Mi novia me pidió matrimonio mientras me penetraba
Mientras Marina me penetraba con el arnés, me preguntó si la aceptaba como esposa. Le dije que sí entre gemidos. Nunca pensé que una propuesta pudiera sentirse así.
Mientras Marina me penetraba con el arnés, me preguntó si la aceptaba como esposa. Le dije que sí entre gemidos. Nunca pensé que una propuesta pudiera sentirse así.
Éramos amigos desde la adolescencia, los dos casados, los dos seguros de quiénes éramos. Hasta que él me mandó ese video y algo en mí dejó de ser tan seguro.
En el restaurante le pedí que se comportara como mi novia. Se cambió de silla despacio. Ninguno de los dos habló de lo que eso significaba.
Llegué al gimnasio con el cabello húmedo, sin ropa interior y temblando. Él me esperaba en la puerta. Cuando cerró la llave, supe que no había vuelta atrás.
Cada tarde ponía el dildo en la silla y seguía trabajando. Me estaba preparando para darle a Marcos lo que llevaba meses pidiéndome.
Trabajaba instalando sistemas de seguridad y tenía acceso a las cámaras de ambas casas. Nunca imaginé lo que iban a grabar.
Una semana de trabajo sin respiro, apenas besos antes de dormir. Pero el viernes llegó y ella apareció en lencería negra con una sonrisa que lo decía todo.
Era viernes, el departamento estaba vacío y el calor de mayo no me dejaba quieta. Me tiré en la cama y decidí dejar de resistirme.
Cuando Sandra salió de la tienda con esa sonrisa que conocía tan bien, supe que esa noche no había marcha atrás. Le había dado permiso. Ahora solo tenía que ver.
Era mi primer día instalándome en el chalet cuando escuché chapoteos en la piscina. Me asomé y los vi desnudos, besándose, ajenos por completo a mí.
Nunca me había masturbado, nunca había sentido curiosidad por el sexo. Hasta que un jueves de vino con mi mejor amiga lo cambió todo de golpe.
Accedí al sistema de cámaras de mi suegro por rutina y lo que encontré al otro lado me dejó clavado en la silla durante horas.
Hay noches en que el cuerpo no acepta un no. El apartamento vacío, el cajón entreabierto y yo con horas por delante para hacer lo que quisiera.
Cuando mi amigo la tomó de la cintura para guiarla a la cocina, algo se encendió en mí. No era celos. Era otra cosa, más oscura, que decidí no apagar.
Pusimos la tele en silencio para escucharlos mejor. No sabíamos que ellos también nos oían desde el otro lado del techo.
El médico fue claro: siete días de tratamiento. Mi madre, enfermera de profesión, dijo que ella misma se encargaría. No imaginé lo que eso significaba.
Nunca arreglé la puerta del baño. Y ella nunca me pidió que lo hiciera. Ambos sabíamos lo que eso significaba, aunque ninguno lo dijera en voz alta.
Cuando lo vi subirse al autobús aquella mañana, aparté la vista enseguida. Pero esa semana aprendí que hay miradas que no se olvidan.
Cuando la lluvia nos atrapó en su apartamento y la noche avanzó, ninguno habló de lo que estaba pasando. Solo actuamos. Y esa noche descubrí algo sobre mí.
Ella le estaba contando su ruptura cuando la pareja de abajo empezó a besarse. Miraron sin querer. Después ya no pudieron dejar de mirar.