La noche que salí a buscar lo que tanto deseaba
Esa noche me vestí de mujer, me puse los tacones más altos y salí a la calle dispuesta a todo. No imaginé a quién iba a encontrar en la barra.
Esa noche me vestí de mujer, me puse los tacones más altos y salí a la calle dispuesta a todo. No imaginé a quién iba a encontrar en la barra.
Cuando abrí los ojos a las nueve de la mañana, Daniel ya no estaba solo en la cama. Y su mejor amigo me miraba como si llevara horas esperando ese momento exacto.
Después de meses de miradas y roces fingidos en la escaladora, ese día mi hijo no fue al gimnasio. Y él me preguntó, sin medias tintas, si quería irme con él.
Me quité el pantalón en el pasadizo, lo guardé en la mochila y empujé el portón. Sabía exactamente lo que me esperaba arriba, y eso me ponía peor.
Faltaban quince minutos para que llegara y yo ya estaba lista: lencería negra, la piel perfumada y una cerveza helada para calmar los nervios.
Llegó pasada la una, con esa mirada perdida que tienen los hombres recién soltados. Yo lo recibí descalza, sin nada debajo del buzo, fingiendo solidaridad.
Llegó con un vestido negro ajustado y las pecas le brillaban bajo las luces del bar. Yo, que jamás había mirado a una mujer, ya no podía apartar los ojos de ella.
Cuando vi su silueta agazapada detrás del cristal, supe que llevaba un rato observándonos. Y en lugar de detenerme, le sostuve la mirada.
Vi el mensaje a las once de la noche y supe que esta vez no iba a inventar excusas. Quince minutos después estaba subiendo a su auto en un predio vacío.
Cuando sonó el telefonillo, ella tenía mi cremallera abierta y yo no sabía dónde esconderme. Una hora antes, todo parecía un café inocente entre vecinos.
Cuando golpearon la puerta para avisar que se acababan los diez minutos, yo ya estaba boca abajo en la cama del artista, temblando, con su cuerpo apoyado contra el mío.
Bajé del coche borracho, caliente y con el celular en la mano. Cuando leí el mensaje de Mauricio supe que esa noche no iba a dormir en mi cama.
A las tres de la madrugada, Damián seguía hundido en mi sofá con la camisa empapada de sudor y la respiración pesada. Y yo ya no pensaba en otra cosa.
Cuando bajé al fin sus bóxers entendí lo que tanto lo asustaba mostrarme. Quise demostrarle que aquello que él odiaba de sí mismo era justo lo que yo no podía dejar de besar.
Siempre noté cómo me miraba en aquella reunión, aunque su novia estaba al lado. Cuando ella desapareció de nuestras vidas, supe que tarde o temprano él iba a caer.
Inventé que había olvidado un cuaderno para volver a su casa cuando sabía que Sofía no estaría. Lo que no esperaba era que su madre me abriera la puerta con esa sonrisa.
Vino a buscar las últimas cajas y yo le pedí algo absurdo: que me mintiera, durante una tarde entera, sobre todo lo que sentía cuando la tocaba.
Subió la escalerilla y dejó ese culo a dos dedos de mi cara, sacudiéndose el agua del pelo como un cachorro, sabiendo perfectamente lo que hacía.
Levantó la cabeza para darme el encendedor y entonces lo reconocí. Tomás. El mismo que a los quince años me había enseñado lo que ningún libro contaba.
Entré al baño como un hombre y salí con un minivestido y plataformas. Mi novia me esperaba en la sala con tres desconocidos y una sonrisa que lo decía todo.