Una semana en Vietnam: confesión de un viaje sin límites
Roberto llegó a Nha Trang buscando sol y descanso. Lo que encontró en una terraza frente al mar aquella primera tarde cambió el resto de su viaje.
Roberto llegó a Nha Trang buscando sol y descanso. Lo que encontró en una terraza frente al mar aquella primera tarde cambió el resto de su viaje.
Cuando Marcos bajó del tejado empapado en sudor, Carmenza ya sabía que no iba a dejarlo ir. Llevaba demasiado tiempo esperando a un hombre así.
Marco me dijo que cenaríamos con alguien. No me explicó quién. Cuando el hombre se levantó de la mesa, tranquilo y enorme, supe que esa noche no terminaría con los postres.
Su mensaje apareció después de meses de silencio. Tres palabras bastaron para que todo lo que había fantaseado volviera de golpe.
Eran seis. Todos pasando los sesenta. Me miraban sin moverse, esperando mi señal. Nunca imaginé que eso sería lo que más me encendería de todo el fin de semana.
Cuando crucé su puerta con las esposas en el bolsillo, creí que tenía el control. En diez minutos estaba de rodillas y él sostenía la correa.
Sofía me miró desde el sofá y dijo que tenían algo que proponerme. Rodrigo sonreía detrás de ella. Esa noche aprendí que confiar puede llevarte más lejos de lo que imaginas.
Su sobrina se fue a la pijamada igual que mi hijo. Tocó mi puerta con una botella de vino y una sonrisa que esa noche significaría mucho más.
Llevaba media hora escuchándole renegar con sus compañeros de equipo. Las ganas de distraerle me pudieron, y me saqué la ropa sin hacer ruido.
Solo quería despejarme por una noche. No esperaba que esa despedida de soltera, ese bar y ese hombre iban a quedarse en mí tanto tiempo.
Llevaba horas con el cuerpo encendido y él apareció con su uniforme de practicante, justo cuando necesitaba a alguien que me atendiera de verdad.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
Sigo sola en la cama, con los dedos entre las piernas y la cabeza llena de aquella noche en que me metí debajo de su escritorio sin avisar.
Llevaba semanas soñando con lo mismo. Esa noche dejé de fingir y me miré al espejo por primera vez como realmente era.
Lo organicé yo misma: una noche de jacuzzi con mi amiga y mi novio. Pero a las tres de la madrugada desperté con algo que nunca esperé ver.
Esa tarde en casa, mientras probábamos ropa en la sala, entendí que la mirada que Valeria me lanzaba no tenía nada de inocente.
Estaba etiquetando mercancía cuando sonó el teléfono. Era ella otra vez, y la voz le temblaba un poco. Su marido doblaba turno el viernes y no quería esperar.
Sofía llevaba años imaginando cómo sería aquella noche. No imaginó que Camila estaría ahí, ni que Rodrigo tampoco querría que se fuera.
Salimos a buscar un callejón y volvimos con un secreto. Algunos viernes te cambian sin pedirte permiso.
Era una broma, una apuesta tonta entre amigos. Pero cuando Brasil ganó por diez puntos, supe que mi boca tendría que cumplir lo prometido.