El motero de la app no me dejó pagarle el viaje
Me subí a la moto con la calza fina y sin nada debajo, pegada a su espalda. Al llegar no me dejó pagarle: quería cobrarse el viaje de otra forma.
Me subí a la moto con la calza fina y sin nada debajo, pegada a su espalda. Al llegar no me dejó pagarle: quería cobrarse el viaje de otra forma.
Cuando bajó del tren con dos maletas y unos tacones imposibles, supe que aquella convivencia con mi sobrina no se parecería en nada a lo que había imaginado.
Me dijo que su cuerpo era un detector de mujeres insatisfechas. Bailamos una sola salsa y me prometió que, si lo dejaba intentarlo, no necesitaría más de tres horas.
Cuando abrió la camisa y sentí su colonia llenar la cocina, supe que ese desayuno con mi sobrino no iba a terminar en un café tranquilo.
La litera de arriba estaba vacía cuando me acosté. A las nueve subió él, con la mochila al hombro y una mirada que no necesitó palabras.
Beatriz se quedaba en casa cuando salía tarde del trabajo. La primera vez que mi esposa hizo horas extras, ella bajó a la cocina con una propuesta inesperada.
Mi mujer aceptó pagar a una experta para que me masajeara delante suyo, pero no esperaba descubrir cuánto placer le daba mirar cómo otra me hacía gemir.
Crucé el umbral convencido de que dormiría en el sillón. Lorena cerró la puerta con llave, me miró de un modo nuevo y supe que esa noche no iba a dormir.
Siempre escuchaba a mis amigos hablar de esos cines a oscuras. Una tarde salí temprano del trabajo y decidí cruzar la puerta para verlo con mis propios ojos.
Cuando todos se fueron, él me miró desde el sofá y dijo que me había imaginado como una princesa toda la noche. Y yo, que nunca había estado con nadie, no supe decir que no.
Bajé en pijama a abrirle la puerta porque dijo que había perdido las llaves. Lo que no sabía era que mi marido nos miraba desde el sofá del salón.
Crucé la sala para beber un vaso de agua sin recordar que las cortinas seguían abiertas. Al otro lado del cristal, sus ojos ya me habían encontrado.
Mi novio roncaba como tronco en la pieza del fondo cuando ella se me acercó. El acento sureño y esos ojos negros me dijeron todo antes que sus manos.
Me miré al espejo con la peluca puesta y el vestido translúcido, y supe que esa noche iba a dejar que un extraño hiciera conmigo todo lo que llevaba semanas imaginando.
Estaba aburrido y caliente una tarde de mayo. Abrí la app, filtré por chicas trans y, media hora después, llamaba a la puerta de su habitación.
Cuando me arrodillé frente a él y empecé a recitar mis pecados, su mano se posó sobre mi hombro con una calma que no tenía nada de pastoral.
Pedí un whisky para olvidar el día y me serví unos ojos verdes con la copa. Cuarenta minutos después, los dedos de la camarera me cubrían los ojos por detrás.
Carolina decía que se aburría de los hombres. Pero cuando me bajé los pantalones junto a su piscina, sus ojos no se despegaron de mí ni un instante.
Cuando subió al coche y me sonrió, supe que esa noche no íbamos a poder llegar a ningún sitio decente. Tenía que ser nuestra, aunque fuera en un camino de tierra entre almendros.
Creía que la conocía de toda la vida, pero esa tarde mi abuela me confesó algo que cambió para siempre la forma en que miraba a mi propia familia.