Lo que le hice a Inés en el estudio vacío
Inés bailaba como un poema sin sentimiento. Esa tarde de lluvia, cuando todas se marcharon, decidí enseñarle dónde nace el fuego que el espejo nunca le devolvería.
Inés bailaba como un poema sin sentimiento. Esa tarde de lluvia, cuando todas se marcharon, decidí enseñarle dónde nace el fuego que el espejo nunca le devolvería.
Cuando entró al archivo con los ojos rojos, no imaginé que iba a besarme. Tampoco imaginé que semanas más tarde sería yo la que llamaría a su puerta.
Cuando me giré en la cama, ella ya se estaba tocando con los ojos cerrados, sin saber que yo la observaba en silencio desde mi lado.
Subimos a su habitación con el corazón a mil, sabiendo que sus padres dormían al otro lado del pasillo y que cualquier ruido podía arruinarlo todo.
Apagaba la luz de mi cuarto para verlo mejor sin que él me viera. Una madrugada giró la cabeza hacia mi ventana, sonrió, y entendí que yo nunca había sido la única que miraba.
Estábamos desnudas, ella debajo de mí, mi cara sobre la suya, y la puerta se abrió con su madre del otro lado mirándonos sin saber qué decir.
Cada noche fui al mismo restaurante solo para verla. La última, me dejó un papelito con un número y una hora escrita a mano. A las once en punto, marqué.
Camila me esperaba sentada al borde de la cama, y yo no sabía dónde poner las manos. Solo sabía que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había enseñado.
Llevábamos meses esquivándonos las miradas en los pasillos. Aquel viernes, con la planta vacía, cerró la puerta de la cabina y me dijo que ya no aguantaba más.
Conocía a Damián desde niño, era el mejor amigo de mi padre. Nunca pensé que aquel comentario suyo de pasillo terminaría con él arrodillado frente a mí.
La sala estaba casi vacía cuando empezó la película, y yo ya sabía que no iba a mirar la pantalla. Tenía otros planes para esa última fila.
Cuando sonó el timbre a las nueve en punto del segundo día, ya sabía que aquel hombre no iba a marcharse sin tocarme. Lo que no imaginaba era lo del tercero.
Lo conocía hacía meses, los dos casados, los dos escondiéndonos. Esa noche me escribió pidiéndome algo que nunca le había hecho a nadie.
La primera madrugada sentí el peso de alguien sobre el colchón. Olía a tabaco y a tierra. Me quedé inmóvil, fingiendo dormir, mientras una mano subía por mi pierna.
Cuando le abrí la puerta de mi casa pensé que le estaba haciendo un favor. Cuatro horas después descubrí que llevaba meses deseándola sin saberlo.
Cuando el árbitro pitó el final del partido supe que no había vuelta atrás: tendría que cumplir la apuesta delante de mi amiga, en plena barra del bar.
Cuando escuché sus pasos en la escalera ya estaba desnuda al borde de la cama, sin entender por qué lo había hecho ni qué iba a pasar cuando entrara.
Llevaba un mes mirándola desde mi ventana sin atreverme a saludarla. Esa noche, la aplicación me asignó un domicilio en su misma puerta.
Iba con prisa hacia el portal, vi su melena oscura desde lejos y la abracé por detrás sin pensarlo dos veces. No era ella. Y aun así, no me apartó la mano.
Mi marido pasaba el día en su congreso y yo me derretía sola junto a la piscina. Cuando el camarero me preguntó si quería algo, supe muy bien qué iba a pedir esa tarde.