Mi primera vez fue con un maduro de Avellaneda
Me bajé del tren en lencería bajo el jean, el corazón a mil. Él me esperaba en la esquina, transpirado, y yo iba a animarme a algo que llevaba años imaginando frente al espejo.
Me bajé del tren en lencería bajo el jean, el corazón a mil. Él me esperaba en la esquina, transpirado, y yo iba a animarme a algo que llevaba años imaginando frente al espejo.
Hace dos meses empecé con una chica que me quiere de verdad. Y aun así, en cuanto cierra la puerta, abro la página de contactos y busco lo que ella nunca podrá darme.
Llevaba semanas observándola entrenar. Esa tarde la seguí hasta el vestuario sin saber qué iba a pasar, pero sabía que ella también me había estado esperando.
Eran las seis de la mañana y el bar estaba vacío. Él me sirvió un tequila, me miró como llevaba mirándome toda la noche y me dijo que no me dejaría irme tan rápido.
Lo esperé desnudo bajo una bata, sentado en el sillón, oyendo cómo se acercaba su carro. Cuando abrió la puerta, supe que ya no había vuelta atrás.
Sofía me arrastró por el sendero sin saber que detrás del último pino había una cala diminuta, dos desconocidas sin ropa y una invitación que no íbamos a rechazar.
Veinte días sin tocar a nadie habían vuelto la necesidad algo salvaje. Esa noche entré al club a cazar, no a pedir permiso ni a ir despacio.
Bajó de la escalera con una falda imposible y me sonrió. En diez minutos, las dos cruzaríamos un portal hacia un mundo donde nada estaba prohibido.
Nos había pillado a las dos juntas hacía apenas unos días. Cuando volví a tocar el timbre de su casa, no imaginaba que su hija ya lo tenía todo planeado para esa noche.
Tenía setenta y tantos, una mirada que no era de deseo sino de complicidad, y una foto mía guardada en un celular viejo que casi no funcionaba.
Necesitaba compañía. Sin pensarlo, le pregunté si quería meterse conmigo. Lo que vino después cambió todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis amigos.
Las tijeras se le cayeron de las manos cuando le dije que esa noche quería verme bonita para un chico. No sabía aún hasta dónde llegaría.
«Qué linda colita», dijo a mi espalda. No me di vuelta enseguida. Esa voz no podía ser la suya, no después de cuatro años de silencio.
Abrí los ojos en la arena, mareado por el vino, y vi a dos hombres inclinados sobre mi mujer dormida. Lo que hice después aún no sé cómo explicarlo.
El armario del señorito guardaba un uniforme negro con cofia blanca, y don Aurelio le aseguró que en cuanto se lo pusiera dejaría de ser Marcial para siempre.
Bajó a la orilla esperando solo el rumor de las olas, pero unos ojos la siguieron desde la fogata y supo que esa noche no dormiría sola.
Cuando sentí su pecho velludo rozarme la espalda mientras alcanzaba una taza, supe que aquel piso compartido no iba a ser tan tranquilo como prometía el anuncio.
Subí sus cajas, le preparé un café y, antes de terminarlo, ya sabía que esa vecina iba a cambiar todas mis noches en aquel edificio.
Cuando la vi entrar al consultorio supe que esa sesión no iba a ser como las demás. Y cuando le ofrecí cambiarse al baño, ya sabía qué traje le iba a dar.
Habían pasado tres meses desde mi primera vez y volví a la esquina con una sola idea en la cabeza: repetir aquello que no había podido sacarme de encima.