La tarde que mi hija decidió ocuparse de mí
—Eso también podemos solucionarlo —murmuró mi hija con una sonrisa, y me tomó de la mano para llevarme hasta el baño del fondo del apartamento.
—Eso también podemos solucionarlo —murmuró mi hija con una sonrisa, y me tomó de la mano para llevarme hasta el baño del fondo del apartamento.
Pensé que tenía el jacuzzi para mí sola. Con dos chicos observándome desde la sauna, mi imaginación se desbordó y mis manos siguieron el ritmo.
Nunca había sido exhibicionista, pero esa tarde abrí la cortina, puse una silla frente al cristal y me desnudé sin saber quién observaba.
Dos semanas sola, sin nadie que tocara la puerta. Saqué la lencería roja, abrí una cerveza fría y me prometí no detenerme hasta quedar temblando.
Eran las nueve de la mañana, llevaba un vestido fácil de apartar y un secreto vibrando entre las piernas. Ningún conductor a mi lado imaginaba lo que estaba haciendo.
Me hice dos coletas, un vestido cortito sin nada debajo y calcé mis tenis favoritos. Jugué a la nena inocente y terminé descubriendo algo de mí que no esperaba.
Cerré la puerta del baño, dejé caer el uniforme al suelo y supe que esa tarde no iba a poder pensar en otra cosa que en sus manos.
Ningún hombre me hizo terminar. Lo descubrí tarde, después de años de manos ajenas y orgasmos fingidos: el único cuerpo que sabía exactamente qué quería el mío era el mío propio.
Me prometí no tocarme hasta llegar a casa, pero entre el trabajo, el gimnasio y un desconocido demasiado guapo, mi cuerpo tenía otros planes.
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Al otro lado de la pared, los gemidos de su madre no lo dejaban dormir. Y cuando ella lo llamó a su cuarto al día siguiente, Bruno supo que nada volvería a ser como antes.
Llevaba días con los ojos tapados y solo reconocía a la gente por su perfume y su voz. Aquella noche, sus manos no se parecían en nada a las de una enfermera.
Vi su silueta recortada contra la luz de la nevera, descalza sobre la losa fría, y supe que esa noche no había bajado por un vaso de leche.
Entré a ordenar su cuarto como cualquier madre. Salí sabiendo que mi propio hijo me deseaba, y que una parte de mí llevaba meses esperando justo eso.
Lo conocí tímido y frágil, cuando se llamaba Tomás. Diez años después cruzó la puerta en minifalda, con una sonrisa que prometía arruinarme el verano.
Pedimos dos sencillas y repartimos las camas sin pensarlo. A las once todos dormían; en la nuestra, mamá empezó a hacer preguntas que ninguna madre debería hacer.
En cuanto el ascensor se cierra, mi hermana me besa como si llevara toda la semana esperándolo. Y la verdad es que los dos lo hacíamos.
Llevaba un bikini negro diminuto, dos triángulos atados con cordones, y me miró por encima del hombro como si ya supiera lo que iba a pasar entre nosotros.
Abrí la puerta pensando que la casa estaba vacía. El ruido venía del cuarto de Marina, y lo que vi al asomarme me dejó clavado en el umbral.
Apagué la luz y, al acomodarme, sentí un bulto bajo las sábanas: era el short que le había prestado. Lo acerqué a la cara sin pensar y mi cuerpo entendió antes que mi cabeza.