El amigo de Joaquín me esperaba desnudo ese sábado
Cuando empujé la puerta, esperaba encontrarlo a él solo, como siempre. En su lugar, había otro tipo desnudo en el sillón, cerveza en mano y una sonrisa de bienvenida.
Cuando empujé la puerta, esperaba encontrarlo a él solo, como siempre. En su lugar, había otro tipo desnudo en el sillón, cerveza en mano y una sonrisa de bienvenida.
Bruno me dejaba arrodillarme frente a él, pero jamás me besaba: decía que eso no se hacía con cualquiera. Yo solo quería dejar de ser un cualquiera para alguien.
Lo esperó en el descansillo sin saber muy bien qué hacía allí. Solo sabía que, después de la noche anterior, ya no podía fingir que aquello había sido un accidente.
Salió de la ducha con la toalla a la cintura, como cada tarde. Pero esa mirada de su vecino no era la de siempre, y lo supo antes de que abriera la boca.
Me había rechazado a plena luz del día. A las tres de la madrugada apareció en la sala, se desabrochó la camisa y dijo mi nombre como una sentencia.
Carla me llevaba veinte años y nunca había estado con una mujer, pero esa madrugada supo exactamente qué hacer con sus manos, su boca y mi paciencia.
El vibrador todavía zumbaba dentro de mí cuando su nombre apareció en la pantalla. Podíamos salir a dar una vuelta, sí, o podía subir y terminar lo que yo había empezado sola.
Todos sospechan lo que soy por cómo me visto, pero yo nunca lo confirmo. Es mi secreto, y contarlo desde el anonimato me pone más caliente que cualquier otra cosa.
Le abrí la puerta con un vestido que no dejaba nada a la imaginación y una sola idea en la cabeza: esa noche Diego iba a descubrir lo que llevaba años callando.
Cada sábado le cantaba con la guitarra mientras ella fregaba. Hasta que un día decidió responderme de la única forma que yo no esperaba.
Después de aquella primera vez en el cuarto de servicio, sabía que ofrecerle llevarlo a su casa era solo el pretexto. La calle oscura hizo el resto.
Era mi primer trabajo serio: comercial puerta a puerta. No imaginé que detrás de aquel chalet habría un hombre, una cámara y la tarde que lo cambiaría todo.
Cuando ella colgó el teléfono, supe que al día siguiente iría a su casa. Su marido estaba fuera. Y mi hija ya no me miraría igual nunca más.
Su marido hablaba con toda la sala menos con ella. Bastó una frase al oído para que decidiera marcharse de aquella fiesta conmigo y no con él.
Apoyé la cabeza en su hombro como siempre, pero esa noche su mano se quedó en mi cintura. Y ninguno de los dos la retiró.
Llevaba un short rojo que dejaba muy poco a la imaginación, y cada vez que se inclinaba sobre el cuaderno yo perdía por completo el hilo del apunte.
Lo invitaron como cada sábado, con ron y música, sin imaginar que esa noche los tres cruzarían un límite del que ya no habría regreso.
Cerró el estanco antes de hora, se subió a mi moto y me abrazó por la cintura. Los dos estábamos casados, y los dos sabíamos que aquel paseo no iba a terminar en el mirador.
Andrés creía que el viaje los iba a reconciliar. Carmen bajó a la piscina con su bikini rojo y volvió tres horas después, sonrojada, oliendo a sal y a algo más.
Compartíamos camarote desde hacía un mes, pero esa madrugada, con sus lágrimas todavía húmedas, descubrí que ella nunca había estado con otra mujer.