El regalo de Nochebuena que cambió todo entre nosotras
La caja escondida bajo el árbol no era para mí. Era para ella, y cuando me pidió que le enseñara a usarla, supe que la noche ya no iba a parecerse en nada a la que habíamos planeado.
La caja escondida bajo el árbol no era para mí. Era para ella, y cuando me pidió que le enseñara a usarla, supe que la noche ya no iba a parecerse en nada a la que habíamos planeado.
No fui a la playa a nadar. Fui a recordarla, centímetro por centímetro, hasta que el recuerdo se volvió tan real que el cuerpo me respondió solo.
Por primera vez en años no tenía que morderme los labios ni contener un solo gemido. La casa era mía, y mi cuerpo también, sin testigos.
Hacía diez años que nadie me tocaba con esas intenciones. Aquella tarde, boca abajo en la camilla, descubrí que mi cuerpo todavía sabía exactamente lo que quería.
Aparqué detrás de los árboles, extendí la toalla en el asiento trasero y pensé que estaba completamente solo. No imaginaba lo que vería al encender los faros.
Sé exactamente qué haces con una mano mientras sostienes el teléfono con la otra. Por eso esta carta es solo para ti, y vas a obedecer cada línea.
Su mensaje llegó antes que el café: «¿Qué me harías?». Y yo, desnudo y a medio despertar, supe que esa pregunta me iba a costar la mañana entera.
La casa entera en silencio, las llaves todavía en mi mano, y una idea cruzándome la cabeza mientras miraba la fruta sobre la mesa de la cocina.
Llegué del gimnasio prendida fuego, me desnudé frente al espejo y supe que esa ducha no iba a ser como las demás: tenía un paquete recién abierto esperándome.
Son las tres de la mañana, las sábanas rozan mi piel desnuda y tu recuerdo no me deja en paz. Te confieso lo que hago cuando no estás para hacerlo tú.
Llevo media hora escribiendo y ya no sé si las manos que recorren esa piel son las del personaje o las mías sobre mi propio cuerpo.
Apagar la luz habría sido lo sensato. Pero esa noche, en el piso nueve de un hotel vacío, lo último que yo quería era pasar desapercibida.
Apenas se cerró la puerta detrás del último invitado, supe que esa noche no iba a poder dormir hasta vaciarme entera frente al espejo.
Estoy desnuda sobre la alfombra, frente al espejo, todavía temblando del último orgasmo. Y entonces decido reproducir lo que acabo de grabar de mí misma.
Tenía la casa para mí sola, dos juguetes en el cajón y una idea que me rondaba la cabeza desde hacía semanas. Esa noche por fin iba a atreverme.
Apagué el despertador con una sola idea en la cabeza, y supe que esa ducha iba a tardar mucho más de lo que debía.
Metí el vibrador en el neceser junto al cepillo de dientes. Si la fantasía servía para aliviar el dolor, nadie iba a impedirme intentarlo esa noche.
La alarma sonó a las diez y no pensaba levantarme. Lo que no sabía era que ese sábado iba a descubrir cuánto puedo desearme cuando nadie me mira.
Cerré los ojos creyendo que estaba sola. Cuando sentí la sombra en la puerta, ya era tarde para fingir que no estaba pensando en él.
Dudé un par de segundos, pero las copas ya habían hablado por mí. Me quité el vestido, me senté en el sofá y dejé que el resto se acomodara en el suelo para mirar.