El juego prohibido en la despedida de soltera de Lucía
Cuando Mía repartió las cartas, ninguna imaginó que las confesiones terminarían con una lengua entre las piernas de la novia y la madre más rígida temblando.
Cuando Mía repartió las cartas, ninguna imaginó que las confesiones terminarían con una lengua entre las piernas de la novia y la madre más rígida temblando.
Yo había hecho las cosas bien; su novio no. Esa misma noche decidí invitarla a casa, sin imaginar hasta dónde me llevaría la curiosidad.
Entró pidiendo un vestido provocador y se desnudó frente al espejo sin pudor. La estilista solo debía tomarle las medidas; terminó de rodillas, temblando, incapaz de apartar la mirada.
Acerqué un poco más mi cuerpo, fingiendo no entender el gráfico, y vi cómo a ella le temblaban las manos sobre los papeles.
Nunca había pensado en otra mujer así, hasta que su bata blanca rozó mi rodilla y entendí que aquella revisión no se parecería a ninguna otra.
Su marido sonreía desde la barra mientras ella me cogía de la mano y me llevaba hacia la puerta del fondo, esa que nadie cruzaba por casualidad.
Alquilamos una casa perdida en la montaña para pasar las fiestas. La nieve nos dejó incomunicados, y esa misma noche un juego de cartas terminó con todos desnudos frente a la chimenea.
Quedamos solo para mirar. Hora y media después estábamos los cuatro desnudos en la misma sala, y yo descubrí cuánto me gustaba verla con otro.
Noelia nos miró por encima de la copa de cava y soltó la pregunta que nadie esperaba: ¿cómo llevábamos nuestra vida sexual después de tantos años juntos?
La invité pensando en pasar un buen rato, pero cuando la vi montándolo sobre mi cama entendí que mi placer ya no dependía solo de lo que me hicieran a mí.
Posé las manos en sus caderas creyendo que seguía un plan. Cuando se giró y vio que era yo, supe que aquella noche se me había ido completamente de las manos.
Acepté por aburrimiento, por curiosidad, por las ganas de sentir algo distinto. Esa noche, en un motel del centro, otra pareja nos esperaba con una botella de vino y ninguna regla.
Ellos nos gustaban, nosotros les gustábamos a ellos, y el agua tibia hizo el resto. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo había planeado del todo.
Cuando la vi arrodillada frente a él, lamiendo sin titubear, supe que nunca le contaría lo que esa boca acababa de limpiar sin darse cuenta.
Me dormí con ropa interior pensando en lo divertida que había sido la fiesta. Renata se metió bajo las sábanas, y su mano no buscó mi cintura: buscó otra cosa.
Daniela acababa de marcharse y nos quedaban tres noches a solas con Andrés. Mi mujer le puso la mano en el pene sin apartar la vista de mí, esperando un permiso.
«¿Y no te importa que tenga polla?», soltó su primo antes de presentárnosla. Respondí que primero quería conocerla. Esa misma noche terminé arrodillado a sus pies.
Cuando salí del coche con la minifalda subida, mi marido me miraba de una forma que nunca le había visto. Esa noche dejé de ser la señora correcta que él creía conocer.
Practiqué frente al espejo durante semanas. La noche que metí el vestido en la mochila supe que ya no había vuelta atrás: esa vez sería de verdad.
Bayron me puso el collar sobre la piel desnuda y supe que esa visita de trabajo no iba a terminar en la oficina, sino en su habitación.