Mi sumisa me entregó a su madre y a su hermana
La tenía contra la pared cuando sonó su móvil. Le ordené que respondiera en videollamada: su amiga iba a ver hasta dónde llegaba su obediencia.
La tenía contra la pared cuando sonó su móvil. Le ordené que respondiera en videollamada: su amiga iba a ver hasta dónde llegaba su obediencia.
Ella se repetía que era una mujer decente, pero esa noche, en la habitación del hotel, descubrió cuánto deseaba obedecer cada una de mis órdenes.
Me quedé mirándola desde la barra hasta que nuestras miradas se cruzaron. No sabía aún que esa noche ella me llamaría «señor» y haría todo lo que yo le ordenara.
Nadie en el juzgado imaginaría que lo esperaba desnuda y de rodillas, conteniendo el aliento, a que él cruzara la puerta y le recordara a quién pertenecía.
Llevaba dos años imaginando este día. No sabía que un cincuentón trajeado, con la mirada clavada en la mía, decidiría por mí cómo iba a ser mi primera vez.
«Vengo a ver si mi mujer trabaja bien», dijo el hombre en mi puerta. Una hora después yo estaba de rodillas en mi propia cocina, con su delantal puesto.
Me dieron a elegir entre tres años de cárcel o convertirme en el perro sumiso de mi mujer. Elegí mal, y esa noche en El Reservado lo entendí del todo.
Solo iba a aconsejarlo sobre un delantal. No imaginó que, frente al vendedor, él la señalaría a ella como si fuera la sirvienta que venían a vestir.
Me escribió que quería correrse sobre mis labios antes siquiera de vernos. Esa frase me enganchó, pero lo que vino después, junto al mar, superó cualquier mensaje.
«Si te quedas, dejas de ser la estudiante perfecta», me dijo sin tocarme todavía. Miré la puerta cerrada con llave. Mis piernas no se movieron.
«Quítate la ropa», dijo sin levantar la voz. Y él, después de quince años juntos, supo que el fin de semana entero le pertenecía a ella.
Aceptó el techo, la comida y la libertad de salir con quien quisiera. Lo que no leyó bien fue la cláusula de las nueve de la noche, cuando dejaba de ser libre.
Esa mañana decidí llevarle yo misma el café a su despacho, delante de todos, para que entendieran qué mujer pensaba ser a su lado.
Podían haber pedido un taxi y volver a casa. En lugar de eso, Raquel se ajustó la camiseta del taller y esperó, descalza, a que el dueño volviera a reclamarlas.
Llegó trece minutos antes de la hora, sin sujetador y con esa sonrisa que no era inocente. Y yo había dejado una cuerda preparada en la entrada.
Tenía hambre, frío y ninguna razón para confiar en él. Pero cuando él la miró a los ojos y le ofreció un techo, supo que decir que sí lo cambiaría todo.
Llegué temblando a la habitación, cerré las cortinas y me desnudé siguiendo sus instrucciones. Solo quería ser una boca usable. No imaginaba lo que saldría de allí.
Maite sabía que cuando Andrés bajaba la voz hasta ese susurro grave, la decisión ya estaba tomada y a ella solo le quedaba obedecer.
Salí de aquella tienda temblando de deseo, sin imaginar que esa misma semana terminaría de rodillas, suplicando que me usaran sin un gramo de ternura.
Acepté ir a tomar un café con el novio de mi amiga. Cuando abrió la puerta de aquella habitación, entendí que no había ningún café esperándome.