La isla donde una madre dejó de ser solo madre
Cuando el yate se hundió, Renata creyó que el mar era lo peor que podía pasarles. No imaginó que la verdadera tormenta la esperaba esa noche, en una cueva, junto a su hijo.
Cuando el yate se hundió, Renata creyó que el mar era lo peor que podía pasarles. No imaginó que la verdadera tormenta la esperaba esa noche, en una cueva, junto a su hijo.
Pensé que tenía aquel pedazo de paraíso para mí solo. Cuando abrí los ojos, tres desconocidas me observaban entre risas y yo seguía completamente desnudo.
«Aquí podemos hacer lo que queramos. Nadie nos conoce, nadie nos juzga.» Lo dijo con una copa en la mano, y supe que el verano iba a cambiarlo todo.
Creían que la cala estaba vacía. Yo seguía detrás de la roca, sin respirar, mirando cómo ella se movía sobre él mientras el cielo se volvía naranja.
Dos amigas salen del trabajo, se cambian de ropa y se pierden en la noche. Esta vez la presa es un chico borracho a la salida de la discoteca, y la cala desierta lo verá todo.
La vi salir del mar y supe que esa noche tenía que ser mía. Lo que no imaginé fue terminar yo de rodillas, obedeciendo cada orden de una desconocida.
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Andrés creía que el viaje los iba a reconciliar. Carmen bajó a la piscina con su bikini rojo y volvió tres horas después, sonrojada, oliendo a sal y a algo más.
Encontré una foto vieja guardada en un cajón y, de golpe, supe exactamente lo que quería pedirle a cada uno de ellos esas vacaciones.
La primera tarde, un animador del hotel le ofreció un trago mirándole el escote. Bianca cruzó las piernas, se mordió el labio, y supe que ese viaje no iba a ser lo que yo había planeado.
Mi madre quería tranquilidad; yo solo quería que algo pasara. Y aquella tarde, entre las rocas, cuatro miradas se clavaron en mí y supe que el verano no iba a ser tranquilo.
Estaba solo, tomando el último sol de la tarde, cuando aquel joven salió del agua y se sentó demasiado cerca. Su pregunta no buscaba un cigarrillo.
Solo quería probar cinco minutos de masaje antes de volver al hotel. No imaginé que esa tarde la mano de una desconocida me cambiaría las vacaciones.
Cuando llamaron a la puerta de la habitación, entendí que mi mujer no había bajado a bailar por casualidad: lo tenía todo planeado desde mucho antes.
Aparqué la caravana junto a un chiringuito y, cuando me quité la camisa, supe que aquellos hombres no iban a dejar de mirarme hasta que les diera algo más que ver.
Bajamos las rocas hasta esa cala oculta con dos toallas, seis cervezas y la promesa silenciosa de que esta vez no íbamos a llevar el bañador puesto.
Cuando me lo encontré en aquella playa, después de tres años sin vernos, ya no era el niño que me tiraba arena al pelo. Algo en su mirada me dijo que esto no iba a acabar bien.
Sofía me arrastró por el sendero sin saber que detrás del último pino había una cala diminuta, dos desconocidas sin ropa y una invitación que no íbamos a rechazar.
Abrí los ojos en la arena, mareado por el vino, y vi a dos hombres inclinados sobre mi mujer dormida. Lo que hice después aún no sé cómo explicarlo.
Bajó a la orilla esperando solo el rumor de las olas, pero unos ojos la siguieron desde la fogata y supo que esa noche no dormiría sola.