Mi primo me deseaba vestida de mujer
Tres semanas pensando en su propuesta y en la fantasía más perversa que se me había ocurrido jamás. Cuando me escribió, supe que iba a decir que sí.
Tres semanas pensando en su propuesta y en la fantasía más perversa que se me había ocurrido jamás. Cuando me escribió, supe que iba a decir que sí.
Cuando abrí la puerta del probador, no estaba vacío. Él me había seguido desde la planta baja y se había escondido dentro para esperarme con una sonrisa que ya conocía.
Cuando le aparté las bragas para curarle la herida, pensé que iba a protestar. Pero solo apretó la cara contra la almohada y abrió un poco más las piernas.
Nunca me habían atraído los hombres, pero esa figura en la pantalla despertó algo que no supe nombrar. Y entonces ella me ofreció pagarme.
La primera vez que salí a la calle vestida de mujer, las piernas me temblaban. Diez años después, no hay nada que me guste más que sentir las miradas sobre mí.
Bajo el chándal solo llevaba medias de rejilla y un tanga de encaje. No buscaba un portal cualquiera: buscaba el lugar donde iban a tratarme como a un objeto.
Me arreglé como una quinceañera en su primera cita, aunque sabía que esa tarde tenía que ser la última. Mi marido nunca debía enterarse de lo que ese hombre me hacía sentir.
A las nueve llegó con su bolso y un par de excusas. A las nueve y cuarto yo ya estaba en el baño cambiándome por algo que no dejaba nada a la imaginación.
Tres dedos suyos buscaban donde más quería yo sentirlos, mientras le entregaba la boca a un desconocido que ni siquiera sabía mi nombre real.
Mi primera vez apenas duró un minuto y me dejó convencida de que el sexo no era para mí. Hasta esa madrugada a solas, vigilando cámaras con el hombre más simpático del trabajo.
Cada vez que mi hija me llama orgullosa desde Trujillo, pienso en esas tres tardes frente a la cámara y rezo para que nunca teclee mi nombre en internet.
Me subí a la moto con la calza fina y sin nada debajo, pegada a su espalda. Al llegar no me dejó pagarle: quería cobrarse el viaje de otra forma.
Cuando bajó del tren con dos maletas y unos tacones imposibles, supe que aquella convivencia con mi sobrina no se parecería en nada a lo que había imaginado.
Me dijo que su cuerpo era un detector de mujeres insatisfechas. Bailamos una sola salsa y me prometió que, si lo dejaba intentarlo, no necesitaría más de tres horas.
Cuando abrió la camisa y sentí su colonia llenar la cocina, supe que ese desayuno con mi sobrino no iba a terminar en un café tranquilo.
La litera de arriba estaba vacía cuando me acosté. A las nueve subió él, con la mochila al hombro y una mirada que no necesitó palabras.
Beatriz se quedaba en casa cuando salía tarde del trabajo. La primera vez que mi esposa hizo horas extras, ella bajó a la cocina con una propuesta inesperada.
Mi mujer aceptó pagar a una experta para que me masajeara delante suyo, pero no esperaba descubrir cuánto placer le daba mirar cómo otra me hacía gemir.
Crucé el umbral convencido de que dormiría en el sillón. Lorena cerró la puerta con llave, me miró de un modo nuevo y supe que esa noche no iba a dormir.
Siempre escuchaba a mis amigos hablar de esos cines a oscuras. Una tarde salí temprano del trabajo y decidí cruzar la puerta para verlo con mis propios ojos.