Lo prohibido llegó con mi hija aquella mañana
Pasé la noche en vela después de que mi hija nos pillara. No sabía cómo afrontar la mañana. Mi amiga Marta lo cambió todo con un mensaje.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Pasé la noche en vela después de que mi hija nos pillara. No sabía cómo afrontar la mañana. Mi amiga Marta lo cambió todo con un mensaje.
Habían forcejeado para sacarme un secreto. Lo que no sabía era que ellas guardaban algo mucho más grande, y que esa tarde iba a cambiar nuestra familia para siempre.
Claudia la miraba de esa manera que Sofía ya no podía seguir fingiendo no entender. Esa tarde ninguna de las dos iba a apartar la vista.
Llevábamos horas estudiando cuando el frío se hizo insoportable. Sofía me invitó a su cama para calentarnos. Ninguna esperaba lo que vino después.
Éramos dos mujeres en la misma cama, mi marido dormía en el suelo, y yo llevaba años preguntándome cómo sería rozar la piel de otra mujer.
Sus manos en mi cuello, ese martes, me dejaron en claro que entre Vera y yo había algo que llevábamos meses sin atrevernos a nombrar.
Clara se peinaba cuando Renata apareció detrás de ella en el espejo. Las manos sobre sus hombros fueron solo el principio de algo que ninguna había planeado.
Abajo estaban los invitados, el sacerdote y mi recién estrenado marido. Arriba, Isabel cerró la puerta y me miró de una manera que conocía demasiado bien.
La excusa fue una app de pilates y su salón vacío. Lo que pasó después no estaba en ningún ejercicio del programa.
Me pidió que fuera despacio porque era su primera vez con una mujer. La tuve desnuda al borde de la piscina y sus gemidos se mezclaron con los grillos del verano.
Sofía se arrodilla en silencio, sin que yo tenga que pedírselo dos veces. Ahí es cuando entiendo por qué la contraté. Y por qué nunca la dejaré ir.
Lorena tenía fama de que le gustaban las mujeres. Yo nunca le había dado importancia hasta aquella mañana de primavera en que quedamos encerradas las dos.
Fregaba los platos con los guantes de goma puestos cuando la mujer de su amante le susurró al oído lo mucho que le había gustado su marido.
Cuando entré a la sala y vi que había 198 personas desnudas esperando mi señal, entendí que había cruzado un límite del que no quería volver.
Me fui al convento a escapar de lo que sentía. Allí conocí a Valeria, con sus pecas y su mirada esquiva, y entendí que hay deseos que no se pueden rezar.
El vibrador que Sebastián sacó de la caja fue solo una excusa para pensar en ti, en tus manos, en tu lengua. Lo que no le puedo decir a él está en esta carta.
Cuando le pedí que me lo contara otra vez, sus ojos se cerraron, su voz bajó hasta convertirse en un susurro mojado contra mi cuello, y supe que aún la quemaba por dentro.
La conocía desde los diecisiete. Le había contado todo. Y aquella tarde, mientras le subía el cierre del vestido, entendí que también quería besarla.
Me abrió la puerta con una musculosa blanca sin corpiño. Llevaba una semana hablándole por chat y, por fin, estaba en su departamento, temblando.
Me desperté con su mano sobre la mía, pasándola por su pecho. Ella creía que yo seguía dormida; yo decidí, en ese instante, dejarla seguir.