La sala de lectura en la que dejé de estudiar
Llevaba toda la tarde notando cómo me miraba desde la otra mesa, y por primera vez en años decidí no apartar la vista.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Llevaba toda la tarde notando cómo me miraba desde la otra mesa, y por primera vez en años decidí no apartar la vista.
Cuando Marina cruzó la arena hacia mí, supe que no venía sola: traía a su marido detrás, sumiso, y una propuesta que ninguno de los dos podría rechazar.
«Ni un ruido», le advirtió ella antes de arrodillarse sobre las baldosas frías. Su hijo seguía arriba y el agua de la ducha no tapaba todo.
A las tres de la madrugada vi a una mujer enmascarada forzar la puerta de mis vecinos. Cuando la luz le dio en la cara, reconocí a la justiciera más temida de la ciudad.
La consultora que entró a presentar números resultó ser la mujer más perfecta que había visto. Antes de medianoche, de rodillas, me pedía que la marcara como mía.
Salí de la piscina en ropa interior y la sentí mirarme. Ya no era el hijo de su amiga: era un hombre, y ella sabía exactamente lo que quería de mí.
El cartel oxidado prometía un club abierto. Lo que no decía es que dentro lo esperaban cuatro viudas dispuestas a vaciarlo antes de dejarlo volver a la carretera.
Carmen creía conocer cada rincón de su casa, hasta que Marisol se sentó frente a ella y empezó a contarle, con la voz baja, todo lo que había hecho mientras ella no estaba.
Lo conozco desde niño, amigo de mis hijos. Pero esa noche, en la pista, su mano bajó por mi espalda desnuda y entendí que nunca volvería a verlo igual.
Aquella tarde no podía concentrarme en el examen. Mi madre lo notó. Mi abuela también. Y cuando ellas dos deciden algo, ningún libro basta para detenerlas.
Quinientos euros por dejarse golpear donde más dolía. Aceptó sin pensar, convencido de que tres mujeres no podían hacerle tanto daño. Se equivocaba.
Bárbara dominaba salas de juntas con una mirada, pero esa noche, rodeada de cuerpos desconocidos y con su secretaria sonriéndole, fue ella quien perdió por completo el control.
Bárbara despreciaba a aquellos cuatro tipos sudorosos. Pero la toalla apenas la cubría, la lluvia seguía cayendo y, por una vez, quería que la miraran.
Carmen quería que aquel viaje fuera inolvidable. No imaginaba que tres desconocidos y un vecino curioso convertirían el ático en el escenario de su fantasía más salvaje.
Empezó como un correo de admiración por mis relatos. Terminó conmigo mirando sus fotos a escondidas, deseando cruzar un océano para tocarla una sola vez.
Acepté la cena pensando en una charla amable. Su hermana me miró desde el otro lado de la mesa como si ya supiera cómo iba a terminar todo.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y ella seguía ahí, impecable, con esa sonrisa que no tenía nada de maternal.
Veterana, dominante y adicta al deseo, la capitana tenía un solo plan para esa noche: que la recluta más hermosa del cuartel terminara en su cama.
Cuando Mariela me apoyó las manos en las caderas en la cocina, supe que esa misma semana iba a terminar reservando una sesión en su cabina.
Viudo, desactualizado y solo, Rodrigo solo quería airearse un sábado. No esperaba que el desconocido de la barra le propusiera algo que jamás se había planteado.