El roble del río que me vio desnuda esa tarde
Hay un rincón del rancho donde el roble tapa el sol y los matorrales tapan todo lo demás. Esa tarde, fui yo quien quiso ser tapada por unos ojos ajenos.
Hay un rincón del rancho donde el roble tapa el sol y los matorrales tapan todo lo demás. Esa tarde, fui yo quien quiso ser tapada por unos ojos ajenos.
Cuando salí del baño esa tarde, lo vi sacar la mano de entre sus pantalones. Y el televisor estaba más bajo que de costumbre. No fue casualidad.
Pasé veintiocho años casada con un hombre que me trataba como un mueble. A los cincuenta y dos un repartidor tocó el timbre y me devolvió cosas que ni sabía que estaban perdidas.
Cuando me incliné a atarme las botas, sus ojos cayeron directo al escote. No dije nada. Le dejé mirar. Y descubrí cuánto me gustaba sentirme observada.
Llevábamos casi un año hablando por WhatsApp sin habernos visto nunca. Esa tarde, en la habitación del hotel, se sentó frente a mí y empezó a quitarse la ropa.
Abrí las cortinas, encendí la lámpara del rincón y supe que él estaría asomándose desde la terraza vecina. Esa noche íbamos a darle algo que no se atrevería a pedir.
Me vestí para volar la cabeza a mi novio. Quien abrió la puerta fue su hermano mayor, y sus ojos me recorrieron entera antes de saludarme.
Por el cristal de la puerta vi cómo movía el brazo despacio, recostado en la silla, y supe que mi tarde acababa de cambiar para siempre.
Cuando entré, él estaba en el sillón despierto, con la cobija sobre las piernas y los ojos clavados en mí. Caminé al cuarto y dejé la puerta apenas recargada.
Bajé al baño una noche sin electricidad convencido de estar solo en la casa. La luz de un celular iluminaba la cocina y entendí por qué los dos venían tan raros.
Coincidimos en el ascensor por casualidad. Llevaba cajas y yo tenía las manos libres. Acepté ayudarla sin saber que esa bodega cerraría con los dos adentro.
Cinco primos, un amigo y una sauna apartada. Aquella despedida iba a empezar en un jacuzzi con dos bocas turnándose en mi polla y terminar al amanecer.
Compré una entrada para la primera función del martes con un plan claro en la cabeza y un abrigo doblado en el bolso. No iba al cine a ver la película.
Abrí la puerta convencida de que era mi marido. Estaba en ropa interior, despeinada y descalza. Cuando vi quién era, supe que no iba a poder cerrarla a tiempo.
Esa mañana decidí salir sin nada bajo la falda. No quería que me tocaran, solo que me miraran. Y en la heladería del segundo piso alguien lo notó.
Vi al chofer mirarnos por el retrovisor y, en vez de cubrirme, dejé que me bajara el top. A las tres de la mañana, mi ex y yo éramos un espectáculo gratis.
La cerveza nos había puesto cariñosos y la terraza parecía vacía. Hasta que vi el destello de unos prismáticos enfocándonos desde la colina.
Salí a la terraza con la bata desabrochada, sin saber que alguien me observaba desde el edificio de enfrente. Cuando lo vi, decidí no taparme.
Tenía casi el doble de su edad y vino solo para una clase de Excel. Lo que pasó después en mi sillón fue mi culpa, sí, y volvería a hacerlo sin pensarlo.
El anuncio prometía solo masturbación entre machos. Subí con un six pack al cuarto piso del hotel, sin imaginar lo lejos que terminaríamos esa misma tarde.