La noche que mi secretaria me desnudó frente a ellos
Bárbara dominaba salas de juntas con una mirada, pero esa noche, rodeada de cuerpos desconocidos y con su secretaria sonriéndole, fue ella quien perdió por completo el control.
Bárbara dominaba salas de juntas con una mirada, pero esa noche, rodeada de cuerpos desconocidos y con su secretaria sonriéndole, fue ella quien perdió por completo el control.
Bárbara despreciaba a aquellos cuatro tipos sudorosos. Pero la toalla apenas la cubría, la lluvia seguía cayendo y, por una vez, quería que la miraran.
Despertó en una cama que no era suya, con los dedos de Renata sobre la muñeca y el sudor pegándole el pelo a la frente. No le preguntó nada: solo le besó la sien.
Tenía veinticinco años, ocho meses sin tocar a nadie y una idea prestada por una amiga: ir sola al cine porno y sentarme lo más cerca posible de quien se atreviera primero.
Carla nunca había hecho topless delante de mí. Esa tarde no solo se quitó la parte de arriba: dos desconocidas se acercaron y nada volvió a ser igual.
Quería un chico que aguantara todo sin freno, así que abrí una página de escorts y el primero que respondió tenía cara de niño bueno.
No llevábamos ropa seca, la lluvia no paraba y entonces aparecieron ellos dos. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo olvidaría jamás.
Me dijo que esa tarde solo estarían cinco hombres de la oficina y que necesitaban una dama que les hiciera compañía. Acepté antes de pensarlo dos veces.
Les dije que quería otro castigo en vez de beber. No imaginaban hasta dónde estaba dispuesta a llevar esa partida de cartas, y yo tampoco del todo.
Cuando subí a la mesa a bailar para ellos, supe que no iba a bajar igual. Eran diez, después fueron doce, y ninguno se quedó con las ganas.
Esa noche transmitía en vivo desde el bar, pero lo que pasó después del show no quedó grabado en ninguna cámara. Solo en mi memoria.
Cuando bajó al patio con aquel vestido verde limón y la cadena rozándole los pezones, supe que la firma del contrato sería lo último que harían mis manos esa tarde.
Habíamos planeado un encuentro entre todas, pero ella me llevó antes a su apartamento. Cerró con llave, me empujó contra la pared y dejó claro que no pensaba compartirme todavía.
Llevaba su pantaleta negra debajo del pantalón ajustado, caminando por la avenida más oscura de la ciudad, esperando a que alguien se animara a frenar a mi lado.
Llevaba una semana espiándola por la ventana cuando salía a correr. El día que tocó mi puerta para presentarse, supe que no me bastaría con mirarla.
Veterana, dominante y adicta al deseo, la capitana tenía un solo plan para esa noche: que la recluta más hermosa del cuartel terminara en su cama.
Llegué a la ciudad sin conocer a nadie y, esa misma tarde, una desconocida me ofreció una porción de pizza. Ninguna de las dos sabía adónde nos llevaría ese gesto.
Viudo, desactualizado y solo, Rodrigo solo quería airearse un sábado. No esperaba que el desconocido de la barra le propusiera algo que jamás se había planteado.
Siempre presumió de que solo le gustaban los hombres. Esa tarde, frente a Lorena y dos consoladores sobre la mesa, entendió que llevaba años mintiéndose.
Llevábamos cinco días entregándonos sin tabúes, pero fue esa última mañana al borde del agua, con ella temblando entre mis brazos, cuando entendí lo que de verdad había pasado.