Confieso lo que hice con el desconocido del anuncio
Respondí un anuncio sin pensarlo demasiado. A las dos horas tenía su número, y antes de que cayera la noche el citófono ya estaba sonando.
Respondí un anuncio sin pensarlo demasiado. A las dos horas tenía su número, y antes de que cayera la noche el citófono ya estaba sonando.
Cinco años después de aquellas pajas furtivas en la carpa, asomé la cabeza a un baño de obra y encontré a Mateo desnudo, gimiendo contra la pared con otro hombre detrás.
Cuando me invitó a subir a su piso, supe que no podía decirle que no otra vez. Tenía casi setenta años y yo treinta y seis, y eso nunca había importado tan poco.
El vibrador que Sebastián sacó de la caja fue solo una excusa para pensar en ti, en tus manos, en tu lengua. Lo que no le puedo decir a él está en esta carta.
Tumbada en la cama del hotel con la venda puesta, escuchas cómo alguien entra en la habitación. No sabes si es hombre o mujer. Solo sabes que os mirabais en la app hace una hora.
La primera vez que la vi, su marido estaba en la habitación de al lado. La segunda, sus labios estaban en mí. No pude pensar en otra mujer durante semanas.
Me fui al convento a escapar de lo que sentía. Allí conocí a Valeria, con sus pecas y su mirada esquiva, y entendí que hay deseos que no se pueden rezar.
Andrés completó el tercer vídeo aunque le generó rechazo. Eso era exactamente lo que Vera necesitaba ver en sus sujetos: obediencia cuando el cuerpo se niega.
Cuando su madre bajó las escaleras con ese vestido ajustado, Marcos supo que ese viaje al cine no iba a terminar como esperaba.
Nunca imaginaron que esa tarde en la camilla los cambiaría. Era solo un masaje entre amigos. Hasta que las manos de uno acabaron donde nunca habían estado.
Él apareció entre las dunas, se detuvo a mirar y no se fue. Nosotros seguimos, y él también. Así empezó el juego más excitante que hemos tenido.
Nunca lo había hecho. Nunca había dejado entrar a nadie por ahí. Esa tarde en las cabinas, un desconocido con crema de manos lo cambió todo.
Anudó las cuerdas a sus muñecas y avanzó hacia el fango sin saber que alguien la observaba desde la espesura, con un cuchillo bien afilado en la mano.
La conocía desde hacía años. Esa tarde en el bar, cuando se acercó para saludarme, algo en su mirada me dijo que aquello no terminaría con un simple abrazo.
Fui con tanga y medias de liguero debajo del pantalón, sin saber si pasaría algo. Esa noche pasó todo.
Estaba sola en mi habitación cuando escuché la puerta abrirse. No había llamado. No había avisado. Y yo llevaba puesto muy poco.
Fui al gimnasio sin sujetador y el entrenador lo notó enseguida. Lo que vino después fue el trío más intenso que he tenido, aunque no fue real.
Silvia cabalgaba sobre mí cuando vi la figura en el umbral. Mi padre. Desnudo. Mirándola fijamente, con una mano en movimiento que no dejaba lugar a dudas.
Cuando abrió la puerta con ese vestido ajustado, supe que esa tarde iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis propios límites.
Un hombre corriente que descubrió que bajo la ropa de su esposa vivía otra versión de sí mismo, lista para salir cuando llegó el encierro.