La revisión que mi novio no debió mirar
Le pedí a Damián que me acompañara y se quedara en la sala de espera. El doctor lo invitó a pasar. Yo no dije nada. Ese silencio lo cambió todo.
Le pedí a Damián que me acompañara y se quedara en la sala de espera. El doctor lo invitó a pasar. Yo no dije nada. Ese silencio lo cambió todo.
Bajé la mano sin pensarlo, solo para comprobar si era verdad lo que mi cuerpo me estaba avisando. Hacía años que no me sentía así de viva.
Salí de la ducha envuelta en una toalla y lo encontré en el living, con la mano dentro del pantalón y mi cuerpo desnudo congelado en la pantalla de mi notebook.
Tres y media de la tarde, sin bragas y con un plan muy claro en la cabeza. Lo que no calculé fue quién terminaría hablándome a través de la puerta.
Empezó con bromas a solas y terminó con capturas de pantalla que ninguno de los dos debería haberle enseñado al otro. A ella le gustaban las chicas; a mí, su descaro.
Hace mucho que no escribía, pero esta noche el alcohol me soltó la lengua y las manos. Quiero contarles lo que hago cuando nadie me juzga.
Le dije que la borraría, que no me hacía ninguna gracia. Mentí. Esa imagen se quedó dándome vueltas en la cabeza hasta que mis dedos buscaron lo que mi boca callaba.
El vendedor se sonrojó al cobrarme. Yo ya sabía que esa noche, por fin, no iba a terminar con la mano y las ganas a medias.
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
Casi nunca uso bragas, y esa tarde supe por qué: lo que me esperaba en el baño no admitía demoras ni testigos. Solo yo, mis manos y todo el tiempo del mundo.
No quería el clásico color carne; me había decidido por uno transparente, y esa tarde, sola frente al espejo, descubrí hasta dónde podía llevarme.
Hay un instante, justo cuando se cierra la puerta y oigo el coche alejarse, en que dejo de ser su marido y me convierto en otra cosa muy distinta.
Tu último mensaje seguía encendido en la pantalla cuando entré a la ducha. No aguanté ni el primer minuto de agua caliente sin pensar en tus manos.
Sabía que no debía tocarlo, que era algo íntimo y suyo. Pero el vapor, el silencio de la casa vacía y mi propia curiosidad me empujaron a probarlo.
Cerré la puerta con llave, apagué la luz grande y dejé solo la lámpara. Frente al espejo, me dije que esa noche no estaría sola: alguien me miraría desde el otro lado del cristal.
El juguete seguía en la mesita, mirándome como un testigo. Y mi cuerpo recordaba cada cosa que ella me había enseñado horas antes.
Me anuncié como sumiso sin saber que aquel extraño me llevaría a obedecer órdenes que nunca había imaginado en voz alta, frente a la cámara y con mis padres al otro lado de la pared.
La película subió de tono y mis manos siguieron solas. Estaba segura de que la casa estaba vacía… hasta que una sombra apareció en la pantalla del televisor.
Bastó una notificación en el teléfono para que dejara de ser la chica seria de la oficina. Esa tarde descubrí cuánto deseo cabía en una conversación.
Su mensaje llegó a media tarde y me encendió de golpe. Sabía que esa noche, sola frente al espejo y con el teléfono en la mano, no iba a poder detenerme.