Lo que Valeria hizo mientras yo dormía
Fingí dormir mientras sus dedos me recorrían la piel. No sé en qué momento decidí que no quería que se detuviera, pero esa noche todo cambió entre nosotras.
Fingí dormir mientras sus dedos me recorrían la piel. No sé en qué momento decidí que no quería que se detuviera, pero esa noche todo cambió entre nosotras.
Cuando cerró con llave la puerta de la biblioteca, supe que mi pequeño juego de faldas y miradas acababa de cruzar una línea sin retorno.
Camila tiró de la sábana sin pensar y se quedó mirando justo donde no debía. Lo que vino después cambió la forma en que mi hermana y yo nos hablábamos para siempre.
A los sesenta y tres años llevaba una década masturbándome sola. No esperaba que la chica del cuarto libre fuera a cambiar eso para siempre.
Llevábamos meses sin tocarnos. Cuando por fin lo tuve sobre mí, supe que no íbamos a dormir esa noche, ni la siguiente, ni ninguna mientras pudiera evitarlo.
Una noche de verano, un juego de botella entre desconocidos en la playa y ninguna intención de parar. Lo que pasó después fue mucho más de lo esperado.
Mis amigas llevaban años con experiencia cuando yo apenas había rozado a un chico. Esa noche en Medellín lo recuperé todo de golpe.
La puerta entreabierta dejaba escapar un gemido sofocado y yo, paralizado entre las sombras del pasillo, no podía moverme ni dejar de mirar lo que estaba viendo.
Cuando Marcos me confesó que podía ayudarme con las dos cosas, entendí que esa noche de disco iba a terminar mucho mejor de lo esperado.
Esa noche me preparé como nunca. Camila iba a llegar con su mochila y su sonrisa traviesa, y yo sabía exactamente lo que iba a pedirle.
Cuando él lo dijo en voz alta, el silencio duró exactamente tres segundos. Sentí miedo y deseo al mismo tiempo, y no supe cuál de los dos era más fuerte.
Cuando abrí la puerta esa noche, ellos no sabían que yo ya tenía el sabor de su amigo en la boca y un plan calculado en cada movimiento de mis caderas.
Aquella semana no debí haberme fijado en él. Pero cuando me abrazó por detrás en la piscina, supe que esa noche no iba a poder controlarme.
Salió del baño con una americana blanca sin nada debajo y un chupete rojo entre los labios. Esa noche supe que Camila no había venido para complacerme: había venido para divertirse.
El taller olía a grasa y metal. Tenía diecisiete años, una pollera corta y dos sobres de plata que no alcanzaban para lo que se venía.
Andrés entró a esa tienda buscando unos pantalones y encontró algo que no esperaba: una dependienta que sabía exactamente lo que quería de él.
Se sentó en mi cama con ese gesto de siempre y soltó que había pasado otra vez. Y yo sabía exactamente de qué me estaba hablando.
Tenía la cubeta de champagne en una mano y la otra apoyada contra la madera, intentando convencerme de que solo escuchaba para asegurarme de que todo estuviera en orden.
Cada mañana la miraba tender la ropa desde mi balcón, con sus curvas y su calma de mujer que no necesita disculparse por nada. Esa mañana fue diferente.
Me arrodillé entre sus piernas en aquella habitación de hotel y con mis labios le demostré todo lo que las palabras no alcanzaban a decir.