La señora descubrió lo que su mucama hacía a escondidas
Carmen creía conocer cada rincón de su casa, hasta que Marisol se sentó frente a ella y empezó a contarle, con la voz baja, todo lo que había hecho mientras ella no estaba.
Carmen creía conocer cada rincón de su casa, hasta que Marisol se sentó frente a ella y empezó a contarle, con la voz baja, todo lo que había hecho mientras ella no estaba.
El asiento de al lado lo ocupaba ella, con esas piernas cruzadas en la penumbra. Dijo que mejor hablarlo conmigo que con desconocidos. No sabía dónde nos llevaría.
Llevaba semanas mirándola de reojo en la escalera. La tarde que llegué a casa y la encontré en mi sofá, descubrí que el deseo no entiende de etiquetas.
Me desnudé en silencio, me puse las orejas y el collar, y me deslicé en su cama antes de que despertara. Le debía demasiado para seguir fingiendo que solo quería cuidarlo.
Le puse la máscara, di las órdenes y dejé que ella se entregara sin saber quién la tocaba. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado.
Adrián creía que solo subía a casa de un amigo. No contaba con que Lucas estuviera despierto en el salón, ni con las ganas que llevaba toda la noche aguantando.
Cuando me pidió la llave del coche para «ponerse más guapa», supe que esa noche no íbamos a volver solos al hotel.
Salí del cuarto con apenas una tira de tela encima y entendí que esa noche yo no decidiría nada: ellos lo decidirían todo por mí.
Salió al escenario con un vestido rojo y una voz imposible. No imaginaba que cantar tan bien sería la trampa con la que su productor la encerraría para siempre.
Subí al catamarán para perderme un rato del mundo. Nunca imaginé que terminaría desnuda, rodeada, y que sería yo quien no quería que parara.
Solo quería tomar el sol desnuda en una cala tranquila. No conté con los gemelos, sus amigos y un balón que el viento traía una y otra vez hacia mí.
Nunca pensé que un mensaje a deshoras terminaría con los cuatro desnudos junto a la piscina, repartiéndonos el placer sin más reglas que el deseo.
Tengo veintisiete años, un perfil falso para cazar heteros y la certeza de que esa noche, en una casa que olía a sudor, iba a hincarme frente a un desconocido.
Llevábamos meses hablándolo y nunca nos atrevíamos. Hasta que una pareja nos invitó al spa liberal una tarde de mayo, y Sofía cruzó esa puerta antes que yo.
Crucé el salón con el corazón desbocado, me arrodillé junto a ella y supe que después de esa noche mi madre dejaría de mirarme como a la pequeña de la casa.
Quería contarle mis penas y tomar algo. No esperaba encontrarlo con dos amigos, ni que el despecho me empujara a hacer todo lo que esa noche terminé haciendo.
Llevaba toda la semana cuerda y prudente. Bastó una botella de cava en aquella terraza para que dejara de serlo, justo cuando sonó el timbre por segunda vez.
Cuatro hombres, dos agujeros en la pared y una sola regla: yo no debía saber quién era quién. Solo sus vergas iban a delatarlos.
Bruno llegó al almacén con ganas de aprenderlo todo. Lo que ninguno imaginaba era que, dos meses después, su pareja y la mía acabarían en la misma cama redonda.
Cuando colgué el teléfono ya estaba decidido. Esa tarde no quería uno ni dos: los quería a todos en mi casa, al mismo tiempo y sin contemplaciones.