La pareja del camping nos invitó a mirar
Buscamos intimidad en la última ducha del camping. Lo que no sabíamos era que alguien del otro lado estaba esperando que nos descubriéramos.
Buscamos intimidad en la última ducha del camping. Lo que no sabíamos era que alguien del otro lado estaba esperando que nos descubriéramos.
Estaba sentada en el sillón redondo del fondo, con las piernas cruzadas y la copa medio vacía, cuando vi al chico de pelo rizado dejar su trago y caminar directo hacia mí.
Cuando bajé descalza a la cocina a las tres de la mañana, mi hijo ya estaba allí sin camisa, mirándome como un hombre, no como un niño, y supe que esa noche cedería.
Crucé el camino, escondí la camioneta detrás de un árbol y volví caminando. Cuando llegué a los arbustos, ella ya había entendido lo que yo no me animé a pedirle nunca.
Bajé al estacionamiento esperando ver a mi mujer al volante. Lo que no esperaba era encontrarla en tanga, con mi primo subiendo al asiento de atrás.
Me planté en su esquina sin saber bien qué buscaba. La primera vez que un desconocido me pidió precio, la voz me tembló más de lo que esperaba.
Lo había visto en los videos: era enorme, larga, imposible. Pero ningún video me había avisado lo que iba a pasar cuando lo invité a subir a mi cuarto.
Doce años pidiéndoselo. Cuando finalmente cedió, llamé al número del aviso antes de que cambiara de opinión. Sabía que no había vuelta atrás.
Bajé al super del bajo de mi edificio buscando café y volví con un desconocido alto, mojado por la lluvia, que decidió por mí cuál era el mejor del estante y se quedó a probarlo.
Me acosté boca arriba en la arena, completamente desnuda, los ojos cerrados y la piel ardiendo al sol. Entonces sentí una respiración entre mis muslos que no era el viento.
Cuando abrí la puerta del 412 pensando que estaría vacío, lo encontré desnudo en el sillón, mirándome como si supiera quién iba a entrar.
Le rogaba al guardia que la dejara colarse a ver el desmadre del jacuzzi. Cuando le ofrecimos una solución, no imaginó que terminaría desnuda y arrodillada delante de los dos.
Llegué agotada, esperando las manos de siempre. La que abrió la puerta no era ella. Era un desconocido alto, de voz baja, y lo que pasó después aún se lo cuento a mi marido.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.
Eran las dos de la mañana, abrí la ventana buscando aire y la vi tendida en el sofá del salón de enfrente, sin la menor idea de que alguien la miraba.
Llegué a la hora exacta, ellos no aparecían. Hasta que recibí la foto: mi novia arrodillada frente a mi novio, en el baño del fondo, esperando a que yo finalmente entrara.
Llevo casi un año en el oficio y aprendí a leer a un hombre en dos minutos. Aquel jueves cité a un casado de cuarenta y un años en una cafetería de Barcelona.
La recogí en la misma esquina de la otra vez. Subió al auto, me besó la mejilla con timidez y supe que esa tarde iba a iniciarla en algo nuevo.
Camila temblaba cuando abrió la puerta de la suite. Me dijo que me había elegido a mí para ser el primero, pero sus manos frías delataban que no estaba lista del todo.
Apenas se apagaron las luces, ella se levantó de su butaca y se acomodó frente a nosotros dos. Lo que vino después no fue ningún tráiler.