La fantasía que cumplí mientras él jugaba online
Estaba en su silla, ajeno a todo, con los auriculares puestos. Y yo, en su cama, con una idea tonta que esa tarde por fin me atreví a llevar a cabo.
Estaba en su silla, ajeno a todo, con los auriculares puestos. Y yo, en su cama, con una idea tonta que esa tarde por fin me atreví a llevar a cabo.
Me desperté segura de que solo había sido una pesadilla calenturienta. Entonces vi la caja sobre la mesita del salón, igual que en el sueño, y el café se me escapó de las manos.
Le serví un té para que se relajara, pero supe que el trabajo no era lo único que lo tenía tenso. Y esa noche decidí hacer algo al respecto.
Me puse la minifalda más corta solo para ver si conseguía ponerlo nervioso. No imaginé que esa misma noche él volvería a aparecer, esta vez dentro de mi cabeza.
El vapor borraba los rostros y los nombres. Solo quedaba el calor, su mirada fija en la mía y la certeza de que ninguno de los dos iba a detenerse.
Se levantó de la mesa, se dio vuelta y me miró de un modo que no dejaba lugar a dudas. La seguí sin pensarlo, con el corazón golpeándome el pecho.
Llevábamos años rozándonos las manos sin decir nada. Esa madrugada, en mi salón a media luz, las miradas dejaron de bastar y nadie quiso volver a fingir.
Estábamos solos en la montaña, o eso creía, hasta que sentí unos ojos clavados en nosotros desde la cabaña de al lado y no quise que pararan.
Desde la muerte de Tomás abracé mi lujuria sin freno, pero el paquete envuelto en terciopelo negro que llegó esa noche escondía algo que mis fantasías nunca imaginaron.
Esa noche cumpliría por primera vez el ritual: desnuda, atada al potro, con un guerrero veterano dispuesto a arrancarle el placer que pertenecía a la diosa.
Cuando entré al café y lo reconocí, supe que aquella sesión de fotos no iba a quedarse solo en fotos. Su mirada ya me había desnudado antes de que yo dijera una palabra.
Dejé el picardías colgado a la vista en el baño, calculé cada gesto y esperé a ver hasta dónde se atrevía a llegar el chico del cuarto B.
Pensé que era la recepcionista volviendo por un olvido. Era ella, con esa sonrisa que nunca significaba nada inocente, y el cerrojo girando a su espalda.
Bastó que se acercara demasiado para que el calor que llevábamos meses negando nos delatara a los dos. Esa noche ya no hubo forma de seguir disimulando.
Esa noche de brujas no esperaba compañía. Pero algo frío se materializó a los pies de su cama y susurró su nombre como si lo conociera de toda la muerte.
Entramos a la ducha solo para quitarnos el cansancio del día. Salimos de ahí con una idea muy distinta en la cabeza y un reto que ninguno pensaba perder.
Tomás me regaló un masaje, pero no me contó que él aprendería a darlo junto a la masajista. Lo que pasó en esa sala superó cualquier cosa que hubiéramos fantaseado.
Confesar cuántas parejas habíamos tenido fue solo el principio. Lo que ella propuso esa noche, con mi sabor todavía en su boca, no se parecía a nada hablado antes.
Cuando entró y se detuvo medio segundo de más en sus pies, supe que algo en mí se había roto. Y, para mi sorpresa, no fueron celos lo primero que sentí.
Estaba embarazada, sola y caliente como nunca; cuando aquellos dos hombres se ofrecieron a acompañarme a casa, ya sabía lo que iba a dejar que ocurriera entre los tres.