El conserje viejo del baño y la foto en su celular
Tenía setenta y tantos, una mirada que no era de deseo sino de complicidad, y una foto mía guardada en un celular viejo que casi no funcionaba.
Tenía setenta y tantos, una mirada que no era de deseo sino de complicidad, y una foto mía guardada en un celular viejo que casi no funcionaba.
Necesitaba compañía. Sin pensarlo, le pregunté si quería meterse conmigo. Lo que vino después cambió todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis amigos.
Las tijeras se le cayeron de las manos cuando le dije que esa noche quería verme bonita para un chico. No sabía aún hasta dónde llegaría.
«Qué linda colita», dijo a mi espalda. No me di vuelta enseguida. Esa voz no podía ser la suya, no después de cuatro años de silencio.
Abrí los ojos en la arena, mareado por el vino, y vi a dos hombres inclinados sobre mi mujer dormida. Lo que hice después aún no sé cómo explicarlo.
El armario del señorito guardaba un uniforme negro con cofia blanca, y don Aurelio le aseguró que en cuanto se lo pusiera dejaría de ser Marcial para siempre.
Bajó a la orilla esperando solo el rumor de las olas, pero unos ojos la siguieron desde la fogata y supo que esa noche no dormiría sola.
Cuando sentí su pecho velludo rozarme la espalda mientras alcanzaba una taza, supe que aquel piso compartido no iba a ser tan tranquilo como prometía el anuncio.
Subí sus cajas, le preparé un café y, antes de terminarlo, ya sabía que esa vecina iba a cambiar todas mis noches en aquel edificio.
Cuando la vi entrar al consultorio supe que esa sesión no iba a ser como las demás. Y cuando le ofrecí cambiarse al baño, ya sabía qué traje le iba a dar.
Habían pasado tres meses desde mi primera vez y volví a la esquina con una sola idea en la cabeza: repetir aquello que no había podido sacarme de encima.
Bajó del escenario con el vestido pegado al cuerpo y él ya la esperaba en las sombras del pasillo. No dijo nada: solo la agarró del brazo y abrió la puerta.
Esa mañana me vestí con un body de encaje bajo la camisa de trabajo. Nadie podía adivinarlo. Nadie excepto el hombre que me miró el culo cuando bajé del autobús.
Eran las once y ya no podía concentrarme. Abrí la app sin esperanza, pero treinta minutos después caminaba hacia su edificio con una caja de forros en el bolsillo.
Al despertar en su cama, con su melena rubia sobre la almohada, supe que aquella semana en Lisboa ya no iba a terminar como la había planeado.
Empezamos con stickers tontos al final del turno. Después vino el apodo. Después la fantasía. Esa noche me escribió que mi casa le quedaba más cerca y no supe decir que no.
No subí a ese hotel pensando que sería yo quien terminaría en cuatro, pidiéndole que no parara. Pero ella sabía exactamente lo que yo no me atrevía a admitir.
Me advirtieron que venía con sorpresa, pero ya era tarde: esa rubia me había mirado de un modo que no supe, ni quise, resistir.
Detrás de la duna pensaba que nadie nos veía. Tenía dos dedos dentro de Sofía cuando la morena de los brackets giró la cabeza, me sonrió y empezó a caminar hacia nosotras.
Me desperté con las ganas pegadas al cuerpo y el teléfono mudo. Si él no llamaba, al menos tenía el clóset de mi hermana y toda la tarde para mí.