Cuando le conté mi pasado, su reacción me encendió
Me preguntó cómo habían sido los otros hombres. Lo que no esperaba era que cada respuesta mía lo pusiera más cerca del límite, y a mí también.
Me preguntó cómo habían sido los otros hombres. Lo que no esperaba era que cada respuesta mía lo pusiera más cerca del límite, y a mí también.
Eran dos mochileros, veinte años, sin un duro. Aceptaron el aventón sin preguntar qué pediríamos a cambio. El peaje lo cobramos lejos, donde nadie pudiera vernos.
Cuando vi su nombre en la pantalla supe lo que venía. El marido doblaría turno, las niñas estarían con su amiga, y ella estaría disponible todo el día.
Mis amigos no entendían por qué pasaba tres meses en un pueblo sin vida. Nunca les dije la verdad: que mi abuelo me esperaba con algo más que la cena.
Lo vi al mediodía en la cafetería de la costa. Esa noche estaba en la puerta del club con la chapa de seguridad, y supe que no me iría sin probarlo.
Mi tía estaba de viaje y mi tío me ofreció un café. Lo que pasó después no debería habernos pasado, y sin embargo no quise irme.
Él jugaba con el micrófono abierto y yo no pude resistirme. Me acerqué desnuda por detrás, dispuesta a descubrir cuánto podía aguantar sin gemir.
Me había sentado lo más lejos posible de ella en esa cena. Pero terminé con mi mano en su cintura y sus caderas apretadas contra las mías.
Estaba frente a la puerta de nuestra habitación, los niños dormidos al otro lado, cuando sus manos encontraron lo que llevaba horas sin que nadie tocara.
La terraza de la villa brillaba sobre el Mediterráneo cuando comprendí que jamás lo tendría siendo quien era. Esa noche tomé una decisión que me cambió para siempre.
Tenía dieciocho años y mi cuerpo pedía más de lo que podía dar. Esa noche entré al salón en camisón y le dije a mi padre exactamente lo que necesitaba.
Llevábamos años en el mismo ritmo hasta que ella aceptó quitarse la ropa en una playa llena de extraños. Lo que vino después fue mejor de lo que imaginé.
Quince años de confianza construida poco a poco. Y una noche de verano en la piscina para descubrir que ya no podíamos llamar a eso solo amistad.
Me puse la falda más corta que tenía, abrí la puerta y los saludé sabiendo exactamente qué habían visto y qué más iba a pasar esa noche.
Cuando Vicky tocó el timbre esa noche ya sabía que algo había pasado. Tenía la mirada turbia y ese gesto de quien necesita contarlo todo antes de explotar.
Subimos a la habitación sin saber muy bien cómo empezar. Fui yo quien dio el primer paso, y desde ese momento ya no hubo marcha atrás.
Crucé las piernas en su clase y él no pudo apartar los ojos. Supe que el juego había comenzado, y que esta vez yo iba a llevar la ventaja.
Llevábamos cuatro cervezas y dos apuestas perdidas cuando propuso la tercera. Debería haberme levantado del sofá y haberme ido. No lo hice.
Compartir cama con el novio de mi cuñada parecía inofensivo. Pero cuando noté su cuerpo contra el mío en plena oscuridad, supe que la noche no terminaría bien.
Esa tarde fui al taller del mecánico con un sobre de plata y una pollera al ras. Entré como una nena. Salí caminando distinta.