Su marido nos miró toda la noche en el hotel
Después de tocarla en la playa frente a su marido, supe que esa noche ella sería mía y él solo podría mirar desde la pantalla del teléfono.
Después de tocarla en la playa frente a su marido, supe que esa noche ella sería mía y él solo podría mirar desde la pantalla del teléfono.
Acepté el reto sin sospechar que la quinta foto me llevaría a una cala desierta, frente a un desconocido recostado bajo el último rayo de sol.
Apenas lo conocía, pero el olor de su ropa tirada en el suelo me volvió loco. Y entonces, a través de la pared de piedra, empecé a oír todo lo que pasaba en su habitación.
Le ofrecí masajearle los pies sin saber que ella iba a poner el suyo justo donde yo no me atrevía a pedirlo, y que ninguno diría una palabra.
Sabía que en aquella cala nadie llevaba ropa. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría ella mientras yo, tumbado al sol, fingía no enterarme de nada.
Pensé que me contaba aquellas historias para ponerme celoso. Tardé en entender que lo que encendía en mí era algo mucho más oscuro y difícil de admitir.
Llevábamos quince años de rutina hasta que un juguete olvidado en un cajón encendió algo que ninguno de los dos sabía controlar. Y solo era el principio.
Le prometí que no habría alivio hasta pisar la arena. De rodillas y con los ojos vendados, descubrió cuánto le gustaba la idea de que alguien la mirara.
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
La primera tarde, salió a la terraza con la toalla colgando apenas de dos dedos. Abajo había gente. Arriba, los balcones vecinos. Y ella encendió un cigarrillo sin prisa.
Nunca me había desnudado delante de nadie, y mucho menos delante de él. Pero esa tarde, con la piel al sol y su mirada encima, descubrí que lo prohibido quema distinto.
Solo quería sol y silencio. No buscaba a nadie, y menos a un hombre que me esperó en la orilla únicamente para decirme que no pensaba dejarme ir.
Lo que más me ponía era ver cómo otros la miraban. Aquella tarde, en la arena, dejé de mirar y le hice un gesto al desconocido para que se acercara.
Pensé que iba a matar el tiempo en una playa cualquiera mientras mi mujer trabajaba. No imaginaba que Damián e Iván me esperaban con una invitación que no supe rechazar.
Aguanté toda la jornada con la costura del pantalón clavada entre los labios, pensando en lo que me dijiste al llegar. Esta noche no pienso aguantarme más.
Nunca me había desnudado delante de extraños. Esa mañana de calor decidí que era el día, sin imaginar que alguien me devolvería la mirada.
Le puse crema en la espalda casi por accidente. Para cuando arqueó el cuerpo bajo mis manos, los dos ya sabíamos cómo iba a terminar la tarde.
Estaba rodeada de gente más joven que yo, sin planes y con toda la libertad del mundo. No imaginé hasta dónde nos llevaría la oscuridad de esos médanos.
Cuando entraron riéndose en las duchas comunes, pensé que solo era un juego inocente. No imaginaba que esa misma noche conocería el secreto que escondía la familia del segundo piso.
Cuando la vi subir las escaleras delante de mí con el vestido casi transparente, supe que aquel verano sería una tortura. No imaginaba el regalo que su hija me preparaba.