Mi tía me preparó para la noche de bodas que nunca tuve
Cuando mi tía Mercedes se ofreció a ayudarme a vestirme antes de la ceremonia, no imaginé que terminaría desnuda en la cama de invitados a media mañana.
Cuando mi tía Mercedes se ofreció a ayudarme a vestirme antes de la ceremonia, no imaginé que terminaría desnuda en la cama de invitados a media mañana.
Estaba solo, tomando el último sol de la tarde, cuando aquel joven salió del agua y se sentó demasiado cerca. Su pregunta no buscaba un cigarrillo.
Cuando crucé la cortina con el cartel de «solo machos» no imaginaba que iba a terminar sujetando una polla mientras a su dueño se lo follaban delante.
Me puse la falda roja, los tacones y salí a bailar entre miradas incómodas. No buscaba a nadie. Pero él cruzó la pista con paso seguro y me tendió la mano.
Su mano subió por mi muslo y se metió bajo mi ropa interior. Esperaba encontrar lo que tantas veces había imaginado, pero lo que toqué me dejó sin aliento.
Tenía veintidós años y una app llena de mensajes, pero solo una verga me interesó esa madrugada. Bajé al estacionamiento sin decirle mi nombre y sin pensar en volver atrás.
A las nueve se inyectaba la hormona; a las diez entregaba los apuntes y el resto de su cuerpo en el asiento trasero. Era el trato, y lo cumplía sin temblar.
Tengo treinta y dos años, un marido que casi no me toca y la cabeza llena de fantasías. Aquella tarde decidí que el siguiente desconocido que pudiera tocarme iba a tocarme.
Pensé que sería una sola tarde y un solo desconocido. No imaginé que cada uno me enseñaría algo distinto, ni que el tercero me dejaría sin voz durante dos días.
Salió del baño en lencería, posó delante de mí y me preguntó del uno al diez cuánto de buena estaba. Yo ya sabía adónde iba a terminar aquella noche.
La primera vez apenas dolió; esta vez yo me subí encima y marqué el ritmo, decidida a demostrarle todo lo que había aprendido a sentir.
Compré una peluca rosa y un vestido que se me pegaba al cuerpo solo para verle la cara cuando abriera la puerta del hotel. No me decepcionó.
La puerta estaba abierta. Entré por curiosidad y la vi bajar las escaleras con el vestido a medio poner, la cara roja y algo que no esperaba escondido entre las piernas.
Marqué cuatro anuncios con bolígrafo rojo, pero solo una voz al teléfono sonaba como si fuera a quedarse conmigo hasta el amanecer.
Ese chico de veintipocos años no apartaba los ojos de mi escote, y yo, con cuarenta y tantos cumplidos, fingí no darme cuenta. Hasta que coincidimos frente al baño.
La app marcó su ubicación a cuatro edificios de la mía. Bajo las bermudas, el bikini blanco de mi hermana. Una hora, su marido en el bar, la puerta abierta.
Me duermo siendo yo y despierto siendo otra. En el sueño tengo curvas, no tengo lo de antes y espero, ansiosa, que la puerta se abra y entre él.
Aquella noche, cabeza con pies en la cama de plaza y media, mi mano subió por su muslo y la de él por el mío. Veinte años después aún no terminamos lo que empezamos.
Esa tarde no quería hablar del clima. Quería contarme algo que había pasado hacía ocho años, en la casona vieja de su amiga Camila.
Bajé la ventanilla y le hablé aún de espaldas. Cuando se volvió, entendí que esa rubia de pecas iba a cambiarme el fin de semana entero.