tres semanas, mi casa se convirtió en otra cosa.
Cualquiera habría pensado que después del banquete de la noche anterior estaríamos saciados. En esta casa, el deseo nunca descansa, y aquel domingo iba a desbordarse.
Cuando entré al baño y encontré las flores y aquella tarjeta, supe que ese verano me marcaría para siempre, aunque todavía no imaginaba cómo iba a terminar.
Desperté con el cuerpo encendido y la mano entre las piernas. Jamás imaginé que esa mañana mi hermana abriría la puerta… ni lo que vendría después.
Mi madre creía que era otro hombre quien la embestía contra el cabecero. A su lado, mi hermana me lanzaba besos mientras mi padre la castigaba sin piedad.
El coche iba tan cargado que solo quedaba un sitio: las rodillas de su hijo. Marisol no imaginó que cinco horas de carretera bastarían para cruzar la única línea que jamás debió cruzar.
Lucía se acercó al espejo desnuda y me llamó por el nombre que solo ella usa. Aquella noche, sin nuestros padres en casa, dejamos de ser solo hermanos.
Tres horas leyendo relatos en el móvil bastaron para que aceptara la propuesta de Iván. Al día siguiente, esa cámara escondida me cambió la vida entera.
La regla era simple: máscara puesta, ni una palabra. Lo que Marcos no sabía era a quién estaba tocando de rodillas en mi salón.
Romina llevaba años imaginando a su madre cuando hacía el amor con su novio. Esa noche, con la lengua suelta por el tinto, no pudo seguir guardándoselo.
Bajé descalza por un vaso de agua, convencida de que estaba sola. Vi la luz encendida en el despacho y supe que esa mañana no iba a terminar como había empezado.
Bajé las escaleras con el vestido que mamá había usado en sus últimas vacaciones. Cuando mi padre levantó la vista, supe que algo en él se había roto para siempre.