Sentí que me observaban en la cala nudista
El agua fresca, el sol sobre la piel y nadie alrededor. Eso creía, hasta que noté dos miradas siguiendo cada uno de mis movimientos desde detrás de las rocas.
El agua fresca, el sol sobre la piel y nadie alrededor. Eso creía, hasta que noté dos miradas siguiendo cada uno de mis movimientos desde detrás de las rocas.
Sentí que alguien me desabrochaba el top en la oscuridad. Abrí los ojos lo justo para mirarlo sin que se diera cuenta, y entonces decidí no detenerlo.
Detrás de mis gafas oscuras me sentía invisible. No imaginé que la mujer de la toalla de al lado supiera exactamente dónde tenía clavada la mirada.
Ella sacó de la bolsa un tanga que no tapaba nada y me lo tendió sin una palabra. En esa playa llena de gente, las órdenes ya no las daba yo.
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
Vino a Formentera para que la miraran. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar cuando aquel extranjero extendió la toalla a pocos metros de nosotros.
Bailamos toda la noche sin saber que, detrás de las rocas, alguien había estado observándonos desde el primer beso. Y esa certeza, en vez de asustarme, me encendió.
Salió del agua despacio, sabiendo que la tela transparente ya no escondía nada, y se escurrió el pelo de frente a nosotros como si tuviera todo el tiempo del mundo.
El cuarto día en la playa una desconocida me pidió que vigilara sus cosas. Horas después descubrí de quién era esposa, y ella ya había decidido qué pasaría conmigo.
Cuando Marina cruzó la arena hacia mí, supe que no venía sola: traía a su marido detrás, sumiso, y una propuesta que ninguno de los dos podría rechazar.
Subí al catamarán para perderme un rato del mundo. Nunca imaginé que terminaría desnuda, rodeada, y que sería yo quien no quería que parara.
Solo quería tomar el sol desnuda en una cala tranquila. No conté con los gemelos, sus amigos y un balón que el viento traía una y otra vez hacia mí.
Cuando entré a la cabaña solo había treinta hombres de traje y una copa esperándome. Tardé poco en entender para qué me habían pagado tanto.
Carla nunca había hecho topless delante de mí. Esa tarde no solo se quitó la parte de arriba: dos desconocidas se acercaron y nada volvió a ser igual.
Llevábamos años veraneando juntas, viéndonos en topless sin pensar nada. Hasta que aquel primer día de playa su mano se coló dentro de mi bikini y todo cambió.
Cuando se llevó a Sergio a la habitación y cerró la puerta, supe que esa duda no se iría nunca. Lo que pasó allí dentro todavía me corroe y me excita.
Llevaba años diciéndole que no a una sola cosa. Aquella tarde, en la arena, una pareja se nos acercó a pedir fuego y entendí que mi marido lo había planeado todo.
Noelia nos miró por encima de la copa de cava y soltó la pregunta que nadie esperaba: ¿cómo llevábamos nuestra vida sexual después de tantos años juntos?
Daniela acababa de marcharse y nos quedaban tres noches a solas con Andrés. Mi mujer le puso la mano en el pene sin apartar la vista de mí, esperando un permiso.
Empezamos jugando blackjack con apuestas inocentes. Cuando nos metimos al mar en topless, lo único que quería era saber a qué sabían sus labios bajo el agua.