Mi jefe descubrió mi semana anal
Lo cité en casa para explicarle mis permisos, pero lo que encontró en la sala cambió la forma en que me miraba en la oficina.
Lo cité en casa para explicarle mis permisos, pero lo que encontró en la sala cambió la forma en que me miraba en la oficina.
Me acerqué solo para curiosear, pero cuando vi a aquella mujer adulta inclinarse sobre la cuna, ya estaba con la polla dura dentro del chándal.
Esa madrugada, cuando la casa por fin quedó en silencio, ella entró en mi habitación y dejó claro que ninguna de las dos iba a dormir.
Creí oírla gemir al otro lado de la llamada y mi cabeza convirtió ese ruido en la escena más sucia que he imaginado.
La dejé en la puerta del restaurante y volví solo al hotel, sabiendo que esa noche iba a escuchar a mi esposa gemir para otro hombre.
Me pidieron dos cosas: reservar habitación y llevar condones XL. Cuando ella salió del baño, entendí para qué me había hecho cruzar media provincia.
Entré al hotel pensando que solo follaría con ella, pero cuando me vendaron los ojos entendí que ese trío iba mucho más lejos.
Damián me pidió que me pusiera el plug antes de salir de fiesta. Yo no sabía que la verdadera noche empezaba cuando su mejor amigo se plantó frente a mí en la pista.
Creí que el dolor me había apagado para siempre, hasta que una noche alguien me miró como si todavía quedara algo vivo en mí.
Apenas cerramos la puerta, dejó caer el bolso, me miró con hambre y entendí que ya no había vuelta atrás.
Empecé a masturbarme en silencio junto a ella, pero cuando creyó que dormía, su mano se movió debajo de la sábana y todo cambió.
Atada, excitada y agradecida, me arrodillé frente a él decidida a compensar cada orden con la mamada más intensa de nuestra semana.
Todo empezó con miradas en el vestidor, pero cuando abrí la puerta del departamento y vi a mi novia con él, supe que esa noche se iba a descontrolar.
Después de dos años sin tocarla, la tuve a mi lado en el avión, temblando, pidiéndome perdón y mirándome como si todavía fuera su hombre.
Los vidrios estaban empañados, yo seguía en cuatro y él ya sabía que esa noche mi cuerpo no iba a olvidar su primera entrada.
No tuve que decírselo; cuando levanté el mentón, él ya sabía que esa noche quería sus golpes, su saliva y su polla hasta el fondo.
Al principio era un juego entre tres, hasta que una noche él dejó de irse y yo entendí que en mi propia casa ya no mandaba nada.
Pensé que solo íbamos a terminar un trabajo, pero cuando me besó descalza sobre la hierba entendí que me estaba llevando justo donde ella quería.
Al principio solo eran besos torpes y caricias sobre la ropa; después, él empezó a pedirme que me dejara mirar y mostrar cada vez más.
Todo empezó con una orden sencilla por la mañana y terminó con mi cuerpo temblando, abierto y obediente, sin saber si me dejaría correrme.