La gota negra que cambió todo entre nosotros
La terraza de la villa brillaba sobre el Mediterráneo cuando comprendí que jamás lo tendría siendo quien era. Esa noche tomé una decisión que me cambió para siempre.
La terraza de la villa brillaba sobre el Mediterráneo cuando comprendí que jamás lo tendría siendo quien era. Esa noche tomé una decisión que me cambió para siempre.
Tenía dieciocho años y mi cuerpo pedía más de lo que podía dar. Esa noche entré al salón en camisón y le dije a mi padre exactamente lo que necesitaba.
Llevábamos años en el mismo ritmo hasta que ella aceptó quitarse la ropa en una playa llena de extraños. Lo que vino después fue mejor de lo que imaginé.
Quince años de confianza construida poco a poco. Y una noche de verano en la piscina para descubrir que ya no podíamos llamar a eso solo amistad.
Me puse la falda más corta que tenía, abrí la puerta y los saludé sabiendo exactamente qué habían visto y qué más iba a pasar esa noche.
Cuando Vicky tocó el timbre esa noche ya sabía que algo había pasado. Tenía la mirada turbia y ese gesto de quien necesita contarlo todo antes de explotar.
Subimos a la habitación sin saber muy bien cómo empezar. Fui yo quien dio el primer paso, y desde ese momento ya no hubo marcha atrás.
Crucé las piernas en su clase y él no pudo apartar los ojos. Supe que el juego había comenzado, y que esta vez yo iba a llevar la ventaja.
Llevábamos cuatro cervezas y dos apuestas perdidas cuando propuso la tercera. Debería haberme levantado del sofá y haberme ido. No lo hice.
Compartir cama con el novio de mi cuñada parecía inofensivo. Pero cuando noté su cuerpo contra el mío en plena oscuridad, supe que la noche no terminaría bien.
Esa tarde fui al taller del mecánico con un sobre de plata y una pollera al ras. Entré como una nena. Salí caminando distinta.
Había algo que su tío llevaba meses pidiendo. Ella, meses negándose. Hasta que vio ese celular sobre el mostrador y todo cambió entre ellos.
Cuando entré a su apartamento, el aroma a café recién hecho era lo único inocente que quedaba en ese lugar. Supe que no saldría igual.
Subí al taxi con la blusa pegada al cuerpo y los tacones en la mano. Solo quería llegar al hotel. Los ojos del conductor en el retrovisor decidieron otra cosa por mí.
Bastó un mensaje para que cancelara la noche. Lo encontré en la esquina de la casa de Sofía y supe exactamente dónde iba a terminar.
Cuando Bruno apagó el porro y me miró así, supe que la noche terminaría de un modo muy distinto a como había comenzado. Y ninguno de los dos lo lamentó.
Cuando Rodrigo extendió la cera tibia sobre mi piel con esa calma que tenía para todo, ya sabía que aquella cita no iba a terminar como las demás.
Me propuso un baño termal mixto como parte del tour. Pensé que era una costumbre cultural. Una hora después, los dos estábamos desnudos en el agua y ya no había vuelta atrás.
La noche en que Camila dijo que nunca había hecho nada de eso, todos sonreímos. Pocas horas después, era la que pedía más.
Treinta días para perder el apartamento. El señor Herrera la llamó esa tarde con una alternativa que ningún banco pone por escrito.