Lo que mi prima me pidió a espaldas de su marido
Damián chasqueó los dedos y su mujer obedeció sin rechistar. Esa misma noche su prima, ya embarazada, le confesaría que el hijo que esperaba también era suyo.
Damián chasqueó los dedos y su mujer obedeció sin rechistar. Esa misma noche su prima, ya embarazada, le confesaría que el hijo que esperaba también era suyo.
La conocí en la estación, despidiendo a su hijo. Parecía intocable, una médica seria y cauta. Nadie imaginaba lo que sería capaz de hacer cuando yo la convenciera de soltar el control.
Apagó el teléfono, respiró hondo y le hizo la pregunta que llevaba media hora atascada en la garganta. Después de eso, ya no hubo forma de volver atrás.
Me acomodaron justo en la frontera entre los hombres y las mujeres. Creí que dormiría tranquila, hasta que sentí una mano deslizarse bajo la cobija.
Crucé la calle pensando solo en dormir una siesta. No sabía que del otro lado de la puerta mi primo me estaba esperando despierto con la luz baja.
El vestido azul se le había subido al saludarme. Cuando preguntó si alguna vez había besado a una mujer, supe que esa tarde iba a cambiar.
Nunca había mirado a mi prima Marta de esa manera. Hasta que la nevada nos dejó a solas en el caserón y un par de mantas eléctricas dejaron de ser suficientes para tanto frío.
Dejé el chalet de mi padre por la casa de mis abuelos en la aldea. No imaginaba que mi tía, la más rezadora del pueblo, terminaría desnuda en mi cama por un sobre lleno de billetes.
Mi sobrina se metió en mi cama con una propuesta indecente, y no imaginé que mi hijo estaría espiándonos desde la puerta del pasillo.
Sabía que ella seguía despierta a mi lado, igual de mojada que yo, pero ninguna se atrevió a romper el silencio… hasta que el chapoteo de nuestros dedos nos delató.
Cuando Valeria me dijo que sus tres primas me esperaban para celebrar, no imaginé que la celebración consistía en averiguar si yo servía para algo más que llevarles las cuentas.
Cuando Damián cerró la puerta y se fue de viaje, Mariela ya sabía que la semana entera a solas con Rodrigo iba a cambiarlo todo entre ellos.
Encontré una foto vieja guardada en un cajón y, de golpe, supe exactamente lo que quería pedirle a cada uno de ellos esas vacaciones.
Siempre fui un hombre de fútbol y conquistas, hasta que la primera tanga rozó mi piel depilada y entendí que ya no había vuelta atrás.
Salió del baño en lencería, posó delante de mí y me preguntó del uno al diez cuánto de buena estaba. Yo ya sabía adónde iba a terminar aquella noche.
Regresé a casa de mis padres con la maleta llena de ropa de chico y el cuerpo cambiando bajo las hormonas. No imaginé que mi primo notaría todo.
Pensé que nadie me había visto aquella tarde en casa de mi abuelo. Me equivoqué: hubo un par de ojos detrás de la puerta, y tardaron quince años en hablar.
Tres semanas pensando en su propuesta y en la fantasía más perversa que se me había ocurrido jamás. Cuando me escribió, supe que iba a decir que sí.
Cuando me lo encontré en aquella playa, después de tres años sin vernos, ya no era el niño que me tiraba arena al pelo. Algo en su mirada me dijo que esto no iba a acabar bien.
Cuando entré al baño después que mi primo y me puse la ropa interior limpia, sentí algo húmedo y pegajoso entre las piernas. Tardé un segundo en entender qué era.