Aquella noche descubrí el placer entre hombres
Aparcamos en aquella obra abandonada y, sin decir palabra, su mano se apoyó en mi muslo. Su mirada lo decía todo, y yo supe que ya no había vuelta atrás.
Aparcamos en aquella obra abandonada y, sin decir palabra, su mano se apoyó en mi muslo. Su mirada lo decía todo, y yo supe que ya no había vuelta atrás.
Don Genaro me lo planteó como un juego: un agujero en la pared, un chico que me gustaba y la oscuridad. Acepté sin saber quién estaba en realidad del otro lado.
Su novio nos miró sonriendo y dijo que el amor no era exclusivo. Esa misma tarde Marisol subió con nosotros a la habitación del hotel.
Su familia cenaba en la mesa grande mientras él me cogía en el establo, con un ritmo desesperado, como si pudieran entrar en cualquier momento.
Cuando él llegó esa noche, yo ya estaba al otro lado del cristal con la luz apagada, observando cómo ella lo recibía con una sonrisa que nunca me había mostrado a mí.
Cuando me dijo que el Adrián de aquellos papeles era ella, sentí rechazo. Meses después no podía dejar de pensar en su boca, en su perfume, en lo que escondía bajo la falda.
Crucé la verja de su jardín a las nueve de la noche pensando solo en confesarle lo que sentía. Me fui de allí con un video que iba a cambiarnos a los dos.
Crecí entre rezos y prohibiciones, convencida de que el placer era pecado. Hasta que la mujer de al lado se sentó a mi lado en el colectivo y todo empezó a cambiar.
Ella me miraba con esos ojos color miel desde el otro lado de la barra, y cuando por fin me besó en aquel rincón oscuro, sentí algo duro presionar contra mi pierna.
Cuatro días solo en la capital por trabajo. La segunda tarde, aburrido y con la laptop encima, abrí el chat sin imaginar lo que iba a tocar mi puerta.
Aparqué frente a la casa con las manos sudando. Era mi primera sesión con cliente desnudo y aún no sabía que terminaría con dos hombres encima.
Su pierna se apoyó contra la mía y ninguna la corrió. El mate seguía circulando, pero las dos sabíamos que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
Llevaba años intentando que volviera a caer. Esa tarde, entre porros y caricias en el sofá, fue ella quien se incorporó y me besó como antes.
Él me conoció siendo un chico tímido. Años después le abrí la puerta vestida y maquillada, y en sus ojos vi que ya no quedaba nada del amigo que creía conocer.
Acepté la propuesta sin pensar en lo lejos que podía llegar. Cuando me vi desnuda frente a dos viejos amigos, supe que ya no iba a poder pararla.
Salí de la ducha envuelto en una toalla, sabiendo que mi padre estaba solo. Esa noche quería ver hasta dónde se atrevía sin alcohol de por medio.
Llevaba meses mirando sus fotos en la pantalla. La noche que me decidí a escribirle, no imaginaba que ese cuerpo iba a cambiarme para siempre.
La invité al teatro y ella me detuvo con una sonrisa. «Antes de seguir, debo contarte algo», dijo. No imaginé hasta dónde me llevaría esa confesión.
Sentí su pie descalzo deslizarse entre mis muslos mientras terminaba el postre. Lucía siempre jugaba así en sitios públicos, pero esa mañana no iba a parar.
Tres semanas pensando en su propuesta y en la fantasía más perversa que se me había ocurrido jamás. Cuando me escribió, supe que iba a decir que sí.