La mañana que mi amiga me dio clases de sexo oral
Teníamos la casa para nosotras y una banana sobre la mesa cuando Malena decidió que había llegado la hora de enseñarme todo lo que ella sabía.
Teníamos la casa para nosotras y una banana sobre la mesa cuando Malena decidió que había llegado la hora de enseñarme todo lo que ella sabía.
Le pedí ayuda para llegar al lavabo con ese traje imposible. Lo que hizo cuando cerró la puerta a nuestras espaldas no entraba en mi contrato.
Subí al vagón más lleno para escapar de unas manos que no quería, sin imaginar que terminaría buscando otras a la vista de todo el andén.
Acepté la cita vestida de mujer, sin saber que esa tarde en su auto decidiría todo lo que vendría después. Él solo me miró y dijo: «Vas a tener clientes».
El agua fresca, el sol sobre la piel y nadie alrededor. Eso creía, hasta que noté dos miradas siguiendo cada uno de mis movimientos desde detrás de las rocas.
Limpiaba la terraza con un tanga y poco más, sin saber que dos hombres la espiaban desde el edificio de enfrente. Y a mí, verla deseada, me volvía loco.
Desde mi nuevo escritorio tenía una vista perfecta de la recepción. Lo que no esperaba era sorprenderla con la mano bajo el vestido, creyendo que nadie la observaba.
Me llevó al río con la excusa de la pesca, pero los dos hombres ya sabían que el único cebo de la jornada iba a ser yo.
Llegué al portal con el pulso acelerado, esperando un trío. Mariana llegaba tarde. Su amigo me abrió la puerta solo, sonriendo, y nada de lo que pasó después estaba en mi cabeza.
Un desconocido me prometió encontrarse conmigo en la última fila, pero terminé en manos de todos los demás, ofrecida una y otra vez en la oscuridad.
La sala estaba casi a oscuras cuando él subió la mano por su muslo. Tres filas más adelante, un hombre solo había dejado de mirar la pantalla para mirarlos a ellos.
Vino a Formentera para que la miraran. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar cuando aquel extranjero extendió la toalla a pocos metros de nosotros.
Cuando abrí la puerta sin tocar, mi prima estaba en la cama con las piernas abiertas y un juguete entre las manos. Pensé que moriría de vergüenza. Al día siguiente volví.
Nunca había estado con una mujer, y la primera sería la chica que veía cada noche en pantalla, rodeado de cámaras que lo grababan todo.
Me dijo que si quería su culo me lo tendría que ganar. Lo que no esperaba era que apareciera en mi portal la noche de fin de año, con una maleta y una orden.
Llevaba toda la tarde notando cómo me miraba desde la otra mesa, y por primera vez en años decidí no apartar la vista.
Esa tarde de abril salí sin sostén y con un tanga mínimo. No sabía que mi marido iba a frenar delante de la gasolinera abandonada para hacerme aquello.
«Ni un ruido», le advirtió ella antes de arrodillarse sobre las baldosas frías. Su hijo seguía arriba y el agua de la ducha no tapaba todo.
Salí de la piscina en ropa interior y la sentí mirarme. Ya no era el hijo de su amiga: era un hombre, y ella sabía exactamente lo que quería de mí.
El cartel oxidado prometía un club abierto. Lo que no decía es que dentro lo esperaban cuatro viudas dispuestas a vaciarlo antes de dejarlo volver a la carretera.