El hijo de la empleada no podía dejar de mirarme
A mis cuarenta y tantos vivía sola en una casa enorme. Hasta que el chico que limpiaba conmigo cada mañana empezó a buscarme con la mirada.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
A mis cuarenta y tantos vivía sola en una casa enorme. Hasta que el chico que limpiaba conmigo cada mañana empezó a buscarme con la mirada.
Llevábamos cinco días entregándonos sin tabúes, pero fue esa última mañana al borde del agua, con ella temblando entre mis brazos, cuando entendí lo que de verdad había pasado.
De adolescente me encerraba a imaginar sus pechos y su pelo negro azabache. Treinta años después, su voz al teléfono volvió a encenderme igual que entonces.
Llegó a casa un sábado al mediodía, se sentó frente a nosotras y, antes de hablar, respiró hondo como quien va a saltar al vacío.
Llegó a la cena creyendo que sería una velada tranquila entre amigas. No imaginaba que esa noche aprendería, en brazos de una desconocida, todo lo que su cuerpo había callado durante años.
Bajó las persianas, cerró con pestillo y se colocó detrás de mí. «Solo tienes que relajarte», susurró. Lo que vino después no figuraba en ningún examen.
Mi tía bajó la voz al contarme aquella tarde en casa de Pilar: la puerta quedó abierta a propósito, y ella no fue capaz de apartar la mirada de lo que ocurría dentro.
Nunca me habían atraído las mujeres. Pero aquella mañana, sola en el probador, unas manos extrañas me sujetaron por detrás y dejé de reconocerme.
Nunca había pensado en otra mujer así, hasta que su bata blanca rozó mi rodilla y entendí que aquella revisión no se parecería a ninguna otra.
Nunca se había planteado cómo sería estar con una mujer. Esa tarde, con la blusa a medio abrir, dejó de preguntárselo.
Aún faltaba media hora para la llamada y ya estaba desnudo en la cama, convencido de que ninguna desconocida marcaría mi número a las ocho en punto.
Llevábamos seis años reuniéndonos para lo mismo: contarnos cosas y tocarnos sin pudor. Esa noche Camila prometió una sorpresa y abrió la puerta del cuarto contiguo.
La oía discutir con su marido a través del patio. Esa noche llamó a mi puerta con una excusa de cartón y la bata medio abierta. Yo no sabía lo que venía.
Su mano bajó hasta mi entrepierna mientras los truenos cubrían lo demás. Para cuando se presentó como Lucía, ya sabía que esa semana en Alicante no iba a ser la que planeé.
Llevábamos casi cuarenta años juntos, pero esa noche Marta se sentó frente a mí y empezó a contarme, sin un solo filtro, lo que había hecho en el baño de aquel bar.
El correo no era una consulta, era un desafío: una foto, una mujer que le ganaba la partida al tiempo y un marido dispuesto a entregármela. Solo faltaba que ella dijera que sí.
A los cuarenta y uno creía que el deseo se había apagado, hasta que un hombre me atrapó en el aire y sentí, por primera vez en años, que alguien me miraba de verdad.
La Licenciada que me hacía firmar contratos millonarios apareció con dos valijas y la cara descompuesta: su casa estaba bajo el agua y necesitaba dónde dormir.
Veinte años entrando a las ocho y saliendo a las cinco, sin que nadie sospechara nada. Hasta el día en que tres hombres entraron a reparar la nave.
Mi marido cobró la entrada, mi amigo armó la lista de invitados y yo me cambié de ropa cinco veces antes de que alguien dejara el primer billete.