Olí los calzoncillos de mi amigo y no pude parar
Apenas lo conocía, pero el olor de su ropa tirada en el suelo me volvió loco. Y entonces, a través de la pared de piedra, empecé a oír todo lo que pasaba en su habitación.
Apenas lo conocía, pero el olor de su ropa tirada en el suelo me volvió loco. Y entonces, a través de la pared de piedra, empecé a oír todo lo que pasaba en su habitación.
Llevaba años robando su ropa sucia sin que nadie lo supiera. La noche que me descubrió, en vez de odiarme, decidió usar mi debilidad como una correa.
Solo había visto una foto de su cuerpo, nunca su cara. A las dos y media cerraríamos el trato más íntimo y morboso que yo había hecho jamás.
No necesitaba a nadie esa noche. Solo el espejo, mis tacones, una botella fría y las ganas de ver hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Estaba solo en su departamento cuando vi sus sandalias junto al sofá. Sabía que no debía tocarlas, pero esa noche descubrí de qué era capaz por un capricho que jamás confesé.
No eran mías y eso era justo lo que las hacía irresistibles. Las levanté del suelo del lavadero sabiendo que esa noche haría con ellas todo lo que llevaba meses imaginando.
Entré al chat solo para vender lencería usada por unos billetes fáciles. Nunca imaginé que aquel hombre del pañuelo azul me haría volver al baño por mi cuenta.
Vino en bicicleta a buscar el beso que le había prometido. Lo que se llevó esa noche fue mucho más, y todo a tres metros del sofá donde cenaban mis padres.
Eran las siete de la mañana y yo seguía atrapado en el sueño, reviviendo cada cosa que Marina y yo nos hicimos antes de que la vida nos separara.
Sé reconocer cuándo estoy soñando, y casi siempre aprovecho esa lucidez para algo concreto. Aquella mañana de domingo decidí quedarme dentro del sueño un rato más.
Cada madrugada repetía la misma fantasía delante de la cámara, convencido de que jamás saldría de la pantalla. Hasta que un desconocido lo reconoció en la calle.
Le pedí que se sentara bajo mi mesa cuarenta minutos antes de la reunión. No debía tocarme todavía: solo esperar, respirar contra mis piernas y aguantar las ganas tanto como yo.
«Sáquelo de la caja, desnúdese y siga las instrucciones al pie de la letra.» Eso decía la nota. Yo era ingeniera, no conejillo de indias. Esa noche dejé de serlo.
Bajó la mano por su abdomen en la penumbra y dejó que la escena se armara sola: él en el centro del sillón, su mujer de un lado, la amiga del otro, un beso imposible.
Él no tiene idea de lo que provoca en mí. Se me va la mañana imaginando sus manos en mi cuello, su voz ordenándome cosas que jamás me atrevería a pedir en voz alta.
Solo quería una camisa decente. Pero entonces ella levantó la vista detrás del mostrador, y la cabeza de Andrés empezó a inventar lo que nunca iba a pasar.
Abrí los ojos antes que el despertador, ya mojada, ya buscándote en una cama donde solo estaba yo. Y supe que el día entero iba a doler así.
«Quiero que vengas sin ropa interior, ¿te atreves?». Lo escribí casi en broma. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa butaca a oscuras.
Damián aún no llegaba y yo ya no podía esperar: me quité el camisón en mitad del salón y dejé que mis manos hicieran lo que su cuerpo todavía no podía.
Su madre tenía esa costumbre de acomodarse el tanga mientras caminaba, aunque supiera que yo la miraba. Esa tarde, su habitación vacía fue una tentación que no supe resistir.