La superstición de mi compañera de habitación
Apagó la luz, susurró mi nombre en la oscuridad y me dijo que tenía otra superstición. Lo que vino después borró todas las que yo conocía.
Apagó la luz, susurró mi nombre en la oscuridad y me dijo que tenía otra superstición. Lo que vino después borró todas las que yo conocía.
Dije en voz alta que jamás había besado a nadie, y lo que mis amigas propusieron a continuación, bajo el sol de julio, terminó de la forma más inesperada.
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Llevaba años admirándola desde las gradas. Esa noche, con el coliseo vacío y la adrenalina del combate todavía en la piel, descubrí que ella también me miraba a mí.
Llevaba semanas sin plan y una tarde aburrida me lo cambió todo. Su foto era honesta: era exactamente lo que apareció en mi puerta dos horas después.
Crucé las piernas, desabroché tres botones y le sostuve la mirada en el retrovisor. Faltaba media hora de trayecto, y yo ya sabía que no íbamos a llegar derechos al hotel.
Entró al cuarto, vio el lazo de regalo atado a esa polla negra que salía del agujero, y me miró como si no supiera si besarme o denunciarme.
Pensé que sería un café y una firma. Terminé desnudo en un baño termal con una desconocida que conocía mi nombre antes de que yo conociera el suyo.
Antes de que sonara el timbre, me arrodillé frente a él en la cocina. Quería abrir la puerta con su sabor todavía en mis labios y darles la bienvenida con una sonrisa cómplice.
Lucía soltó el timón, se apoyó contra mi pecho y sentí cómo movía las caderas buscando lo que ya no podía disimular bajo el bañador.
La puerta se cerró tras ella con un clic que sentí en el pecho. No había nadie más en la sala, solo nosotros, los libros y todo lo que llevábamos meses fingiendo no desear.
La persiana de Noa estaba entreabierta. Rodrigo se asomó sin querer y no pudo apartar la vista. Lo que vio esa noche cambió todo lo que creía saber sobre ellas.
El sobre llegó al plató una noche de martes. Papel grueso, mi nombre escrito a mano, una oferta que no debería haberme tentado tanto como lo hizo.
Tomó otro sorbo de vino, me miró con esa sonrisa que anuncia confesión, y arrancó a contarme lo que realmente pasó esa noche en la casa alquilada.
Treinta segundos de distracción detrás del volante me costaron mucho más que una multa. Esa noche aprendí lo que significa pertenecer a alguien.
Sobre la cama había un conjunto de látex negro y unos tacones en mi talla. Esa noche, Rodrigo no me explicaría nada. Solo me ataría y lo que vendría después cambiaría todo.
Crucé el pasillo a oscuras esperando darle un abrazo y terminé pegado a la rendija de su cuarto, viendo lo que dos mujeres maduras habían preparado.
Llevaba tres semanas en el cajón, sin abrir. Esa noche de jueves, con el piso para mí sola, decidí que ya no había más excusas.
Llegó con su mochila al hombro y se encerró en el baño. Cuando salió, la sonrisa ya prometía que esa noche iba a desordenarme la vida entera.
Cuando ella entró desnuda al agua caliente y me miró sin pudor, supe que esa noche en Tokio no tenía nada que ver con la reunión del día siguiente.